El poder que emanaba del cetro —la unión de la Lanza y la Vara— no era algo que se pudiera describir con palabras. Era como si el Big Bang estuviera ocurriendo dentro de mis venas. Sentí cómo mis costillas se soldaban, cómo el cansancio desaparecía y cómo mi mente se expandía hasta tocar las estrellas. No dudé. Extendí mi mano hacia Dogma y una corriente de luz pura lo envolvió, cerrando sus heridas y devolviéndole el brillo de un serafín en su apogeo.
A mi otro lado, Elías, el profeta de fuego, alzó su vara llameante. Éramos tres contra dos. La balanza, por primera vez en toda esta pesadilla, parecía equilibrada.
Pero el equilibrio es una ilusión cuando te enfrentas al arquitecto del universo.
Un relámpago de plata pura rasgó el cielo de Alejandría, desintegrando las nubes y silenciando el estruendo del fuego de Elías. Miguel aterrizó en medio de las ruinas. No tenía ni un solo rasguño. Su armadura brillaba con una pulcritud ofensiva. En su mirada no había odio, solo la fría satisfacción del deber cumplido.
—Lucifer ha caído —dijo Miguel, y su voz hizo que el mar Mediterráneo retrocediera—. El Infierno ha perdido a su reina. Solo quedas tú, traidor, y el barro que intentas proteger.
—¡Dogma es mío! —chilló Gabriel, lanzándose contra mi compañero. Zadkiel, el arcángel de la justicia, se movió con la velocidad del pensamiento hacia Elías.
—Brad Miller —Miguel me señaló con su espada dorada—. Tú juegas a ser dios con juguetes de hombres. Déjame mostrarte la diferencia entre el poder prestado y la autoridad eterna.
Me lancé contra él. El impacto de mi cetro contra su espada creó una onda de choque que niveló lo que quedaba de la ciudad. Pero no fue suficiente. Cada golpe de Miguel se sentía como si diez millones de hombres me golpearan al mismo tiempo. No era solo fuerza física; era la presión de toda la creación aplastándome. Aunque mi poder sanaba mis músculos al instante, el dolor era insoportable. Era como ser triturado y reconstruido mil veces por segundo.
—¡Eres nada! —rugió Miguel, dándome un puñetazo en el estómago que me lanzó a través de tres columnas de mármol. Escupí sangre dorada, mezclada con la bilis del fracaso.
A lo lejos, vi a Dogma luchando desesperadamente contra Gabriel, y a Elías envuelto en un torbellino de fuego contra Zadkiel. Estábamos perdiendo. La fuerza de Miguel era absoluta. Me levanté, con la visión borrosa, viendo cómo el Arcángel alzaba su espada para el golpe final. Cerré los ojos, esperando el fin.
Pero el golpe nunca llegó.
Un aroma a rosas y una calma infinita inundaron el aire cargado de azufre. Abrí los ojos y el corazón se me detuvo. María estaba frente a mí. Había extendido sus brazos, interponiéndose entre la espada de Miguel y mi pecho.
El acero divino de Miguel la atravesó.
Un grito silencioso retumbó en todo el planeta. No fue un sonido, fue un desgarro en la realidad. El cielo de Alejandría se partió en dos, revelando un vacío blanco y cegador que hacía que el sol pareciera una cerilla apagada.
Miguel retrocedió, horrorizado por su propio acto. Se arrodilló instantáneamente, dejando caer su espada. Gabriel y Zadkiel hicieron lo mismo, temblando.
Desde el vacío blanco, tres figuras descendieron con una parsimonia aterradora. Eran la Trinidad. Omnipotentis, el Padre, cuya sola presencia hacía que la materia se deshiciera; El Hijo, con los ojos llenos de una tristeza infinita; y El Espíritu, una energía que lo envolvía todo.
El tiempo se detuvo. Dogma, Elías y yo caímos al suelo, heridos de muerte, con los huesos hechos añicos y el alma rota. No podíamos ni gemir. El peso de la divinidad absoluta nos había reducido a hormigas en el polvo.