El último sobreviviente.

CAPÍTULO XVII: EL CAMINO DE LOS CATORCE MIL KILÓMETROS

Caminar por los bosques de Alberta ya no era una excursión; era una marcha a través de un cementerio viviente. Mientras bajábamos de la montaña, el peso del lanzacohetes y el correaje de granadas se me enterraba en los hombros, pero ni de coña iba a soltar ni un gramo de pólvora. Dogma iba en silencio, con la mandíbula apretada y la mano siempre cerca del pomo de su espada.

​—Cruzar el Atlántico no va a ser como tomar un vuelo comercial, ¿verdad? —rompí el silencio, mirando hacia el este—. Los barcos deben estar hundidos y los cielos pertenecen a las patrullas de tus antiguos hermanos.

​Dogma se detuvo y olfateó el aire.

​—No necesitamos barcos, Miller. Pero necesitamos algo que odio admitir que nos hace falta.

​Antes de que pudiera preguntarle qué era, el aire se volvió dulce. El olor a pino y podredumbre fue reemplazado por el aroma de rosas frescas y tierra mojada después de la lluvia. Allí, en medio de un claro calcinado por un rayo, estaba ella. María. Su manto azul ondeaba con una brisa que solo parecía tocarla a ella.

​—El camino es largo y los ojos de Miguel ya están barriendo la tierra —dijo ella con esa voz que te hacía querer soltar las armas y ponerte a llorar de alivio—. Dejen que los ayude.

​—No hemos pedido tu ayuda —escupió Dogma, dando un paso al frente para interponerse entre ella y yo—. ¿Qué pasa? ¿Omnipotentis te envió para ablandarnos antes de que llegue el verdugo?

​María no se inmutó. Se acercó a nosotros y me miró a los ojos. Sentí que conocía cada uno de mis pecados, cada miedo que tuve en el desierto de Irak, y aun así, no había juicio en su mirada.

​—Dogma, el orgullo te cegó en el Cielo y te está cegando aquí —dijo ella suavemente—. Sabes que no pueden cruzar el mundo por medios humanos. El velo está roto. Yo puedo llevarlos por los senderos que solo el Espíritu conoce.

​Dogma gruñó, una mezcla de rabia y resignación. Se giró hacia mí, buscando una excusa para negarse, pero vio mi cara. Yo estaba agotado, herido y con la certeza de que caminar hasta Egipto nos tomaría años que no teníamos.

​—Hazlo rápido —cedió Dogma, aunque no soltó el mango de su espada—. Pero no creas que esto cambia lo que pienso de tu silencio ante la matanza.

​María extendió sus manos y nos hizo una señal para que nos acercáramos.

​—Cierren los ojos —ordenó—. Y no suelten lo que aman, porque el vacío intentará arrebatárselo.

​Cerré los ojos y apreté con fuerza la empuñadura de mi Magnum. De repente, el suelo desapareció. No fue como volar; fue como si mis átomos se separaran y se estiraran a través de un túnel de luz blanca y pura. Sentí un frío absoluto seguido de un calor abrasador. Mis oídos pitaron con el eco de mil oraciones y mil gritos de guerra. Por un segundo, me sentí en todas partes y en ninguna.

​Entonces, el impacto. Mis botas golpearon algo sólido y seco.

​Abrí los ojos y el aire me golpeó la cara como un puñetazo cargado de fuego. Ya no había pinos ni nieve. El azul profundo del cielo de Alberta había sido reemplazado por un azul pálido, casi blanco por el sol incandescente. Mis pulmones se llenaron de polvo y arena.

​—Bienvenidos a Giza —susurró María, aunque su voz sonaba cansada, casi transparente.

​Me giré y me quedé sin habla. Detrás de nosotros, alzándose como una montaña de piedra geométrica que desafiaba al tiempo, estaba la Gran Pirámide de Keops. Pero no era como en las fotos. Las piedras vibraban con una energía eléctrica y desde la punta, un haz de luz tenue se disparaba hacia el cénit, como si estuviera llamando a algo.

​Dogma se tambaleó, recuperando el equilibrio. Escupió arena y miró a María con desconfianza renovada. Ella estaba pálida, su luz se desvanecía.

​—He cumplido —dijo ella—. El resto depende de la voluntad del hombre y del sacrificio del ángel. Tengan cuidado, el aire aquí está cargado de ojos antiguos.

​Antes de que pudiera darle las gracias, María se desvaneció, dejando solo el rastro de su aroma en el aire caliente.

​—Increíble —murmuré, ajustándome la cazadora azul que ahora me sobraba por el calor—. Estamos en Egipto.

​—No celebres, Miller —dijo Dogma, desenvainando su espada con un movimiento rápido—. El viaje fue demasiado fácil. Y cuando las cosas son fáciles, es porque el cazador ya sabe dónde va a caer la presa.

​En ese instante, el cielo sobre las pirámides se fracturó. No hubo nubes, ni truenos previos. Solo una grieta de luz azul cobalto que rasgó el firmamento de arriba abajo. El estruendo fue tan fuerte que caí de rodillas, cubriéndome los oídos mientras la arena se levantaba en un torbellino violento.

​Un relámpago de plata pura impactó a escasos diez metros de nosotros, levantando una columna de fuego y escombros. La presión espiritual fue tan masiva que sentí que mis pulmones se colapsaban.

​Cuando el polvo comenzó a asentarse, lo vimos.

​No era como Gabriel. Este ser no necesitaba brillar para intimidar; su sola presencia doblaba la realidad. Su armadura plateada emitía un zumbido de poder absoluto y su capa, negra como el espacio profundo, flotaba aunque no hubiera viento. Su espada estaba clavada en la arena, y sus ojos, fríos como la justicia divina, se fijaron directamente en los míos.

​Miguel había llegado. Y el desierto se sintió repentinamente muy, muy pequeño.




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