Regresamos a la SSC sumidos en un silencio de plomo. No hubo despedidas ni palabras de aliento; solo el sonido de nuestras botas contra el asfalto mientras cada uno se retiraba a su habitación. El luto nos pesaba, pero el miedo pesaba más. Lo que ocurrió en "La Zona" fue la prueba definitiva: en este nuevo mundo, la muerte acecha en cada esquina y no respeta jerarquías ni liderazgos.
Me desplomé en la cama e intenté cerrar los ojos, pero la imagen de Wood con el cráneo destrozado y la risa de aquel demonio alado se proyectaban en el interior de mis párpados.
—Brad… ¿Por qué no me salvaste?
La voz de Wood vibró a mis espaldas. Me incorporé de golpe, con el vello de la nuca erizado. Allí estaba él: su rostro era una masa de sangre y tejido expuesto, su cuerpo estaba desgarrado y me tendía las manos en una súplica muda. Tras él, una silueta oscura que arrastraba una cadena rodeó el cuello de Wood y comenzó a llevárselo hacia la puerta.
Intenté gritar, intenté saltar de la cama, pero mi cuerpo era una estatua de mármol. Otra vez la parálisis. Otra vez la impotencia.
—Eres demasiado débil —susurró una voz que hizo que mi corazón se saltara un latido.
Caym emergió de las sombras de la habitación. Se acercó hasta que su aliento gélido rozó mi piel. Con una de sus uñas largas y afiladas, trazó una línea lenta y profunda en mi mejilla derecha. El dolor era real, punzante.
—Esto apenas empieza —sentenció antes de soltar una carcajada que pareció agrietar las paredes. Extendió sus alas negras y, en ese preciso instante, desperté.
Me senté en la cama jadeando, con la frente empapada en sudor.
—Solo fue una pesadilla —me dije, frotándome el rostro. Pero al retirar la mano, vi que mis dedos estaban manchados de rojo. Corrí al espejo y el horror me heló la sangre: en mi mejilla derecha lucía un rasguño fresco, idéntico al del sueño.
¿Era una alucinación o los demonios estaban rompiendo la barrera de mi mente?
Me duché con agua fría para intentar despejarme, me vestí y salí a buscar a Samir y los demás. Los encontré cerca de la entrada, con la mirada perdida. No hicieron falta palabras; les hice una seña y me siguieron. Nos dirigimos a la capilla para hablar con el sacerdote, un anciano de ojos azules eléctricos y cabello blanco como la escarcha.
Le contamos todo. Diana rompió a llorar al describir la muerte de Wood, pero el sacerdote no se inmutó.
—Wood ya me había advertido de lo que pasaba —dijo el anciano con una calma inquietante—. Yo bendecía sus balas y le daba el agua consagrada. Fue un buen hombre, pero su cuerpo se ha perdido. No podemos darle sepultura.
—Necesitamos un nuevo líder —gruñó Samir, encendiendo un cigarrillo.
—Primero: en mi capilla no se fuma —sentenció el anciano arrebatándole el cigarro—. Y segundo, yo tomaré las riendas. A partir de ahora, yo soy el líder de la SSC.
Nos quedamos atónitos. Su primera orden fue enterrar la verdad: el pueblo debía creer que Wood murió en un accidente por conducir ebrio.
—¡No me interrumpas, Ron! —le gritó al joven cuando este intentó protestar—. Es por el bien de la paz. Ahora, tomen esta jarra de agua bendita y refuercen un cercado a tres kilómetros de aquí. Es nuestra única defensa.
Salimos de la capilla cargando postes de hierro y alambre de púas. Mientras trabajábamos bajo el sol de Alberta, Samir no dejaba de refunfuñar.
—No me gusta ese viejo —decía mientras montaba guardia—. Ocultar la verdad nunca termina bien.
—Tiene razón en algo, Samir —respondí, ajustando un tensor—. Si el pueblo sabe que hay demonios ahí fuera, la SSC se convertirá en un manicomio. Yo mismo no dejo de tener pesadillas... o lo que sean.
Diana se acercó y me tocó suavemente la cara.
—Brad, ¿qué te pasó? Ese rasguño no estaba ahí anoche.
Le quité la mano con brusquedad.
—No quiero hablar de eso. Terminemos esto antes de que oscurezca.
Electrificamos la valla y la bañamos en agua bendita. Al regresar, pasamos por la Mansión Weather. El sacerdote salió vestido de gala, con un traje blanco impoluto que hacía resaltar sus ojos azules. Samir le soltó un comentario mordaz y se fue. Cuando intenté mirarlo a los ojos, el anciano me cerró la puerta en la cara con una violencia inesperada. Algo estaba muy mal con ese hombre.
Esa noche, por fin, dormí sin sueños. Pero la paz duró poco. A la mañana siguiente, Samir golpeó mi puerta.
—Miller, arriba. Hay que revisar el cercado. Ese cura no me da buena espina y no quiero sorpresas.
Fuimos en la Hilux. Al llegar, vimos que el cerco funcionaba: había restos de Caballeros de L'Enfer esparcidos por el suelo; sus cabezas habían estallado al contacto con el agua bendita y la electricidad. Yo sonreí, pero Samir seguía tenso, escudriñando el bosque.
Regresamos al atardecer. Samir se encerró en su cuarto, pero yo decidí ir a la mansión para informar sobre el éxito de la valla. Toqué la puerta. Silencio. Las luces estaban apagadas, a pesar de que la planta eléctrica del pueblo rugía a lo lejos.
—¿Toc, toc?
Nada. Ni rastro de Lucía ni del sacerdote. De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio desde el interior de la casa.
—¡Auxilio!
No lo pensé. Saqué mi Mágnum, volé el cerrojo de un disparo y eché la puerta abajo de una patada. Entré apuntando a la oscuridad total, con los sentidos alerta. Pero antes de que pudiera distinguir una silueta, un golpe brutal con algo metálico impactó en la base de mi cráneo.
El mundo se volvió negro instantáneamente. Caí al suelo, inconsciente, mientras la oscuridad de la Mansión Weather me tragaba.