Arrastro los pies a través de este bosque interminable. Estoy agotado, la sed me quema la garganta y siento cómo mis heridas, ahora infectadas, laten con un dolor punzante que me nubla la vista. La caminata se ha vuelto eterna; no veo más que árboles y maleza, un laberinto verde que parece querer tragarme.
De pronto, un sonido rompe la monotonía: el murmullo de un manantial. Saco fuerzas de la nada y corro hacia la fuente del ruido. Al llegar, encuentro un arroyo cristalino. Bebo con desesperación, sintiendo cómo el agua me devuelve la vida.
—Gracias a Dios —susurro, satisfecho.
Saco de mi mochila varias botellas vacías y las lleno hasta el tope. Luego, me desvisto y comienzo a lavar mis heridas. El contacto del agua fría sobre la carne inflamada y llena de pus me hace temblar violentamente, pero soporto el dolor; sé que si no las limpio ahora, la infección me matará antes que cualquier demonio. Una vez aseado, me visto y retomo la marcha hacia lo desconocido.
De repente, un olor penetrante a azufre invade el aire. Me detengo, extrañado, justo antes de que un árbol colosal sea derribado a pocos metros de mí. Me quedo paralizado al ver la causa del derrumbe: un gigante de unos siete metros de altura. Es calvo, viste una braga andrajosa sujeta por un solo hombro y una espesa nube de vapor emana de sus poros sin cesar. Sobre su hombro izquierdo carga una cadena pesada que arrastra una esfera de hierro colosal.
Es él. El responsable de destrozar mi coche y dejarme herido en este bosque. Es Merihim.
La rabia reemplaza al miedo. Desenfundó mi Mágnum y apunto directamente a su cráneo. Disparo. La bala impacta de lleno, reventándole parte de la cabeza, pero para mi horror, el hueso y la carne se regeneran en segundos. Vacío el resto del tambor sobre él, dejando su rostro hecho añicos, pero el gigante simplemente se detiene y espera a que su cuerpo vuelva a formarse.
Merihim se gira lentamente para buscar al insecto que osa molestarlo. Su rostro es una pesadilla: ojos completamente rojos, sin pupila ni iris, y una mandíbula deforme de la que sobresalen colmillos afilados. La bestia ruge y lanza la esfera de hierro con una fuerza devastadora. La esquivo por puro instinto; el impacto contra el suelo hace que la tierra tiemble bajo mis pies.
Sé que no puedo ganar esta pelea. Comienzo a correr entre los árboles mientras la mole me sigue con una parsimonia aterradora. Corro hasta que mis pulmones arden, hasta que, de pronto, el suelo desaparece bajo mis pies. Estoy cayendo por un precipicio.
—¿Es este mi fin? —pienso mientras el vacío me absorbe.
Splash.
Impacto contra el fondo de un río profundo. Nado hacia la superficie, sintiéndome extrañamente liviano. Al salir, me doy cuenta del desastre: mi mochila ha desaparecido. La busco frenéticamente entre la corriente, pero no hay rastro de ella. He perdido mis suministros, mis medicinas y toda mi munición de reserva. Solo me queda el arma y la ropa empapada.
Salgo del río con la mirada agachada, rabiando de impotencia, cuando los escucho: los gruñidos de al menos treinta Caballeros de L’Enfer que me han rodeado. Solo tengo seis balas. Sin pensarlo dos veces, me lanzo de nuevo al agua y nado río abajo, dejando que la corriente me aleje de esas bestias.
Horas después, emerjo en otra orilla, totalmente despojado de energías. Camino sin rumbo, con los párpados pesando como el plomo. No he dormido, no he comido y he perdido la esperanza.
—Qué maldito día —mascullo, sintiendo que la muerte me pisa los talones.
Entonces, veo algo que parece un espejismo: una carretera a unos setenta metros. Camino hacia ella con desconfianza, pero el asfalto es real. Me arrastro hasta la calzada y me tumbo de espaldas, golpeando la dureza del suelo con alivio. Al girar la cabeza, veo un cartel oxidado pero legible: “Bienvenidos a Canadá”.
Una sonrisa débil se dibuja en mi rostro. Me levanto y abrazo el cartel como si fuera un viejo amigo. En un costado, veo varios folletos pegados. Agarro uno y leo con manos temblorosas: indica una dirección hacia Alberta, cerca de la frontera, a unos veinte kilómetros. Habla de un recinto llamado “SSC”, un refugio para supervivientes.
—Por fin... ya voy llegando, compañeros —susurro con un hilo de voz.
Doy un par de pasos hacia mi destino, pero mi cuerpo dice basta. Mis piernas flaquean y el mundo se vuelve negro mientras caigo desmayado sobre el asfalto canadiense.