El aire en la cueva parecía volverse más denso mientras Dogma hablaba. Su voz ya no era la de un guerrero, sino la de un testigo del fin de los tiempos.
—El Cielo se fracturó en dos —comenzó Dogma, con los ojos fijos en la penumbra—. Por un lado, una luz blanca cegadora; por el otro, una oscuridad rojiza y pútrida. Omnipotentis, el Creador, no esperaba una rebelión en su propio trono, pero no retrocedió. La guerra civil celestial había comenzado.
Dogma describió el asedio a la Ciudad de Oro con una precisión aterradora. El ejército de Lucifer y el Querubín traidor avanzó sobre las nubes, encontrándose con tres anillos de defensa infranqueables:
—Fue una masacre —continuó Dogma—. Los demonios y los ángeles caídos, vestidos en púrpuras oscuros y negros abisales, chocaron contra la luz. Lucifer, con su armadura carmesí, lideraba la carga con una ferocidad que hacía temblar las estrellas. El primer anillo cayó. Los ángeles eran despojados de sus alas en pleno vuelo, convertidos en caídos por la fuerza bruta de sus hermanos traidores.
El segundo anillo resistió más, pero la astucia de Lucifer fue superior. Lanzó una llamarada de fuego infernal desde sus entrañas que incendió las murallas de la Ciudad Santa. En medio del caos y el humo dorado, el Querubín rebelde aprovechó la distracción para asesinar a sus antiguos hermanos por la espalda. La victoria del Infierno parecía saboreada... pero la soberbia les impidió ver que el Padre se había levantado de su trono.
—Omnipotentis alzó su mano derecha —dijo Dogma, y por un momento sus ojos azules brillaron—. De la nada, siete rayos de luz pura se materializaron frente a Él. Cuando el brillo se disipó, surgieron siete guerreros divinos, una nueva estirpe de poder: Miguel, Rafael, Gabriel, Uriel, Raguel, Sariel y Remiel. Los nuevos Siete Arcángeles.
Miguel fue el primero en lanzarse al combate. Con una fuerza que humilló al Querubín rebelde, lo puso de rodillas y le aplastó la cabeza con su bota.
“Ya no eres bienvenido en el Reino Sagrado”, sentenció Miguel. “Yo te destierro y, desde este instante, tu nombre será Satanás”. Con sus propias manos, Miguel quemó las alas de la criatura mientras Lucifer, viendo que la derrota era inminente, rescató a su nuevo aliado y ordenó la retirada hacia el abismo.
—La luz se impuso, Brad. El Cielo fue reconstruido y los siete arcángeles recibieron sus mandatos: Miguel sobre los ejércitos, Gabriel como mensajero, Rafael como protector de los hombres... y así se mantuvo la paz por siglos. El Hijo descendió a la Tierra, nació de María y murió en la cruz para redimir el pecado que Lucifer había sembrado.
Dogma hizo una pausa amarga.
—Incluso cuando Jesús descendió al Infierno para rescatar almas y Miguel encadenó a Satanás con doce sellos por mil años, el destino de la humanidad no cambió. Satanás estaba preso, sí, pero los humanos eran expertos en crear su propio infierno. Para el año 2000, la balanza se rompió. De cada cien personas, noventa bajaban al abismo por voluntad propia. La Tierra se convirtió en un criadero de maldad absoluta.
—¿Y qué pasó en el 2067? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Omnipotentis se cansó, Brad. Se cansó de ser vuestro padre. Tomó la decisión de aniquilar la raza humana. Y yo... yo no pude aceptarlo. Era un Serafín, un servidor de la luz, pero amaba vuestra imperfección. Por oponerme a la extinción de los hombres, fui despojado de mi rango y arrojado a la Tierra. Soy un caído no por maldad, sino por compasión.
Se puso de pie y comenzó a caminar por la sala circular.
—Los ángeles comenzaron la destrucción en Europa. Los humanos intentaron defenderse con misiles y tecnología, creyendo que era una Tercera Guerra Mundial, pero no puedes matar a un espíritu con pólvora. Mientras tanto, los demonios fueron soltados de sus correas y enviados a América para terminar el trabajo. Paimon y yo nos unimos porque ambos somos parias: él desprecia la desobediencia de los demonios que solo buscan sangre, y yo busco preservar lo que queda de vuestra especie.
Dogma se detuvo frente a mí y me puso una mano fría sobre el pecho.
—Esa es la verdad, Brad Miller. No estás huyendo de una invasión. Estás atrapado en una doble limpieza. Omnipotentis y Satanás han hecho lo impensable: han firmado una tregua para borrar a la humanidad del mapa. Una doble venganza coordinada por los dos seres más poderosos de la existencia. Y tú... tú eres nuestra última apuesta contra ese pacto de cenizas.