El último sobreviviente.

CAPÍTULO XXII: ALFA Y OMEGA

El silencio era lo peor. Un silencio que pesaba más que cualquier montaña. Omnipotentis se detuvo frente a nosotros. Su luz no era cálida; era abrasadora, juiciosa, final.

​Dogma intentó levantarse, con un brazo colgando y la esencia de sus alas goteando sobre la arena. Quería hablar, quería defender nuestra causa, pero de su boca solo salió un estertor de agonía.

​Omnipotentis fijó su mirada en él. No hubo palabras, solo un pensamiento que resonó en el cosmos: “Has corrompido lo que yo creé perfecto”.

​En un parpadeo de luz blanca, Dogma fue calcinado. No hubo fuego, ni cenizas. Simplemente dejó de existir. Su esencia fue borrada de la realidad frente a mis ojos. Mi único amigo, el único que no me abandonó, ya no estaba.

​La rabia —esa rabia humana, sucia y desesperada— fue lo único que me permitió moverme. Rugí con los pulmones llenos de sangre y me abalancé contra las tres divinidades, alzando el cetro con la intención de herir al Creador mismo.

​Pero Miguel fue más rápido. Apareció frente a mí y me propinó un golpe en el estómago tan brutal que sentí cómo mi espina dorsal se quebraba. Caí a los pies de Omnipotentis, ensangrentado, con la cara contra la arena caliente de Egipto.

​—¿Por qué? —logré articular, con la voz rota—. ¿Por qué nos haces esto? Se supone que nos amabas…

​Omnipotentis bajó la vista hacia mí. Su voz no salió de sus labios, sino que vibró dentro de mi propio cráneo.

​—Han perdido el camino por completo. Ya no hay luz en el barro.

​Alzó su mano derecha hacia el firmamento. En ese instante, las nubes se volvieron negras y comenzó a llover asufre. El líquido ardiente caía sobre la tierra, derritiendo los edificios, consumiendo los árboles y quemando la piel de los pocos humanos que quedaban en el mundo. Era el desmantelamiento de la creación.

​—¡NO! —grité, reuniendo cada átomo de poder que me quedaba en el cetro.

​En un último acto de rebeldía, lancé una estocada con la Lanza de Longinos hacia el pecho del Padre. Quería matarlo. Quería que sintiera nuestro dolor.

​Miguel interceptó el ataque. Con una mano, agarró el cetro y, con una fuerza que desafiaba la física, lo rompió en dos como si fuera una rama seca. La Vara de Aarón se astilló y la Lanza de Longinos quedó libre. Antes de que pudiera reaccionar, Miguel giró el fragmento de hierro oxidado y me lo clavó directamente en el corazón.

​El dolor fue reemplazado por una frialdad absoluta.

​Vi mi propia sangre manchar la arena. Vi a Elías ser consumido por el mismo fuego que antes controlaba. Vi la luz de mis ojos apagarse mientras la Tierra empezaba a desmoronarse bajo la lluvia de asufre.

​Omnipotentis dio la espalda a los restos de la humanidad. En otra dimensión, el Infierno colapsaba sobre sí mismo, aplastando a los demonios y borrando el abismo para siempre. Ya no habría más guerra, porque ya no quedaría nada por qué luchar.

​Mientras mi conciencia se desvanecía en la oscuridad final, escuché las últimas palabras que resonarían en el vacío de lo que alguna vez fue el universo:

​—Yo soy el Alfa y la Omega. El principio y el fin.

​Hubo un estallido de luz blanca que lo consumió todo. El planeta se desintegró en átomos de silencio. El tiempo se detuvo. El espacio desapareció.

​Y luego… nada. Solo el vacío perfecto del Creador, solo con sus pensamientos, en un universo donde el hombre y el ángel nunca habían existido.

FIN DEL PACTO DE LAS CENIZAS




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