Fragmentos de una vida que ya no me pertenece desfilan ante mis ojos como cenizas al viento. Me veo joven, corriendo tras una pelota bajo el sol de la tarde; siento el sudor, la risa, la ligereza de un corazón que aún no conocía el plomo. Y luego, aparece ella: Carmen. Su piel morena era un refugio y sus ojos color miel, el único mapa que necesitaba para perderme.
Recuerdo nuestra graduación. El aroma de las flores, el roce de sus manos durante el baile y aquel primer beso bajo una cúpula de estrellas, fuera de la institución. Ella sonrió —esa sonrisa que siempre guardaba para mí— y dio siete pasos hacia atrás, despidiéndose con la mirada. Entonces, el chirrido de los neumáticos desgarró el silencio. El impacto fue seco, brutal. Vi su cuerpo destrozado sobre el asfalto, una muñeca de trapo rota por el capricho del destino. ¡Solo era una niña! ¿Por qué ella? ¿Por qué no pude evitar que esos siete pasos fueran los últimos?
Desperté con un grito ahogado que se perdió en la humedad de la piedra. Aquel recuerdo, una herida que creía haber cauterizado hace años, había regresado para devorarme.
Al abrir los ojos, el techo de una cueva me devolvió una mirada de barro y sombras. Varias velas, incrustadas como ojos brillantes en las paredes, lloraban cera caliente. Intenté moverme, pero mis músculos eran hilos de seda flojos. ¿Había cruzado finalmente el umbral de la muerte?
—No, Miller. Aún no te toca el descanso eterno.
Una voz pastosa y profunda emergió de la penumbra. Se acercó un hombre de estatura mediana, cuya obesidad parecía cargar con el peso de siglos. Tenía la piel surcada por arrugas profundas, un cabello rústico que caía como raíces secas y unos ojos de un rojo tan intenso que parecían pozos de sangre hirviente.
Un demonio. El odio y el terror lucharon por el control de mi garganta.
—¡Qué quieres de mí! —exclamé, aunque mi voz sonó como un crujido seco.
—Tranquilo, Brad. No te haré daño. He cosido tus heridas y te he ofrecido mi hogar como santuario —dijo mientras tomaba mi mano con una delicadeza antinatural.
Observé la palma de mi mano. El agujero que dejó el clavo estaba cerrado por una costura negra y perfecta, como si el cuero mismo hubiera sido remendado. Comenzó a vendarme con parsimonia.
—¿Quién eres?
—Me llamo Paimon. Soy un demonio de Rango F, la jerarquía más alta del Inframundo. O el más sabio, según a quién le preguntes.
—¿Por qué ayudar a un humano?
—No soy bueno, ni tampoco malo. Soy neutral, Miller. Veo en ti un potencial que trasciende tu frágil carne. Soy un maestro, el antiguo consejero de Belcebú, y mi instinto me dice que llevas algo en la sangre que los demás ignoran.
—¿Cuánto tiempo he estado... fuera?
—Tres semanas completas.
El impacto de sus palabras fue como un golpe físico. ¿Tres semanas? Intenté incorporarme y un dolor eléctrico recorrió mi columna. Paimon me sostuvo, su cuerpo se sentía gélido, como tocar un cadáver que aún respira.
—No subestimes al Sabio de las Tinieblas —me susurró al notar mi desconfianza—. Sé lo que viviste en la SSC. Sé de las muertes que cargan tus hombros y de la oscuridad que muerde tu alma. Tu nombre no es solo una palabra; es un sello que cualquier ser divino o demoníaco puede leer en tu frente.
Me ayudó a ponerme en pie. Mis piernas flaquearon, pero me obligué a caminar. El túnel de barro parecía infinito, iluminado por el parpadeo de las velas. A medida que avanzábamos, un sonido rítmico y siniestro comenzó a retumbar: el restallar de un látigo seguido de gemidos que no tenían nada de humanos.
Llegamos a una estancia cerrada por una puerta de madera vieja. Al entrar, el olor a hierro y sudor me golpeó. Dos figuras desnudas colgaban de cadenas en forma de X, con la carne abierta en surcos vivos. Frente a ellos, un hombre de piel pálida y ojos azules como el hielo azotaba los cuerpos con una furia metódica. Vestía un chaleco negro y un pantalón blanco; una espada plateada descansaba en su cintura.
Uno de los prisioneros giró la cabeza con un chasquido óseo, rotándola ciento ochenta grados. Mi corazón se detuvo. Era Samir.
—¡Brad! ¡Ayúdame! —suplicó la voz que una vez fue de mi amigo.
—No lo escuches —sentenció Paimon con desdén—. Eso ya no es Samir. Solo es un envase para una parásito del infierno.
—Así que el durmiente ha despertado —dijo el verdugo. Se volvió hacia nosotros con una calma aterradora. Su mechón de pelo caía sobre sus cejas, dándole un aire de nobleza caída—. Soy Dogma. Yo te saqué de aquel amasijo de metal hace tres semanas.
—Gracias... —murmuré, pero Samir volvió a interrumpir.
—¡Mentira! ¡Yo te salvé en la frontera! ¡Devuélveme el favor, Miller! ¡Sácame de aquí! —El demonio dentro de él soltó una carcajada que me erizó la piel.
Dogma me miró fijamente y, sin previo aviso, desenvainó su espada plateada y me la entregó. El acero pesaba una tonelada en mi mano herida.
—¿Quieres ayudarlo de verdad? —preguntó Dogma—. Entonces acaba con su agonía. Libera su alma de este castigo.
El dolor en mi mano latía al ritmo de mi corazón, pero sabía que tenía razón. Aquella cosa no era Samir. Me solté de Paimon y caminé hacia él. Cada insulto que escupía el demonio fortalecía mi determinación. Alcé el acero, sintiendo cómo la luz de las velas bailaba en el filo, y descargué un tajo descendente que partió el cuerpo de Samir desde el cuello hasta la cadera.
El silencio que siguió fue breve. En el movimiento, la punta de la espada cortó accidentalmente la cadena del segundo demonio. La criatura, con una agilidad diabólica, se retorció y rodeó mi cuello con sus piernas, apretando con la intención de triturar mi tráquea.
Sentí que el mundo se oscurecía de nuevo, pero Dogma fue más rápido que la muerte. En un parpadeo, recuperó su arma, cercenó la pierna de la bestia y luego le separó la cabeza del tronco en un solo movimiento fluido.