El aire en las ruinas de Alejandría olía a salitre y a siglos de polvo acumulado. Mis pies se hundían en los escombros de mármol de lo que alguna vez fue el faro más grande del mundo, pero mi mente estaba en otro lugar. Sostenía la Lanza de Longinos con una fuerza que me estaba dejando los nudillos blancos. El hierro vibraba, emitiendo un pulso de calor que se sincronizaba con los latidos de mi corazón.
—Llévala tú, Brad —dijo Dogma, tambaleándose a mi lado. Su piel, antes perfecta, ahora estaba grisácea y cubierta de hollín—. Es un artefacto creado por manos humanas para herir a lo divino. Aunque emane el poder del Hijo, solo un hombre puede desatar su verdadera voluntad. Yo soy un exiliado; para mí, ese hierro es veneno.
—Tenemos que movernos, Dogma. No aguantas mucho más —dije, pasando su brazo sobre mi hombro. Estaba herido, con la carne abierta por la caída en Giza, y mis pulmones ardían con cada bocanada de aire seco.
Tuvimos suerte de que Lucifer apareciera en la pirámide; ese monstruo le dio a Miguel algo en qué entretenerse. Pero la suerte se nos acabó al llegar a los cimientos de la antigua biblioteca.
Delante de nosotros, bloqueando el camino hacia las catacumbas, descendió una figura envuelta en una túnica de escamas doradas. Era otro de los Siete: Zadkiel, el Arcángel de la Justicia. Sus alas eran de un blanco tan puro que dolía mirarlas, y en su mano derecha sostenía un mazo de guerra que parecía hecho de estrellas comprimidas.
—El camino termina aquí, traidores —sentenció Zadkiel.
Pero antes de que pudiera levantar su arma, un grito de rabia desgarró el aire. Un torbellino de plumas quemadas y luz azulada impactó contra Zadkiel. Era Gabriel. Su rostro, una vez hermoso, estaba marcado por las quemaduras de mis granadas de fuego del Purgatorio. Se veía desquiciado.
—¡Dogma es mío! —rugió Gabriel, ignorándome por completo—. ¡Nadie borrará su existencia excepto yo!
—Gabriel, detente —ordenó Zadkiel, retrocediendo—. Tu mente está nublada por la ira humana. Los ángeles solo obedecen. Si actúas por voluntad propia, te convertirás en un Caído. Vuelve al orden o serás purgado.
—¡No obedezco a nadie más que a mi venganza! —gritó Gabriel, lanzándose contra su hermano celestial.
La batalla que estalló frente a nosotros era absurda. Dos generales del cielo despedazándose mutuamente por orgullo y locura. Dogma y yo intentamos rodearlos, pero mis piernas cedieron. Caí sobre los escombros, sintiendo que el mundo se volvía negro.
—Brad... levántate —murmuró Dogma, pero él también estaba en el suelo.
De repente, el cielo de Alejandría se iluminó con un resplandor naranja. No era la luz fría de los ángeles, sino un fuego cálido, rugiente, como un horno de fundición. Desde el horizonte, una carroza de fuego tirada por corceles de llamas descendió sobre las ruinas, dejando una estela de ceniza dorada.
Un hombre de larga barba blanca y ojos que brillaban como carbones encendidos saltó de la carroza. Vestía pieles de animales y emanaba una autoridad que hacía que el aire se arrodillara.
—¡Elías! —exclamó Dogma con un hilo de voz.
El profeta humano que nunca conoció la muerte se paró frente a nosotros. Miró a los arcángeles con un desprecio milenario.
—¡Basta de juegos celestiales sobre la tierra de mis padres! —tronó Elías. Se giró hacia mí y me extendió una mano callosa—. Brad Miller, levántate. No has llegado tan lejos para morir en el polvo. Sígueme.
—¡Elías! —gritó Zadkiel, deteniendo su lucha con Gabriel—. ¡Estás desafiando la voluntad del Padre! ¡Tu lugar es el trono, no el barro!
—Mi lugar es con mi pueblo —respondió el profeta. Levantó su vara de madera y una columna de fuego solar estalló entre él y los arcángeles—. ¡Vayan por el tesoro! ¡Yo mantendré a estos cuervos a raya!
Elías se lanzó al combate, manejando el fuego con una maestría que dejó a Gabriel y Zadkiel a la defensiva. Aprovechando el caos, Dogma me guio hacia un rincón oscuro de las ruinas, un sitio que cualquier buscador de tesoros habría ignorado: un pozo de agua salada y estancada, rodeado de basura y piedras sin valor.
—Ahí —señaló Dogma—. En el fondo del fango, donde ningún hombre con ambición buscaría.
Me sumergí sin pensarlo. El agua estaba helada. En el fondo, enterrada en el lodo, sentí una madera suave pero dura como el diamante. La saqué a la superficie. Era una vara simple, con grabados de almendros que parecían florecer bajo mi tacto. La Vara de Aarón.
Salí del agua, tiritando. Tenía la Lanza en la mano izquierda y la Vara en la derecha. Afuera, los gritos de los arcángeles y el rugido del fuego de Elías hacían vibrar el suelo.
—Brad... únelas —dijo Dogma, cayendo de rodillas, con la luz de su esencia apagándose—. Hazlo ahora.
Acerqué el hierro oxidado de la Lanza al extremo de la Vara de Aarón. En el momento en que se tocaron, no hubo una explosión, sino un silencio absoluto. El tiempo se detuvo. Sentí cómo la Lanza se fundía con la madera, creando un arma nueva: un cetro de guerra que brillaba con una luz que no era ni blanca ni negra, sino dorada y eterna.
Una descarga de poder infinito subió por mis brazos, sanando mis heridas al instante, reconstruyendo mis huesos y llenando mi mente con la sabiduría de los siglos. Ya no era solo un Marine. Ya no era una víctima.
Miré mis palmas; una marca de luz brillaba en ellas. Tenía el poder de los Dioses en mis manos, y por primera vez en toda esta pesadilla, sentí que el Cielo y el Infierno tenían razones para tener miedo.
Miré a Dogma, que me observaba con asombro, y luego hacia la salida, donde el fuego de Elías empezaba a flaquear ante el poder combinado de los ángeles.
—Se acabó el tiempo de huir —dije, y mi voz hizo que las ruinas de Alejandría temblaran—. Es hora de que vean lo que un hombre puede hacer.