El último sobreviviente.

CAPÍTULO XVI: LAS RELIQUIAS DEL DESTINO

​Mis manos no dejaban de temblar, pero no era por miedo. Era la adrenalina, una corriente eléctrica que me recorría la espalda y me hacía sentir más vivo que nunca. Estaba sentado contra la pared de piedra de una grieta húmeda que habíamos encontrado para pasar la noche, frotando con un trapo viejo el cañón de mi Magnum .357. La sangre dorada de Gabriel y la negrura viscosa de Satanás aún manchaban el metal.

​—Lo hice, Dogma —susurré, y mi propia voz me sonó extraña, más profunda—. Le disparé a Satanás. Lo vi sangrar. Vi al Rey del Infierno retroceder ante mí.

​Sentía una sonrisa estúpida y salvaje dibujándose en mi cara. Después de semanas de ser una presa, de sentirme como un trapo sucio bajo los pies de esos seres, por fin les había devuelto el golpe. El recuerdo del estruendo de la Magnum y el alarido de ese demonio era la mejor medicina para mis heridas.

​—No celebres demasiado, Brad Miller —la voz de Dogma cortó mi euforia como un cuchillo de hielo.

​Él estaba sumido en las sombras al fondo de la cueva, vendando su hombro con jirones de su capa. Sus ojos azules brillaban con una advertencia que me hizo tragar saliva.

​—Lo que hicimos hoy no fue ganar una guerra; fue poner una diana de fuego en nuestras espaldas —continuó, apretando el nudo de su venda con los dientes—. Satanás es soberbio, pero Gabriel es implacable. Y ahora que saben que tienes el metal de Salomón, no enviarán a sus perros. Enviarán a sus verdugos.

​Bajé el arma y la guardé en la pistolera, sintiendo cómo el peso de sus palabras enfriaba mis ánimos.

​—Pero ahora sé que son vulnerables —repliqué, tratando de mantener la firmeza—. Me dijiste que necesitaba aprender, y lo estoy haciendo. Ya no soy el mismo tipo que crucificaron en esa carretera.

​—Aprender a disparar es solo el principio —Dogma se puso en pie, moviéndose con esa elegancia mortal que incluso herido no perdía—. Has despertado a los tiranos, Brad. Y para detener a Omnipotentis y cerrar las puertas del abismo de una vez por todas, no bastará con plomo y granadas. Necesitamos los Tesoros.

​Recordé el momento en el claro, cuando Satanás rugió sobre algo que Dogma ocultaba. Algo que querían a toda costa.

​—Los Tesoros... mencionaste que eran dos. ¿De qué estamos hablando exactamente?

​Dogma caminó hacia la entrada de la cueva. Se quedó mirando el cielo nocturno de Alberta, donde una estrella nueva, de un blanco violento, brillaba con una intensidad que no era natural. Parecía un ojo observándonos desde el infinito.

​—Son los pilares de la autoridad humana sobre lo divino y lo natural —dijo, sin mirarme—. El primer tesoro es la Lanza de Longinos. No es solo el trozo de hierro que atravesó el costado de Jesús; es un receptor de voluntad pura. Quien la empuña puede quebrar cualquier escudo celestial, incluso las murallas de la Ciudad de Oro.

​Sentí un escalofrío. La escala de todo esto me superaba, pero mi instinto de Marine se aferraba a la misión.

​—¿Y el segundo?

​—La Vara de Aarón. Es el mando sobre la creación. Con ella, los antiguos abrieron mares y doblegaron la naturaleza. Es la única herramienta capaz de sellar las grietas por donde los demonios se filtran a este mundo. Sin ella, aunque matemos a cada ángel en la Tierra, el Cielo seguirá enviando reemplazos hasta que no quede un solo hombre en pie.

​Me levanté, ajustándome el correaje. El dolor de las costillas parecía un eco lejano comparado con la urgencia que sentía ahora.

​—¿Dónde están? Supongo que no será fácil llegar.

​—Están donde la historia se vuelve leyenda —Dogma señaló hacia el horizonte—. La Lanza de Longinos aguarda en el corazón de la Gran Pirámide de Keops, en Egipto. Está sellada en una cámara que no responde a la arqueología, sino a la sangre de los que desafían a los dioses.

​—¿Egipto? —solté un silbido—. Eso está al otro lado del océano. ¿Y la Vara?

​—En las cenizas de la Biblioteca de Alejandría. No en lo que los turistas visitan, sino en los cimientos originales, sepultados bajo milenios de olvido y custodiados por seres que han olvidado lo que es la luz del sol.

​Miré mis manos. Estaban sucias, llenas de cicatrices, pero por primera vez tenían un propósito claro. Ya no era solo sobrevivir; era una contraofensiva.

​—Entonces no perdamos más tiempo —dije, agarrando el lanzacohetes y acomodándolo en mi espalda—. Si Gabriel y Satanás se están lamiendo las heridas, tenemos que llegar antes de que se den cuenta de que sabemos dónde buscar.

​Dogma se giró y me miró a los ojos. Por un instante, vi algo parecido al respeto en su mirada de ángel caído.

​—Tienes razón, Miller. Pero prepárate. El viaje a las tierras antiguas será un calvario. Y recuerda... —señaló la estrella brillante que colgaba sobre nosotros— si esa luz es quien yo creo, el tiempo se nos acaba. Miguel está bajando, y él no comete los errores de Gabriel. Él es la espada definitiva de Dios.

​Miré aquella estrella. No sabía quién era Miguel, pero si Dogma le temía, yo tenía que estar listo para lo peor.

​—Que baje —susurré, apretando el puño—. Esta vez, no me va a encontrar rezando.




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