El último sobreviviente.

CAPÍTULO XIX: EL CREPÚSCULO DE LOS REYES

​El fragmento de hierro oxidado y astillado —la Lanza de Longinos— pesaba una tonelada en mi mano, pero emanaba un calor que me hacía sentir imparable. Justo cuando mis dedos se cerraron sobre ella, el mundo se acabó.

​El techo de la pirámide explotó con un estruendo que me reventó los oídos. No fue un terremoto; fue una intrusión divina. La luz azul de Miguel desgarró la cámara, y vi cómo las paredes de piedra milenaria se convertían en polvo bajo la presión espiritual del Arcángel. La Gran Pirámide se estaba partiendo en dos.

​A través de la grieta en el firmamento, Miguel apareció. Pero no estaba solo.

​Suspendido en el aire, sostenía la cabeza decapitada de Satanás, agarrándolo del cabello. La sangre del Rey del Infierno goteaba sobre la arena de Giza. Detrás de Miguel, el cuerpo masivo de Satanás yacía en el desierto, con sus inmensas alas negras incendiándose en una llamarada de azufre y furia. El General de Dios había ganado la primera batalla.

​Caí de rodillas, soltando la lanza en el impacto, mientras la presión del aura de Miguel me aplastaba contra el suelo. Él fijó sus ojos fríos en mí y luego en el hierro de Longinos.

​—El hierro de la blasfemia no pertenece a las moscas —sentenció.

​Intenté arrastrarme hacia la lanza, pero Miguel levantó su mano libre. Antes de que pudiera moverme, una fuerza invisible me golpeó como un tren de carga, mandándome a volar contra la pared opuesta de la cámara. Sentí un dolor abrasador en mis manos, mis cicatrices gritando ante la agonía.

​Miguel descendió hacia la lanza, extendiendo sus dedos plateados para reclamar el tesoro que yo había desenterrado con mi propia sangre.

​En ese instante, la tierra misma se rebeló.

​Una risa sensual y peligrosa resonó desde las profundidades. De repente, las manos de Lucifer emergieron del suelo de la cámara, agarrando los pies de Miguel por debajo de la tierra. Su energía negra y pútrida se enroscó en la armadura plateada del Arcángel.

​—¡El pacto está roto, Miguel! —rugió Lucifer, y su voz hizo temblar lo que quedaba de la pirámide—. ¡Por matar a Satanás, la tregua de Omnipotentis se ha convertido en polvo!

​Con una fuerza antinatural, Lucifer tiró de Miguel, arrancándolo de la cámara oculta y mandándolo a volar fuera de la pirámide en ruinas. El choque de sus energías colosales en el desierto fue como una supernova.

​Afuera, la guerra total se desató. El cielo sobre Giza se llenó de la sombra de centenarios de demonios que surgieron del abismo. Una marea negra y grotesca se abalanzó sobre Miguel. El Arcángel, rodeado por el Swarm infernal, ni se inmutaba. Con movimientos perezosos, se quitaba de encima a los demonios como si fueran moscas, vaporizándolos con la luz de su espada dorada mientras Lucifer le lanzaba ataques de sombra pútrida.

​—¡Brad, la lanza! —gritó Dogma, apareciendo a mi lado y ayudándome a no caer—. ¡Tenemos que irnos mientras el Cielo y el Infierno se despedazan mutuamente!

​Me abalancé sobre la Lanza de Longinos, ignorando el dolor que consumía mi cuerpo. La agarré con fuerza, sintiendo el pulso de su poder respondiendo a mi desesperación.

​Dogma y yo corrimos por los pasadizos derrumbándose, la pirámide colapsando a nuestro alrededor. Cuando llegamos a la salida, el desierto era un infierno de luces y gritos de guerra divina. No teníamos a dónde huir.

​En el fondo del caos, una figura de blanco inmaculado apareció. María estaba de pie en medio de la tormenta de arena, su luz azul brillando con una urgencia eléctrica.

​—¡Vengan conmigo! —ordenó, extendiendo sus manos hacia nosotros.

​Dogma y yo nos lanzamos hacia ella. María nos envolvió en su manto, y el desierto de Giza se desvaneció en un torbellino de roses y luz, llevándonos rápidamente hacia el lugar donde aguardaba el último tesoro que la humanidad necesitaba para sobrevivir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.