El aire alrededor de Miguel no vibraba; se rompía. Estar frente a él era como intentar respirar mientras te aplasta una montaña. No había rastro de la arrogancia de Satanás ni de la vanidad de Gabriel. Miguel era, simplemente, el fin del camino.
—No te arrodilles, Miller —gruñó Dogma, aunque sus propias piernas temblaban—. Si vas a morir, que sea con el dedo en el gatillo.
No me lo tuvo que decir dos veces. Saqué la Magnum y vacié tres tambores contra el Arcángel. Los disparos de Salomón, que habían hecho sangrar a Satanás, simplemente se desvanecieron al tocar el aura de plata de Miguel. Ni siquiera parpadeó. Con un movimiento casi perezoso de su mano, Miguel generó una onda expansiva que nos mandó a volar como muñecos de trapo contra la base de la pirámide.
Mis costillas crujieron. El sabor de la sangre llenó mi boca. Levanté la vista y vi a Miguel caminando hacia nosotros, alzando su espada dorada para dar el golpe final. Era el fin. Lo sabía.
—¡MIGUEEEEL!
Un rugido que parecía venir de las entrañas de la tierra desgarró el silencio del desierto. Una sombra colosal, cargada de odio y azufre, se abalanzó desde el cielo. Era Satanás. El Rey Demonio cayó sobre Miguel con la furia de un sol negro, sus garras buscando el cuello del Arcángel.
Miguel, sin siquiera cambiar su expresión, movió su brazo izquierdo. Fue un golpe seco, un revés que mandó a Satanás a volar trescientos metros por el desierto, levantando una duna entera en el impacto.
—No interrumpas la justicia del Padre, serpiente —sentenció Miguel.
Pero Satanás se puso en pie, envuelto en llamas negras. Su orgullo herido era más fuerte que el golpe.
—¡Ese humano es mío! ¡Nuestra deuda se paga hoy, Miguel!
El demonio se lanzó de nuevo, y esta vez el choque entre el General de Dios y el Rey del Abismo provocó un terremoto que sacudió las pirámides hasta sus cimientos. El cielo se volvió un caos de luces azules y sombras pútridas.
—¡Brad, ahora! —Dogma me agarró del hombro y me arrastró hacia una de las entradas laterales de la pirámide—. ¡Es nuestra única oportunidad!
Corrimos por pasadizos estrechos, asfixiantes y cargados de un polvo que sabía a milenios. Afuera, el estruendo de la batalla entre los dos seres más poderosos de la creación hacía que el techo escupiera escombros sobre nosotros. Nos adentramos profundamente, más allá de donde cualquier turista hubiera llegado jamás.
Llegamos a una cámara sin salida aparente. Una pared de piedra lisa nos cerraba el paso. Me apoyé en mis rodillas, jadeando, buscando una palanca, un mecanismo, algo.
—Es un callejón sin salida, Dogma. ¡Estamos atrapados!
—Para tus ojos de carne, sí —respondió Dogma, cerrando los suyos y colocando su mano sobre la piedra—. Pero yo aún recuerdo cómo brilla la verdad.
Vi cómo sus dedos empezaron a emitir un tenue resplandor azul. De repente, sobre la pared de piedra, empezaron a aparecer runas que giraban y se entrelazaban, formando el contorno de una puerta que desafiaba la geometría. No era piedra; era una distorsión en el espacio.
—Ahí está —susurró Dogma, pero su mano se quemaba al tocarla—. Pero yo no puedo entrar. Soy un exiliado. La puerta reconoce la marca de la traición en mi esencia.
—¿Entonces qué hacemos?
Dogma me miró con una seriedad que me heló la sangre.
—La lanza no pertenece a los ángeles, Brad. Fue forjada para que el hombre pusiera fin al sufrimiento de un Dios. Solo un humano puede reclamarla, pero el sello exige un precio. La vida reconoce la vida.
Miré la puerta. En el centro, las runas convergían en un pequeño hueco afilado, como un colmillo de cristal. Entendí lo que tenía que hacer. No era la primera vez que sangraba por este mundo, y probablemente no sería la última.
Desenvainé mi cuchillo de combate, me hice un corte profundo en la palma de la mano derecha y la apreté contra el sello.
Sentí un tirón violento. Fue como si la pirámide misma estuviera bebiendo de mí, succionando mi energía y mi historia. Un calor abrasador subió por mi brazo, quemándome las venas, pero no solté.
—Ábrete, maldita sea —rugí entre dientes.
La piedra vibró. Un gemido metálico resonó en la cámara y la puerta comenzó a disolverse en una neblina de luz dorada. El olor a incienso y sangre antigua inundó mis sentidos.
—Lo lograste, Miller —dijo Dogma, ayudándome a no caer—. El primer tesoro está ahí dentro.
Entramos en la cámara oculta. En el centro, sobre un pedestal de mármol negro que flotaba en el vacío, descansaba un fragmento de hierro oxidado y astillado, pero que emanaba un poder que hacía que mi Magnum pareciera un juguete.
La Lanza de Longinos estaba frente a mí. Y afuera, el rugido de Miguel me recordó que el tiempo de las plegarias se había terminado.