Después de la carnicería en aquella habitación, Paimon y Dogma me escoltaron hasta una estancia circular. En el centro, cuatro sillas de madera aguardaban como centinelas solitarios. Paimon me acomodó en una de ellas con una delicadeza que contrastaba con su naturaleza demoníaca y, sin decir palabra, ambos se retiraron, dejándome a solas con el eco de mis propios pensamientos.
La soledad era un peso físico. En el silencio de la cueva, mi mente se convirtió en un proyector de horrores: la cruz, el rostro sin vida de Diana, la mirada roja de Samir... Todo parecía una broma macabra de la realidad. Sin embargo, algo estaba cambiando en mi cuerpo. Mis heridas ya no quemaban; ahora sentía un cosquilleo persistente, un picor bajo las vendas que delataba una regeneración acelerada. Estaba sanando, pero mi espíritu seguía en ruinas, envuelto en un miedo que no lograba sacudirme.
—No deberías dejar que el miedo eche raíces, Miller —dijo Dogma, regresando a la sala. Se sentó en la silla contigua con una elegancia que resultaba casi insultante en aquel agujero.
—¿Dónde está tu amigo? —pregunté, tratando de sostenerle la mirada.
—Fue a buscar algunas herramientas que necesitarás pronto. El entrenamiento no será amable.
—¿Puedo preguntarte algo? —solté, apretando los puños.
—Lo que quieras, Brad. El conocimiento es la primera defensa.
—¿Eres humano?
Dogma sonrió con una amargura que pareció enfriar la habitación. Agachó la cabeza, suspiró y, al levantarla, sus ojos azules —intensos y profundos como un océano gélido— me atravesaron.
—No soy humano. Soy un ángel caído.
Me quedé helado.
—¿Un ángel caído? Pero tus ojos... no son rojos como los de los demonios.
—No soy una bestia del infierno, Brad. Soy un exiliado, condenado a vagar por este planeta que ustedes llaman Tierra.
—¿Cómo terminaste así? ¿Por qué te desterraron?
—Esa es una cicatriz que no voy a mostrar hoy —sentenció, y su tono dejó claro que no habría más preguntas sobre él—. ¿Siguiente duda?
Tragué saliva. Mi mano herida empezó a latir de nuevo, un recordatorio de que mi realidad se había roto.
—¿Qué carajos está pasando en el mundo? ¿Demonios, ángeles, gigantes...? ¿Es este el Apocalipsis?
Dogma se recostó en la silla, observando el techo de barro como si pudiera ver a través de los siglos. Cerró los ojos y, con una voz que parecía resonar desde el inicio de los tiempos, comenzó su relato.
La Crónica de la Primera Guerra
"Hace eones, en el vacío absoluto, existía Omnipotentis, la deidad del poder infinito. Para no estar solo en la nada, se dividió en tres esencias: el Padre, la justicia inquebrantable; el Hijo, el amor que todo lo une; y el Espíritu, el equilibrio y la solución. Juntos crearon las jerarquías celestiales: desde los humildes ángeles hasta los majestuosos serafines. Todo era una sinfonía de oro y luz en la Ciudad de los Cielos.
Pero la envidia es un veneno antiguo. Un ángel llamado Samael sintió rencor hacia los querubines que rodeaban el trono. En un acto de traición inaudito, robó la daga de un arcángel y le cortó las alas a Lucifer, una serafina de una pureza y belleza incomparables, amada por la Trinidad.
Al perder sus alas, el corazón de Lucifer se pudrió en odio. Tomó la misma daga y, antes de que alguien pudiera reaccionar, decapitó a Samael. La sangre manchó el suelo de oro por primera vez. El Padre, enfurecido, dictó una orden: cualquier violencia en su casa resultaría en el exilio eterno. Así, Lucifer fue arrojada al Abismo, un lugar de sombras que más tarde llamaríamos Infierno.
Con el tiempo, Omnipotentis sintió que necesitaba un aliado, un amigo con libre albedrío fuera de su reino. Creó el universo y, en un rincón de tierra y agua, encontró a unas pequeñas deidades que luchaban por fortalecerse: los humanos.
Al principio, bestias gigantes devoraban a los hombres. El Padre las exterminó con fuego y azufre, dejando solo a un hombre al que el Hijo llamó Primus. Para que no estuviera solo en el Edén, la Trinidad le entregó a la mujer, Secundus. Pero donde debía haber amor divino, surgió el deseo carnal. Secundus ofreció el 'fruto prohibido' de la lujuria, y Primus cayó. Su divinidad se opacó, volviéndose oscuridad. Omnipotentis los expulsó del Edén, condenándolos a la Tierra como esclavos de su propia mortalidad.
Fue entonces cuando Lucifer reapareció ante el trono. Reclamó a los humanos como su propiedad, alegando que el pecado los había marcado para ella.
El Hijo, conmovido por el dolor de su creación, propuso el plan definitivo: 'Naceré del vientre de una mujer para redimirlos desde adentro'.
Aquella idea provocó una ruptura en el cielo. Un querubín de alto rango, asqueado por la idea de que la divinidad se mezclara con la carne de una mujer —la misma que causó la caída de Primus—, se rebeló.
—¡No! —gritó el querubín—. ¡Esa mancha destruirá la reputación del Cielo!
Se unió a otros ángeles disidentes y, en una alianza impensable, pactó con Lucifer y un resucitado Samael, ahora convertido en príncipe de las tinieblas. Querían purgar a los humanos y tomar el trono por la fuerza."