El último sobreviviente.

EPILOGO: EL ECO EN EL VACÍO

El silencio no era absoluto.

​En la nada blanca que quedó después del estallido, allí donde el tiempo, el espacio y la materia habían sido reducidos a su expresión más primitiva, quedaba algo. No era un cuerpo, ni un alma, ni un recuerdo. Era una vibración.

Omnipotentis observaba su lienzo en blanco. El experimento humano había sido borrado. Los ángeles, instrumentos de una voluntad que se volvió demasiado rígida, habían sido devueltos a la fuente. El Infierno era una herida cerrada y cicatrizada. Todo era, una vez más, perfecto.

​Pero mientras el Creador se preparaba para pronunciar el nuevo Hágase la luz, notó una anomalía.

​En el centro de ese vacío, donde Brad Miller había caído por última vez, flotaba una mota microscópica de algo que no era luz divina. Era una mancha de color rojo oscuro, casi negro. Una gota de sangre humana que se negaba a ser desintegrada.

​El Padre extendió su pensamiento hacia esa mota. Era la sangre de Brad, cargada con la esencia de la Lanza y la Vara, pero sobre todo, cargada con algo que lo Divino nunca pudo entender del todo: la voluntad de no rendirse.

​Aquella gota contenía el grito de Paimon, el sacrificio de Dogma, la tristeza de María y la furia de un Marine que decidió que morir de pie era mejor que vivir de rodillas.

​Omnipotentis intentó borrarla, pero la gota de sangre absorbió la luz y se mantuvo allí, como un recordatorio de que, una vez, el barro se levantó y desafió al cielo. El Creador comprendió entonces que el "Alfa y el Omega" no era una línea recta, sino un círculo. No se puede borrar lo que ha dejado una cicatriz en la eternidad.

Eones después...

​En un nuevo mundo, bajo un sol que no quemaba y nubes que no lloraban azufre, un grupo de seres nuevos caminaba por un prado verde. No conocían el hambre, ni la guerra, ni el miedo. Eran la nueva versión de la perfección.

​Un niño de esta nueva especie se alejó del grupo, atraído por un brillo metálico en la base de una colina. Excavó con sus manos pequeñas y sacó un objeto extraño. Estaba oxidado, roto en dos pedazos que encajaban perfectamente. Era un trozo de hierro y madera petrificada que parecía una lanza corta.

​Al tocarlo, el niño no sintió paz. Sintió un escalofrío. Sintió un impulso extraño de mirar al cielo, no con adoración, sino con curiosidad... y una chispa de rebeldía.

​—¿Qué es eso? —preguntó su madre, acercándose.

​El niño acarició el metal oxidado. Por un momento, sus ojos reflejaron la imagen de un hombre con una cazadora azul y una Magnum en la cintura, parado frente a un gigante de plata.

​—No lo sé —susurró el niño, guardando el objeto bajo su túnica con un instinto que no debería tener—. Pero siento que... una vez fuimos valientes.

​En el punto más alto del séptimo cielo, el Arcángel Miguel, recreado en su nueva forma, sintió un pinchazo de dolor en su pecho perfecto. Miró hacia la tierra nueva y, por primera vez en toda la eternidad, sintió una duda.

​El ciclo había comenzado de nuevo. Pero esta vez, el barro ya conocía el sabor de la sangre de los dioses.

FIN.




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