El claro del bosque se convirtió en el epicentro de una distorsión absoluta. A la izquierda, Gabriel irradiaba una luz plateada tan pura que quemaba las retinas; a la derecha, Satanás exhalaba una bruma negra que marchitaba la hierba a sus pies. Dogma y yo estábamos en el centro, dos manchas de barro y sangre en medio de una perfección aterradora.
—Brad, escúchame bien —susurró Dogma, sin apartar la vista de Gabriel—. La Magnum tiene ocho balas en el tambor. No dispares al bulto. Espera a que la luz de Gabriel parpadee o que la sombra de Satanás se contraiga. Ese es el único momento en que su divinidad se vuelve carne.
—No planeo fallar, Dogma —respondí, ajustando el agarre de la Magnum de Salomón. El metal del arma vibraba contra mi palma, reconociendo la presencia de sus antiguos enemigos.
Satanás dio el primer paso. No corrió; se deslizó por el aire como una mancha de tinta. Con un movimiento fluido, sacó un estoque de sombra y lanzó una estocada hacia mi garganta. Reaccioné por puro instinto militar, rodando hacia la derecha y sintiendo el viento frío del arma rozándome la oreja.
—¡Demasiado lento, humano! —rugió el Rey Demonio.
Al mismo tiempo, Gabriel se lanzó contra Dogma. El choque de sus espadas produjo una onda de choque que derribó varios pinos cercanos. La luz y el acero plateado bailaban en un torbellino mortal. Dogma luchaba con la desesperación de un exiliado, usando su látigo para mantener a raya el alcance divino de la espada de Gabriel.
—¡Muere en el lodo al que tanto amas, traidor! —gritó Gabriel, descargando un tajo que hendió la armadura de hombro de Dogma.
Me puse en pie y apunté a Satanás. El demonio se reía mientras esquivaba mis intentos de encañonarlo. Recordé las palabras de Paimon: "No la malgastes con carne barata". Satanás no era carne barata, era el objetivo principal. Esperé. El demonio se materializó frente a mí para propinarme un golpe con el dorso de su mano, pero justo antes de que impactara, vi la contracción en su sombra que Dogma mencionó.
¡BANG!
El estruendo de la Magnum fue como el rugido de un león celestial. La bala de metal de Salomón atravesó la palma de Satanás, deshaciendo la oscuridad y dejando un agujero de carne roja y humeante. El Rey Demonio soltó un alarido de pura incredulidad.
—¡Sangras, maldito! —grité, sintiendo una oleada de adrenalina.
—¡Insecto! —Satanás rugió, y su rostro se transformó en una máscara de colmillos y furia.
Pero mi disparo había distraído a Gabriel. Ese segundo de duda fue lo que Dogma necesitaba. Mi amigo lanzó su látigo, enredando el tobillo del Arcángel y tirando de él con una fuerza brutal. Gabriel cayó de rodillas, y Dogma no perdió el tiempo: le asestó un rodillazo en el rostro que le rompió la nariz perfecta, bañando su armadura plateada en sangre dorada.
—¿Sientes eso, Gabriel? —escupió Dogma—. Es el dolor de los que abandonaste.
La alianza entre el Cielo y el Infierno empezó a tambalearse por su propia soberbia. Satanás, enfurecido por su mano herida, ya no buscaba una ejecución elegante; quería despedazarme. Se lanzó sobre mí con una velocidad que mis ojos apenas podían seguir. Me golpeó en las costillas, mandándome a volar contra un tronco. Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.
Mientras intentaba recuperar el aire, vi que el Verdugo y Mashit, que antes habían retrocedido por la presencia de María, regresaban a la carga, aprovechando que la protección mística se había desvanecido. Estábamos rodeados.
—¡Brad, el lanzagranadas! —gritó Dogma, mientras bloqueaba un ataque desesperado de Gabriel.
Saqué el MGL de mi correaje. Recordé las municiones: Azules para demonios, Rojas para ángeles. Cargué una de cada.
Apunté al suelo, entre Satanás y los Cambion que se acercaban. El proyectil azul impactó y una explosión de maná celestial vaporizó a dos Cambion instantáneamente, lanzando a Satanás hacia atrás. Sin perder un segundo, giré el cañón hacia Gabriel y disparé la granada roja. Las llamas del Purgatorio envolvieron al Arcángel en un torbellino de fuego negro y naranja que consumía incluso la luz divina.
Gabriel gritó, un sonido que no tenía nada de celestial. Sus alas plateadas empezaron a chamuscarse.
—¡Vámonos, ahora! —gritó Dogma, aprovechando la cortina de fuego y humo.
Me agarró del brazo y nos adentramos en lo más profundo del bosque de Alberta. Detrás de nosotros, el rugido de furia de Satanás y el lamento de Gabriel prometían que esta no sería la última vez que nos veríamos. Habíamos herido a un Rey y a un Arcángel, pero el precio apenas empezaba a cobrarse.
Mientras corríamos, sentí que la Magnum en mi cintura pesaba más que nunca. Ya no era solo un hombre huyendo; era un soldado en una guerra contra la eternidad. Y por primera vez, los dioses sabían mi nombre: Brad Miller.