El último sobreviviente.

CAPÍTULO XIV: EL ECLIPSE DE LOS DIOSES

​El claro del bosque se convirtió en el epicentro de una distorsión absoluta. A la izquierda, Gabriel irradiaba una luz plateada tan pura que quemaba las retinas; a la derecha, Satanás exhalaba una bruma negra que marchitaba la hierba a sus pies. Dogma y yo estábamos en el centro, dos manchas de barro y sangre en medio de una perfección aterradora.

​—Brad, escúchame bien —susurró Dogma, sin apartar la vista de Gabriel—. La Magnum tiene ocho balas en el tambor. No dispares al bulto. Espera a que la luz de Gabriel parpadee o que la sombra de Satanás se contraiga. Ese es el único momento en que su divinidad se vuelve carne.

​—No planeo fallar, Dogma —respondí, ajustando el agarre de la Magnum de Salomón. El metal del arma vibraba contra mi palma, reconociendo la presencia de sus antiguos enemigos.

​Satanás dio el primer paso. No corrió; se deslizó por el aire como una mancha de tinta. Con un movimiento fluido, sacó un estoque de sombra y lanzó una estocada hacia mi garganta. Reaccioné por puro instinto militar, rodando hacia la derecha y sintiendo el viento frío del arma rozándome la oreja.

​—¡Demasiado lento, humano! —rugió el Rey Demonio.

​Al mismo tiempo, Gabriel se lanzó contra Dogma. El choque de sus espadas produjo una onda de choque que derribó varios pinos cercanos. La luz y el acero plateado bailaban en un torbellino mortal. Dogma luchaba con la desesperación de un exiliado, usando su látigo para mantener a raya el alcance divino de la espada de Gabriel.

​—¡Muere en el lodo al que tanto amas, traidor! —gritó Gabriel, descargando un tajo que hendió la armadura de hombro de Dogma.

​Me puse en pie y apunté a Satanás. El demonio se reía mientras esquivaba mis intentos de encañonarlo. Recordé las palabras de Paimon: "No la malgastes con carne barata". Satanás no era carne barata, era el objetivo principal. Esperé. El demonio se materializó frente a mí para propinarme un golpe con el dorso de su mano, pero justo antes de que impactara, vi la contracción en su sombra que Dogma mencionó.

¡BANG!

​El estruendo de la Magnum fue como el rugido de un león celestial. La bala de metal de Salomón atravesó la palma de Satanás, deshaciendo la oscuridad y dejando un agujero de carne roja y humeante. El Rey Demonio soltó un alarido de pura incredulidad.

​—¡Sangras, maldito! —grité, sintiendo una oleada de adrenalina.

​—¡Insecto! —Satanás rugió, y su rostro se transformó en una máscara de colmillos y furia.

​Pero mi disparo había distraído a Gabriel. Ese segundo de duda fue lo que Dogma necesitaba. Mi amigo lanzó su látigo, enredando el tobillo del Arcángel y tirando de él con una fuerza brutal. Gabriel cayó de rodillas, y Dogma no perdió el tiempo: le asestó un rodillazo en el rostro que le rompió la nariz perfecta, bañando su armadura plateada en sangre dorada.

​—¿Sientes eso, Gabriel? —escupió Dogma—. Es el dolor de los que abandonaste.

​La alianza entre el Cielo y el Infierno empezó a tambalearse por su propia soberbia. Satanás, enfurecido por su mano herida, ya no buscaba una ejecución elegante; quería despedazarme. Se lanzó sobre mí con una velocidad que mis ojos apenas podían seguir. Me golpeó en las costillas, mandándome a volar contra un tronco. Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca.

​Mientras intentaba recuperar el aire, vi que el Verdugo y Mashit, que antes habían retrocedido por la presencia de María, regresaban a la carga, aprovechando que la protección mística se había desvanecido. Estábamos rodeados.

​—¡Brad, el lanzagranadas! —gritó Dogma, mientras bloqueaba un ataque desesperado de Gabriel.

​Saqué el MGL de mi correaje. Recordé las municiones: Azules para demonios, Rojas para ángeles. Cargué una de cada.

​Apunté al suelo, entre Satanás y los Cambion que se acercaban. El proyectil azul impactó y una explosión de maná celestial vaporizó a dos Cambion instantáneamente, lanzando a Satanás hacia atrás. Sin perder un segundo, giré el cañón hacia Gabriel y disparé la granada roja. Las llamas del Purgatorio envolvieron al Arcángel en un torbellino de fuego negro y naranja que consumía incluso la luz divina.

​Gabriel gritó, un sonido que no tenía nada de celestial. Sus alas plateadas empezaron a chamuscarse.

​—¡Vámonos, ahora! —gritó Dogma, aprovechando la cortina de fuego y humo.

​Me agarró del brazo y nos adentramos en lo más profundo del bosque de Alberta. Detrás de nosotros, el rugido de furia de Satanás y el lamento de Gabriel prometían que esta no sería la última vez que nos veríamos. Habíamos herido a un Rey y a un Arcángel, pero el precio apenas empezaba a cobrarse.

​Mientras corríamos, sentí que la Magnum en mi cintura pesaba más que nunca. Ya no era solo un hombre huyendo; era un soldado en una guerra contra la eternidad. Y por primera vez, los dioses sabían mi nombre: Brad Miller.




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