—Brad... —Los ecos de mis familiares, voces de una vida que ya no me pertenece, me llaman desde la distancia.
—Brad... —Mis amigos, aquellos con los que compartía cervezas y partidos de fútbol, parecen suplicar mi ayuda entre las sombras.
Veo de nuevo los rostros de las personas del urbanismo, mutiladas, crucificadas... No pude salvarlas. Soy solo un hombre con una Mágnum en la mano persiguiendo el sueño de una nueva era.
—Grrrr...—
De pronto, ciento cincuenta perros me rodean. Me tiembla el pulso al ver una silueta domándolos desde la lejanía; su sonrisa me hiela la sangre. Las bestias se abalanzan sobre mí y...
Despierto de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas. Estoy empapado en sudor, temblando. Miro a mi alrededor y no veo el asfalto frío de la carretera; estoy en una habitación amplia, de paredes azul cielo. Mi arma descansa en la mesa de noche, a mi lado, y yo estoy recostado en una cama impecable.
Aún con una jaqueca atroz, me incorporo justo cuando la puerta se abre. Por puro instinto, agarro la Mágnum y apunto al intruso. Es una mujer de cabello oscuro y larguísimo, piel pálida y ojos color miel que brillan con intensidad. Lleva una bandeja de comida. Sin mostrar un ápice de miedo, ignora mi arma, deja la bandeja en una mesa cerca de la ventana y sale de la habitación en silencio.
Bajo el arma y me acerco al festín: panqueques con miel y fresas, acompañados de una malteada de banana y mora. Mis ojos brillan. Es un manjar que creía extinto. Disfruto cada bocado con una sonrisa de oreja a oreja; quienquiera que haya cocinado esto merece un monumento.
Junto al plato, encuentro una nota doblada:
“Bienvenido a la SSC. Esperamos que disfrute de su estancia; aquí lo primordial es sentirse como en casa. Lo invitamos a una reunión con nuestro líder en la Mansión Weather, donde recibirá respuestas a todas sus preguntas.
Atentamente: La SSC.”
Me levanto y busco en el armario. Encuentro camisas blancas limpias; me pongo una y me observo en el espejo. Estoy barbudo, pero mis heridas ya tienen curas limpias y el dolor ha remitido. Guardo la Mágnum en mi cintura y salgo al pasillo. Es largo, lleno de puertas. Al salir al exterior, mi asombro crece: veo niños jugando a la pelota en una calle que parece nueva. Hay gente regando plantas que me saludan con amabilidad. Es... demasiado perfecto.
Le pregunto por la Mansión Weather a un anciano que descansa en una mecedora. Sin decir palabra, señala una casa de dos plantas de color amarillo suave al fondo del complejo. Camino hacia allí y toco la puerta. Me recibe un hombre de unos cincuenta años, con una barba de candado canosa y vestido como un auténtico vaquero, cuero de pies a cabeza y sombrero.
—¡Por fin despertaste, hombre! Ya te estaba dando por perdido —ríe, extendiendo los brazos.
Lo observo con frialdad. Después de Elias Thorne, mi fe solo reside en mi arma y mi instinto.
—Vamos, no me mires así. Pasa, siéntate.
Lo sigo hasta la sala.
—¡Lucía, ven un momento! —grita.
Aparece la mujer de los ojos miel. Él le susurra algo al oído y ella se retira para volver poco después con una botella de whiskey y dos vasos con hielo. Sirve los tragos y se marcha.
—¿Está bueno, eh? —dice él tras dar un sorbo—. Es un pequeño tesoro de la casa. Quedan pocas botellas de esta marca en el mundo y yo tengo dos.
—¿Cómo me encontraron? —interrumpo, seco.
—¡Vaya, al fin hablas! Parece que el whiskey te aflojó la lengua. Mis chicos te vieron en la frontera. Estabas tirado en la calle como un perro atropellado. Pensamos que eras un cadáver, pero al ver que aún respirabas, te trajimos. Eres un tipo privilegiado por haber sobrevivido a la Tercera Guerra.
—¿Qué es la SSC?
—Sociedad de Sobrevivientes de Canadá. Somos un grupo que logró la hazaña de seguir en pie tras las bombas. Reunimos a los que tienen esperanza de una vida sin odio ni miseria. Estamos reconstruyendo el mundo, Brad.
—¿Y tú quién eres?
—Mi nombre es Mariano Wood, pero mis amigos me dicen solo Wood. —Me extiende la mano. Tras dudarlo, se la estrecho.
—Soy Brad. Brad Miller.
—Bien, Brad. Bebe, relájate.
—¿Sabes algo de los demonios? —suelto de golpe.
La alegría de Wood se evapora al instante. Deja el vaso en la mesa y se recuesta en el sillón, estudiándome con una mirada pesada. El silencio se vuelve tenso.
—Te he preguntado algo —insisto.
—Te escuché, hombre. Pero no sé de qué hablas. Aquí no hay nada parecido a un "demonio".
Wood se levanta y abre la persiana, señalando la calle.
—¿Ves eso? ¿Los niños jugando? Aquí solo hay paz y esperanza. —Se me acerca y me susurra al oído desde atrás—: No existen tales cosas en mi ciudad.
—¡Claro que existen! —exclamo, poniéndome de pie—. ¡Mira mis cicatrices! Me las hizo uno de ellos. Y Elias Thorne... él era...
—¡Silencio! —me ruge, acercándose peligrosamente.
En un parpadeo, desenfundo la Mágnum y le apunto al pecho. Wood se detiene en seco. Me mira fijamente, pero su expresión cambia de nuevo a esa sonrisa socarrona.
—Creo que estamos un poco tensos... —dice dándome la espalda—. ¿Qué tal si vamos de cacería?
—¿Cacería? Los animales murieron con las bombas.
Wood ríe mientras me hace señas para que baje el arma.
—Te demostraré que te equivocas, querido Brad.
Se dirige a un cuarto lateral y regresa con una Armsel Striker apoyada en el hombro.
—¡Vamos de cacería! Esta noche quiero cenar pavo.
Lo miro seriamente mientras pasa por mi lado hacia la salida. Guardo mi arma y comienzo a seguirlo, intentando descifrar qué clase de locura oculta Mariano Wood tras su utopía canadiense.