El último sobreviviente.

CAPÍTULO XI: LA HERENCIA DE SALOMÓN

​Mi cabeza se siente como una granada a punto de estallar. La revelación de Dogma ha dinamitado todo lo que creía saber sobre el bien y el mal. Es una historia radicalmente opuesta a los cuentos que mi madre me susurraba antes de dormir, pero le creo. La verdad, por cruda que sea, me ha sido revelada, y en este nuevo mundo de sombras, la verdad es la única arma que no se encasquilla.

​—Deja de darle vueltas y descansa —me ordenó Dogma con voz firme—. Te necesitamos lúcido si queremos reclamar el mundo que les pertenece.

​—Gracias, Dogma. Mi único deseo es encontrar supervivientes... rearmar este mundo como siempre lo soñé.

​—Y así será, Brad. Te doy mi palabra.

​Dogma me ayudó a levantarme. Sus dedos se sentían como mármol frío sobre mi piel. Me condujo hasta una pequeña alcoba con una repisa de barro donde me recostó. El cansancio, acumulado durante semanas de agonía, me arrastró al abismo del sueño casi al instante.

—¡EXPLOSIÓN!—

​—¡Brad! ¡Cubre a Adam en la trinchera oeste! ¡Muévete, soldado!

​—¡Sí, señor!

​El aire olía a pólvora y queroseno. Corrí entre el fango mientras el estruendo de las granadas y el tableteo de las ametralladoras ensordecía mis sentidos. Adam, mi mejor amigo, me esperaba atrincherado para ejecutar la maniobra Delta contra una célula de ISIS. Alcancé su posición, le transmití las órdenes del General y comenzamos el avance. Mi fusil escupía fuego, cubriendo cada paso de Adam. Todo iba según el plan. Estábamos a punto de terminar con esta carnicería de años.

​De repente, la escena se distorsionó.

​Me encontré de rodillas en una casa abandonada que olía a muerte antigua. Miré mis manos: estaban bañadas en una sangre espesa y oscura. En el suelo, Adam yacía con el abdomen desgarrado; sus entrañas se desparramaban sobre el polvo como serpientes pálidas. El terror me atenazó la garganta. Salí de la casa tambaleándome y la visión fue peor: un campo de exterminio. Soldados y terroristas decapitados, miembros cercenados y un río de sangre que serpenteaba entre los cadáveres. Era el único ser vivo en aquel matadero.

​—Brad... ¿Por qué no me ayudaste?

​La voz de Adam vino desde el interior de la casa. Me giré y lo vi: estaba de pie, tambaleándose, con un agujero negro donde debería estar su estómago y lágrimas de sangre surcando su rostro.

​—¡Brad, ayúdame! —su voz se quebró en un sollozo inhumano.

​El peso de mi propia inutilidad me aplastó. Nunca puedo salvar a nadie. Siempre llego tarde. ¿Por qué maldita sea? ¿Por qué?

​Desperté de un salto, con el corazón martilleando contra mis costillas y el cuerpo empapado en un sudor gélido. Era el recuerdo de mis días como Marine, el fantasma más voraz de mi memoria.

​—No pude salvarte, Adam. Lo siento —murmuré en la penumbra.

​—Ya despertaste. ¿Cómo te sientes? —preguntó Paimon, entrando en la habitación.

​—Mejor —respondí, incorporándome—. Las heridas ya no tiran y siento que la energía ha vuelto.

​Dogma apareció tras él cargando un morral y un fardo de ropa.

​—Toma, póntelas. No queremos que salgas a cazar demonios en ropa interior —dijo con una media sonrisa mientras me lanzaba las prendas.

​Me vestí rápidamente: unos vaqueros resistentes, una camisa blanca y una cazadora azul que me protegía del frío de la cueva. Me calcé unas botas de cuero marrón oscuro, del mismo tono que mis ojos. Dogma me ofreció una daga para afeitarme y, con pulso de soldado, eliminé la barba descuidada. Paimon me entregó unas tijeras para rebajar el volumen de mi cabello castaño. Al mirarme en el reflejo de una hoja de metal, vi a un hombre distinto. Estaba listo.

​—Aún no —sentenció Dogma, como si leyera mis pensamientos.

​Vació el morral sobre la repisa. Vi flechas de punta plateada, granadas translúcidas y cartuchos de munición pesada. Pero lo que captó mi atención fue un cilindro de metal tallado con la forma de un dragón. Antes de que pudiera preguntar, Dogma me entregó una Magnum .357 de cañón reforzado y tambor de ocho balas. El peso de aquella pieza era colosal, un arma diseñada para detener elefantes... o algo peor. La enfundé en mi cintura, sintiendo su frío consuelo.

​Paimon regresó con un arco compuesto, un lanzacohetes RPG y un lanzagranadas MGL. Era artillería pesada.

​—Quítate la cazadora —ordenó Paimon. Me colocó un correaje cruzado lleno de proyectiles para el lanzagranadas—. Las granadas azules son de pólvora mezclada con maná celestial; destrozan demonios. Las rojas llevan llamas del purgatorio; son para los ángeles que intenten detenerte.

​Me ajustó un anclaje en la espalda para el lanzamisiles y guardó el arco en la mochila. Dogma se colgó el morral y preparó sus látigos y su espada. Yo cargué la Magnum con un peso en el corazón.

​—¿Agua bendita? —pregunté.

​—Mejor —respondió Paimon—. Esas balas están fundidas con el metal de la Espada del Rey Salomón. Solo tienes cincuenta. No las desperdicies con carne barata.

​Paimon me entregó una hoja de papel arrugada.

—Esta es la lista de los demonios que acechan esta zona, sus debilidades y su jerarquía. No la pierdas.

​—¿Tú no vienes? —pregunté al notar que no se equipaba.

​—Mi lugar está aquí, esperando vuestra victoria. Regresen con vida, Brad.

​Le puse una mano en el hombro, apretando con gratitud. Antes de partir, vi a Dogma y Paimon unirse en un ritual extraño: juntaron sus frentes, exhalando un suspiro que sonó como un rugido contenido. Sus ojos se tornaron blancos por un instante, un intercambio de esencias entre el ángel y el demonio que me dejó mudo. Se abrazaron y Dogma me hizo una señal. Era hora.

​Caminamos por el túnel de salida, pero antes de alcanzar la luz, una voz nos golpeó desde la retaguardia, a cincuenta metros de distancia.

​—¡Así que aquí estabas, traidor!

​El frío que emanaba de esa voz hizo que Paimon y Dogma empezaran a temblar. El miedo de un ángel y un demonio era algo que yo no quería conocer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.