El Verdugo y Mashit se detuvieron en seco. A escasos quince metros, sus expresiones de sed de sangre se transformaron en una mueca de desconcierto, como si una barrera invisible les impidiera avanzar. Comenzaron a retroceder, repelidos por una fuerza que no comprendían.
Confundido, bajé la Magnum y miré a Dogma. Él soltó un suspiro cargado de una mezcla de alivio y amargura. Seguí su mirada hacia atrás y me quedé sin aliento.
Una mujer avanzaba hacia nosotros. Vestía un túnica blanca inmaculada que rozaba el suelo, ceñida por un cinturón de oro, y un manto azul profundo que cubría su cabeza y caía con elegancia hasta sus tobillos. Al pararse frente a mí, una calma sobrenatural inundó mis sentidos, acallando los gritos de mis traumas. Sus ojos eran de un azul infinito, su piel blanca como la nieve virgen y su cabello castaño asomaba apenas bajo el manto. Era la personificación de la gracia.
Me tomó las manos con una ternura que me hizo querer llorar. Se inclinó y me dio un beso en la frente. Al instante, el dolor de las costillas rotas y las contusiones de la caída desapareció. Mis heridas se cerraron como si el tiempo hubiera retrocedido.
—¿Fue un beso sanador? —susurré, sintiendo una vitalidad renovada.
Ella se volvió hacia Dogma e intentó tomar sus manos, pero él se apartó bruscamente, dándole la espalda con una rigidez militar.
—¿Qué haces aquí, María? —escupió Dogma. El nombre me golpeó como un rayo. ¿La Santa Madre en medio de este infierno?
—Dogma, déjame curar tus heridas, por favor —su voz era una melodía dulce, el canto de un pájaro en una mañana de primavera.
—No necesito tu lástima. Deberías irte antes de que Omnipotentis descubra que has bajado al lodo.
—Él jamás se enojaría conmigo. Sabe que he venido a ayudarlos. No temas, mi querido ángel.
—Ya no soy un ángel —rugió Dogma, girándose con los ojos encendidos—. Soy un hombre protegiendo su hogar, a diferencia de aquellos que prefieren observar el Apocalipsis desde sus tronos de nubes sin mover un dedo.
Dogma me hizo una seña imperativa y comenzó a caminar. Lo seguí, sintiendo una punzada de pena por la mujer que se quedó allí, con la cabeza gachada bajo el peso del rechazo.
—Oye, Dogma... fuiste demasiado duro. Ella nos ayudó.
—Ella es humana, Brad Miller, pero olvidó su sangre. Ahora solo contempla la destrucción de su cuna desde la barrera. Me enferma. Voltea, ya no está.
Miré hacia atrás. El claro estaba vacío. María se había desvanecido como un sueño.
—Debemos movernos, Brad. Si ella estaba aquí, su protector no andará lejos. Y lo último que queremos es toparnos con ese ser.
—Demasiado tarde, Dogma —sentenció una voz que vibraba con el poder de las esferas celestiales.
Sobre nosotros, descendiendo con una parsimonia divina, apareció un guerrero de leyenda. Sus alas eran láminas de plata pura que reflejaban la luz del sol; vestía una armadura del mismo metal con un cinturón de oro y portaba una espada dorada que parecía forjada con fuego solar. Su rostro resplandecía, sus ojos eran zafiros ardientes y su cabello castaño flotaba como si estuviera bajo el agua. Era Gabriel, uno de los Siete.
—Gabriel —dijo Dogma, desenvainando su espada—. Pensé que estarías ocupado escoltando a María de vuelta al redil.
—El ángel caído Dogma... —Gabriel aterrizó suavemente, apuntando su espada al pecho de mi amigo—. Te buscaba a ti.
—¿Te divierte que tu muerte esté tan cerca, traidor? —preguntó el Arcángel con una sonrisa gélida.
—¡No! —rio Dogma con una locura desafiante—. Me divierte que Rafael y Remiel no estén aquí para lamerte las heridas. Esta vez somos solo tú y yo, Gabriel. Voy a saborear el momento en que te arranque esas alas y te borre esa sonrisa de porcelana.
—Terminemos lo que empezamos en la Gran Guerra, entonces.
Dogma me miró de reojo, indicándome con un gesto que huyera. Pero mi cuerpo no obedeció. Después de ver morir a Paimon y de casi perder a Dogma contra Caym, algo se había endurecido en mi alma.
—No te dejaré solo, Dogma —dije, levantando la Magnum de Salomón y apuntando al pecho plateado del Arcángel—. He aprendido que a un compañero no se le abandona. Me quedo a luchar.
—¡Lárgate, Brad! —gritó Dogma, desesperado.
—Pero qué conmovedora es la lealtad humana, ¿no te parece, Gabriel? —Una voz familiar y cargada de veneno emergió de las sombras del bosque.
Satanás caminó hacia el centro del claro, posicionándose hombro con hombro junto al Arcángel. La imagen era blasfema: la luz más pura y la oscuridad más densa, unidas contra nosotros.
—Bienvenidos, Brad y Dogma —dijo el Rey Demonio—. Sobrevivieron a mis perros, Caym y Merihim, pero vuestro camino termina en este bosque. Gabriel, recuerda nuestro trato: te ayudo a masacrar a estos dos y, a cambio, quiero a Miguel en la Tierra. Quiero su cabeza en mi trono.
—Trato hecho, Satanás —respondió Gabriel con una indiferencia aterradora—. Pero cuídate. Miguel sigue siendo el brazo armado de Dios. No dejes que estos insectos te hieran antes de la verdadera pelea.
—No me tocarán ni un cabello —rio Satanás.
Nos observaron con la confianza de quienes ya se saben vencedores. Dogma, herido y tembloroso, apretó los dientes; yo, con el peso de la Magnum en mis manos y el recuerdo de los caídos en mi mente, me preparé para lo imposible.
La verdadera batalla por el destino del mundo no sería contra demonios hambrientos o ángeles severos. Sería contra la unión de los dos tiranos que decidieron que la humanidad ya no merecía existir.
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