El último sobreviviente.

CAPÍTULO VII: EL GOLGOTA DE ALBERTA

Un dolor punzante, como un clavo ardiente atravesándome el cráneo, me devuelve la consciencia. Tengo frío. Intento mover los brazos, pero estoy inmovilizado. Mi vista es borrosa, débil. ¿Qué demonios pasó?

​Trato de enfocar y distingo una silueta frente a mí. No puedo preguntar quién es; tengo la boca amordazada. Cuando mis ojos por fin obedecen, el horror me paraliza. No... no puede ser.

​Es Ron.

​Pero no es el chico que conocí. Su sonrisa es macabra, inhumana, y sus ojos brillan con un rojo intenso y malévolo. Un Demonio sin rango ha tomado posesión de su cuerpo. Al mirar el mío, descubro que estoy atado con sogas a un madero tosco, formando una cruz. Estoy completamente a merced de esa entidad.

​—Te noto un poco tenso, Brad —dice el demonio con la voz de Ron, reconociendo mi nombre—. ¿Por qué no te relajas en esa cruz y observas el espectáculo que te he preparado para esta noche?

​Me da la espalda y sube las escaleras hacia el segundo piso. Me doy cuenta de que estoy en la sala principal de la Mansión Weather, justo frente a la puerta. Cualquiera que entrara me vería, pero dudo que alguien se atreva a venir a estas horas.

​Escucho los pasos de la bestia bajando nuevamente. Arrastra dos cuerpos maniatados y amordazados, y los arroja a mis pies. Son Lucía y el sacerdote. Están inconscientes, pero viven; distingo su respiración entrecortada.

​—¿Conoces la historia de este inmundo sacerdote, Brad? —me pregunta con una mirada gélida. Acerca una silla y se sienta frente a mí—. Ponte cómodo, porque lo que te contaré te dará razones para odiarlos tanto como yo.

​Su rostro se torna serio por un momento.

​—“El gran Mariano Wood”. Un estafador de Las Vegas, un corrupto de primera clase. Creía que el mundo cambiaría si él lideraba, pero solo quería reconstruirlo a su imagen: prostitución y juegos de azar sobre las cenizas de la humanidad. Quería que los ricos siguieran su pueblo, construido originalmente por el señor Morental, el antiguo propietario de este lugar. Jajajajaja. El pobre Morental no duró mucho; nuestro "buen amigo" Wood lo asesinó al borde de un barranco en las afueras. Así se convirtió en el jefe. Y la mujer que ves a tus pies, la señorita Lucía, era la esposa de Morental. Wood la convirtió en su esclava sexual. La violaba constantemente. Ella intentó ahorcarse un día, pero Wood la encontró y la "rescató" solo para seguir usándola. Sí, Brad; quien creías que era un líder bondadoso era uno de los seres más malignos de este mundo. Por eso Caym, el demonio de la desesperación, disfrutó tanto destrozándole el cráneo. Fue hermoso verlo desde el bosque. ¿A ti no te pareció hermoso, Brad?

​Me quedo atónito. ¿Wood era un monstruo?

​—¡Sí, hombre! ¡Era un ser maligno! —exclama, como si leyera mi mente.

​En ese momento, el sacerdote comienza a recuperar la consciencia, mareado. El demonio ríe, lo agarra del cuello y le propina varios golpes antes de tirarlo al suelo de nuevo.

​—¡Maldito sacerdote! —brama mientras le patea las costillas. Yo solo puedo observar, impotente.

​—¿En serio quieres salvarlo, Brad? Déjame resumir su historia: este imbécil sabía todo lo que hacía Wood. Sabía lo del asesinato de Morental y las violaciones a Lucía. ¿Y sabes por qué quiso ser el jefe tras la muerte de Wood? ¡Bingo! Para satisfacer sus propios deseos carnales con ella jajajajaja. Todos son unos malditos, Brad. Todos son peores que nosotros, los demonios.

​Ron saca una soga de cerca de las escaleras, la laza alrededor del cuello del sacerdote y aprieta con fuerza, asfixiándolo. El anciano lucha por respirar, pero el demonio agarra mi Mágnum .357 y le dispara a quemarropa en la cabeza. El estruendo es ensordecedor; sus sesos se esparcen por toda la sala.

​—¡Me encantan los finales felices! Dos malditos muertos en menos de una semana. ¡Amo este trabajo!

​La bestia salta hacia la armería de Wood y regresa con un serrucho. Me lo muestra sonriendo y luego lo apoya en el rostro aterrado de Lucía, que acaba de despertar.

​—Eres tan hermosa y has pasado por tanto, señorita Lucía... pero soy un demonio, y no me interesa tu sufrimiento.

​Comienza a cortarle los brazos. La mujer intenta gritar, pero la mordaza ahoga su agonía. Solo puedo ver cómo ese desgraciado la mutila lentamente. Me desgarra por dentro no poder hacer nada. Cuando termina, la sala es una carnicería: brazos, piernas, cabeza y torso separados. El demonio ha disfrutado cada segundo, pero quiere más.

​—Ahora vienes tú, querido Brad. Pero antes de matarte, tienes derecho a saber cómo entré en este cuerpo: esta tarde, el pobre Ron estaba llorando por la muerte de su amigo Wood y tomó la estúpida decisión de intentar hablar con él usando una Ouija. ¿Y adivina quién contestó? ¡Exacto! Yo contesté. El chico estaba tan débil que logré entrar. Me siento cómodo aquí, así que me quedaré con este cuerpo un buen rato.

​El demonio sube al segundo piso. Tengo que salir de aquí. ¡Tengo que intentarlo!

​Escucho cómo baja, riendo y agitando lo que parecen ser clavos de metal, largos como mis dedos. Me los muestra cerca de mi rostro. Tumba la cruz al suelo y coloca uno de los clavos sobre la palma de mi mano derecha. Intento cerrar el puño, pero él presiona mis dedos con su rodilla para mantenerlos firmes.

​—Brad, esto solo dolerá un poco.

​El martillo desciende. El dolor es indescriptible, una explosión agonizante que me recorre el brazo. Intento gritar tras la mordaza, pero solo sale un gemido ahogado. El demonio disfruta mi suplicio. Continúa con la mano izquierda. El dolor se intensifica; siento que el conocimiento me abandona, pero lucho por mantenerme despierto. No puedo morir dándole el gusto a esta bestia.

​Clava mis pies al madero. Siento que me muero. Mi vista se desenfoca. Esta mierda me está destrozando la piel, los huesos, los nervios. Todo mi cuerpo convulsiona de dolor.




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