Mientras Brad y Dogma se perdían en la espesura de Alberta, el tejido de la realidad se desgarraba en un plano superior. En la Ciudad de Oro, allí donde el tiempo no es más que un susurro, el silencio reinaba tras la partida del Hijo.
Omnipotentis permanecía sentado en su trono central. Su presencia no era una forma física definida, sino una amalgama de luz cegadora y una autoridad que hacía vibrar los cimientos del firmamento. Sin embargo, una mancha de oscuridad comenzó a reptar por el suelo de oro, una sombra que no pedía permiso para existir.
—Has descuidado tu jardín, Creador —dijo una voz gélida, cargada de una sabiduría más antigua que el propio Edén.
De la penumbra emergió una mujer de una belleza letal. Sus ojos eran vacíos de color absoluto y su piel parecía tallada en obsidiana. Lilith, la madre de los demonios, caminó con paso firme hasta quedar a unos metros de la trinidad.
—Lilith —tronó el Padre, y el cielo tembló—. Tu presencia aquí es una afrenta. ¿Qué te trae desde las profundidades del exilio?
—Vengo a traerte noticias que tus ángeles, en su ciego orgullo, se niegan a darte —Lilith sonrió, mostrando unos dientes perfectamente blancos—. Tu alianza con el Abismo ha sido humillada. Gabriel está herido y sus alas plateadas huelen a chamuscado. Y Satanás... bueno, el gran Rey del Infierno ahora tiene un agujero en la mano cortesía de un humano.
La luz de Omnipotentis pulsó con una intensidad violenta. El Espíritu, a su izquierda, se inclinó hacia adelante.
—Hablas de Dogma y el hombre llamado Brad Miller —dijo el Espíritu con una calma aterradora.
—Hablo de un milagro que no previeron —replicó Lilith, cruzando los brazos—. Brad Miller ha empuñado el acero de Salomón y ha hecho sangrar a lo que ustedes llaman divino. Dogma no es solo un traidor; es el catalizador de una chispa que creían haber extinguido: la voluntad humana. Se han burlado de Gabriel. Se han burlado de la tregua.
Omnipotentis guardó silencio, pero el aire en la Ciudad de Oro comenzó a cargarse de una presión insoportable. Las paredes de cristal crujieron. El Padre no soportaba el fracaso, y menos que una criatura como Lilith se lo restregara en su propio trono.
—¿Y qué sugieres, demonio? —preguntó el Padre.
—Yo no sugiero nada. Disfruto del espectáculo. Pero si ese humano sigue vivo, el "Pacto de las Cenizas" no será más que un chiste. Si un Marine roto puede herir a un Arcángel, ¿qué pasará cuando el resto de los humanos dejen de rezar y empiecen a disparar?
Lilith comenzó a desvanecerse en su propia sombra, dejando una última carcajada flotando en el aire divino.
—Tengan cuidado. El barro de la Tierra se está volviendo acero.
Cuando la presencia de la mujer desapareció, la Ciudad de Oro vibró con un rugido de indignación divina. El Padre se levantó. Ya no había espacio para la sutileza ni para alianzas con demonios de segunda categoría como Satanás.
—Esta insolencia termina hoy —sentenció Omnipotentis. Su voz llegó a cada rincón del Cielo, llamando a la entidad más letal de su creación.
Desde el primer anillo de defensa, una columna de luz azul estalló, descendiendo a una velocidad que rompió la barrera del sonido celestial. Un guerrero de armadura plateada, cuya capa parecía una nebulosa de estrellas y cuya espada emanaba el calor de un sol naciendo, se arrodilló ante el trono. Su presencia era tan abrumadora que incluso los querubines cercanos bajaron la cabeza.
—Padre. He escuchado tu furia —dijo el guerrero. Su voz era el choque de mil escudos.
—Miguel —dijo Omnipotentis, y por primera vez, hubo una nota de finalidad absoluta en su voz—. Gabriel ha fallado. La Tierra se resiste a su destino. Baja al mundo de los hombres. Encuentra al traidor Dogma y al humano Brad Miller. No quiero que regresen al Edén. No quiero que pidan perdón.
El Jefe del Ejército Celestial se puso de pie. Su mirada era fría, despojada de cualquier emoción que no fuera el cumplimiento de la orden divina.
—¿Cuál es la orden final, Señor? —preguntó Miguel, desenvainando su espada, la cual emitió un pulso de luz que pudo verse desde la Tierra como una estrella nueva en el firmamento.
—Borra su existencia —ordenó el Padre—. Que no quede rastro de su carne, ni de su alma, ni de su recuerdo. Hazles saber que no hay refugio para los que desafían la voluntad del Creador.
Miguel asintió, extendió sus alas colosales y, con un estallido que iluminó todo el hemisferio norte del planeta, se lanzó hacia la Tierra. El cazador definitivo de Dios había sido liberado.