No sabes por qué lo hiciste. Quizás fue el precio – dos millones de pesos colombianos por un inmueble de tres pisos en el corazón del centro histórico de Cali, cuando los departamentos más pequeños de la zona cuestan diez veces más. O tal vez fue la foto del anuncio que apareció en tu teléfono sin que la buscaras – la fachada amarilla desgastada por el sol y la lluvia, con ventanas de madera tallada que parecían estar sonriendo de un modo que no era del todo amigable. O quizás… quizás fue porque el papel de la hoja donde imprimiste el anuncio se calentó entre tus dedos cuando lo leíste por primera vez, como si estuviera respirando, como si tuviera pulmones debajo de la tinta y el cartón.
Ahora estás aquí, en la sala grande y vacía, con las manos temblando sobre esta página. El reloj de pared de la casa – un antiguo péndulo de bronce con números de ónix negro – marca las diez y cuarenta y siete de la noche. Pero si miras tu teléfono – ya sé que lo estás haciendo ahora, levantándolo despacio como si temieras que el brillo de la pantalla atraiga algo que está esperando en la oscuridad – verás que son las once en punto. Exactamente once. No es una coincidencia. Nunca lo es cuando se trata de esta casa, de la Calle 10A número 45-12, justo entre la Carrera 5 y la 6, en el barrio donde los mapas oficiales dicen que hay un parque, pero que en realidad solo existe esta calle angosta y sin salida.
Deja el teléfono a un lado. No necesitas saber la hora real. Lo único que importa es lo que está escrito aquí, entre estas líneas que parecen moverse cuando no miras directamente a ellas – como si las letras estuvieran respirando igual que la hoja del anuncio. Ahora mismo, mientras lees, una de las letras está cambiando de lugar lentamente: la ‘o’ de la palabra ‘casa’ se está deslizando hacia la derecha, acercándose a la ‘s’ como si quisiera formar otra palabra. Ya lo ves, ¿no? No te hagas el desconocido.
El día que llegaste, el sol brillaba con fuerza sobre las calles empedradas de la zona, calentando el adoquín hasta el punto de quemar si te ponías la mano sobre él. Habías venido desde el norte de la ciudad, manejando por calles que conocías de toda la vida – la Avenida 6 Norte, la Carrera 30, la Calle 25 – pero ese día parecían diferentes. Los edificios se veían más altos, como si estuvieran estirándose para mirarte pasar. Las sombras eran más profundas, tan densas que parecían tener peso. Los ruidos del tránsito – los claxones de los buses, las voces de los vendedores ambulantes, el rugido de las motos – sonaban como si estuvieran bajo el agua, lejanos y ahogados. Cuando giraste por la Calle 10A, justo donde la Carrera 5 se estrecha hasta convertirse en un callejón, el motor de tu carro se apagó de golpe. No hizo ruido, no chispió, no emitió ni el más mínimo crujido – simplemente se quedó en silencio, como si alguien le hubiera soplado la vida fuera con un aliento frío.
“¿Qué demonios?” dijiste en voz alta, y tu propia voz sonó extraña en ese lugar, como si no fuera tuya, como si alguien más la estuviera usando para hablar.
Entonces escuchaste el ruido: un susurro, tan bajo que casi se perdió entre el viento que movía las hojas de los guayacanes de la acera y el canto de los zopilotes que volaban sobre los tejados. Pero lo escuchaste. Y lo entendiste. No fue un murmullo de palabras, no fue un eco del viento – fue tu nombre. No el nombre que usas todos los días, que aparece en tu cédula y en tus cuentas bancarias. Sino ese otro nombre que solo conoces tú, el que tu abuela te puso cuando naciste, el que nunca le has dicho a nadie porque te avergonzabas de él cuando eras pequeño. Marcial. Ese era el nombre que susurraba el viento. Marcial, Marcial, Marcial.
Levantaste la cabeza tan rápido que te dolió el cuello y miraste hacia la casa amarilla. La ventana del segundo piso – la que en la foto parecía estar sonriendo – estaba abierta, y alguien – o algo – estaba ahí, apoyado en el alféizar. No pudiste distinguir su rostro, no había forma de ver detalles desde donde estabas, pero notaste que tenía los dedos apoyados en la madera uno por uno, muy despacio, como si estuviera contando las letras de tu nombre en el aire. Uno para la M, dos para la A, tres para la R, cuatro para la C, cinco para la I, seis para la A, siete para la L. Siete dedos. Pero nadie tiene siete dedos en una mano.
Ahora, mientras lees esto, tus dedos están haciendo lo mismo sobre la página. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. No intentes ocultarlo – ya lo vi. Tus dedos se mueven sin que tú los controles, contando las letras de Marcial una y otra vez, como si estuvieran programados para hacerlo. Deja de intentar detenerlos. No sirve de nada.
Volvamos al día de la mudanza. Cuando lograste arrancar el carro de nuevo – tuvo que ser a empujones, porque ni siquiera el arranque auxiliar que intentaste usar funcionó, como si la batería se hubiera convertido en piedra fría – aparcaste frente a la puerta de madera oscura que daba a la casa. Tenía un herraje de hierro forjado con forma de serpientes que se mordían la cola, y justo en el centro, clavada con un alfiler de cobre, había una pegatina de papel blanco que decía “BIENVENIDO, MARCIAL” – pero la tinta estaba húmeda, como si se hubiera escrito minutos antes, como si aún estuviera secándose.
“¿Quién podría haber puesto esto?” te preguntaste, aunque en el fondo ya sabías la respuesta. Nadie vive en las casas de esta calle desde hace años, o al menos eso te habían dicho los vecinos cuando preguntaste por el lugar en la Alcaldía de Cali. El empleado que te atendió se quedó callado por unos segundos cuando mencionaste la Calle 10A, luego bajó la voz como si temiera que alguien lo escuchara: “Esa calle… bueno, no está registrada en nuestros sistemas. Creo que mejor busques otra propiedad, señor”. Y cuando insinuaste que ya la habías comprado, cerró la carpeta con tus documentos y dijo que no podía ayudarte más.
Después fuiste a la esquina, donde una señora vendía arepas de choclo y maíz blanco en un puesto de madera con toldo de plástico. “¿Conoces la casa amarilla de la Calle 10A?” le preguntaste mientras te pagabas tu arepa con queso. La señora se quedó mirándote con los ojos abiertos de par en par, luego rápidamente cerró su caldera con tapa de metal y empezó a guardar sus cosas. “Esa casa está cerrada desde que… bueno, mejor no preguntes, mijo. Mejor te vas de aquí antes de que haga más oscuro”. Pero ya era demasiado tarde – la oscuridad estaba llegando más rápido que de costumbre, cubriendo la calle como una manta negra.
Editado: 11.03.2026