El último susurro de la calle 10a

LOS VECINOS QUE NO HABLAN

Ahora estás respirando hondo, tratando de calmar tu corazón que sigue latiendo como un martillo en tu pecho. Ya cerraste el libro – o al menos lo intentaste, porque las páginas se negaban a quedar juntas, como si algo dentro quisiera seguir contándote cosas – y te has puesto de pie, mirando hacia la puerta de tu cuarto como si esperaras que ella se abra sola de nuevo. Sé que estás revisando cada rincón con la mirada, comprobando que no haya sombras que se muevan sin razón, que no haya objetos que hayan cambiado de lugar mientras estabas leyendo. Ya lo hice cuando escribí esto – es lo que cualquiera haría.
Es de día ahora. El sol sale por la ventana y calienta el papel tapiz desgastado, haciendo que el olor a madera húmeda sea más fuerte. Miras tu teléfono y la pantalla muestra las siete y veinticinco de la mañana del 18 de noviembre. Por fin, el día ha avanzado. Pero si sales a la sala y miras el reloj de bronce de la casa, verás que sigue marcando las once y treinta y tres de la noche anterior. No intentes ajustarlo – las manecillas no se mueven, como si estuvieran atrapadas en ese momento para siempre. Ya lo intentaste anoche, ¿no? Lo giraste con fuerza y escuchaste un crujido como de huesos rotos, pero las agujas se quedaron en su lugar.
Te vas al baño a lavarte la cara, y cuando miras el espejo, notas algo extraño: tu reflejo se mueve un instante después que tú lo haces. No es un retraso de la luz, no es tu imaginación. Cuando levantas la mano para tocar tu mejilla, tu reflejo espera dos segundos antes de hacer lo mismo. Y cuando parpadeas, él sigue mirándote con los ojos abiertos. Ahora mismo estás pensando que es porque estás cansado, que pasaste toda la noche despierto leyendo y el sueño te juega malas pasadas. Pero sabes la verdad. Sabes que el reflejo no es tuyo. Sabes que está tratando de decirte algo.
Te preparas un café en la cocina pequeña del primer piso – los muebles son antiguos, de madera de cedro, y tienen grabados en las puertas formas que parecen serpientes enrollándose. El agua hierve con un silbido que suena como un susurro, y cuando echas el café molido en la cafetera, descubres que las granos se han dispuesto en forma de letras: NO SALGAS. Lo intentas mezclar, pero las letras siguen ahí, claras como el día. Ahora estás sonriendo nerviosamente, moviendo la cuchara con más fuerza, tratando de hacer que desaparezcan. No sirve de nada. Las letras están ahí para que las veas.
Pero tú sales de la casa de todos modos. Necesitas saber más. Necesitas encontrar a alguien que te cuente la verdad sobre los Márquez, sobre esta calle que no aparece en los mapas, sobre por qué tu nombre secreto está escrito en cada rincón de este lugar. Cierras la puerta con cuidado – la serpiente de hierro frío se siente como hielo bajo tus dedos – y bajas la acera hacia la esquina donde la señora vendía arepas la tarde anterior. El sol está más fuerte ahora, pero las sombras de los edificios siguen siendo demasiado profundas, demasiado densas. Parecen estar tratando de cubrirte, de llevarte de vuelta a la casa.
Ya te has dado cuenta de que no hay otros coches en la calle, ¿no? Ningún vecino que salga a buscar el pan, ninguna madre que lleve a sus hijos al colegio. La Calle 10A está completamente vacía, como si el mundo hubiera olvidado que existe. Pero cuando miras hacia el final de la calle, donde se une a la Carrera 5, ves personas caminando, hablando, riendo – viviendo su vida como si nada estuviera mal. Solo cuando cruzan a esta calle, sus pasos se vuelven más lentos, sus voces más bajas, y miran hacia el suelo como si temieran ver algo que no deberían ver.
Llegas a la esquina, pero el puesto de arepas no está ahí. Solo queda el marco de madera vacío y el toldo de plástico arrugado en el suelo, como si alguien lo hubiera desmontado con prisa. Hay una mancha oscura en el adoquín, húmeda aún, que parece ser café – o quizás no es café. Te agachas para tocarla con el dedo y cuando lo haces, tu teléfono vibra en el bolsillo. Es un mensaje de texto de tu mejor amigo, el que vive en el norte de la ciudad: “¿Dónde estás? Fui a buscarte a tu casa vieja pero no estás. Y nadie conoce la Calle 10A que me mencionaste. Ni siquiera aparece en Google Maps.”
Ahora sacas el teléfono y abres Google Maps tú mismo. Buscas “Calle 10A, Valle del Cauca, Cali” y la aplicación se queda cargando, con el punto azul de tu ubicación girando en círculos sin parar. Después aparece un mensaje en la pantalla: “Ubicación no disponible. Zona restringida.” Cierras la aplicación y la abres de nuevo, pero pasa lo mismo. Intentas llamar a tu amigo, pero la llamada no se conecta – solo escuchas un ruido de estática que suena como voces susurrando tu nombre. Marcial, Marcial, Marcial.
Mientras te quedas ahí, con el teléfono en la mano y la cabeza girando, escuchas pasos detrás de ti. Giras rápidamente y ves a un hombre mayor, vestido con una camisa blanca y pantalones oscuros, apoyado en un bastón de madera que tiene una cabeza tallada como un rostro con los ojos cerrados. Está mirando hacia la casa amarilla, no hacia ti.
“¿Señor?” le llamas con voz temblorosa. “¿Usted conoce esta calle? ¿Conoce la casa amarilla?”
El hombre no gira la cabeza, pero habla con una voz rasposa como de piedra desgastada: “Todos conocemos la casa, pero nadie habla de ella. Es mejor así, muchacho. Es mejor no preguntar cosas que no deberías saber”.
“Pero la familia que vivió ahí… los Márquez… ¿sabe algo de ellos?”
En ese momento, el hombre gira la cabeza hacia ti y descubres que sus ojos también están cerrados, como el rostro del bastón. Pero sigue mirándote, como si pudiera verte a pesar de no tener ojos abiertos. “Juan Márquez”, dice, y su voz se hace más baja, más seria. “El niño. Él todavía está ahí. Busca a alguien que le escuche. Alguien que le ayude a contar su historia. Pero cuidado – no es el único que busca”.
Ahora estás mirando a los ojos cerrados del hombre, y notas que bajo sus párpados hay algo que se mueve, como si tuviera otra pareja de ojos debajo tratando de salir. Tu piel se pone de gallina, y cuando intentas dar un paso atrás, te das cuenta de que tus pies no se mueven. Están pegados al adoquín, como si la calle misma te estuviera sujetando.
“¿Por qué no puedo moverme?” preguntas con voz angustiada.
El hombre sonríe – una sonrisa lenta que muestra dientes amarillos y rotos. “Porque tú ya escuchaste su voz. Porque ya tomaste su libro. Ahora eres parte de esto, igual que nosotros”. Y cuando dice “nosotros”, miras hacia el final de la calle y descubres que las personas que estaban caminando ahora se han detenido y están mirándote, todos con los ojos cerrados y sonriendo de ese mismo modo extraño.
“¿Quiénes son ustedes?” gritas, y esta vez tu voz sí suena con miedo.
“Somos los que escuchamos antes que tú”, dice el hombre mayor. “Somos los que intentaron ayudar y se quedaron atrapados. Ahora es tu turno. Pero tienes una ventaja que nosotros no tuvimos – tú puedes escribir. Tú puedes cambiar las cosas”.
En ese momento, sientes algo que se mueve en tu bolsillo. Es el libro viejo de la casa – no sabes cómo llegó ahí, no lo llevabas contigo cuando saliste – y está caliente, muy caliente, como si estuviera encendiéndose por dentro. Lo sacas y las páginas se abren solas hasta una hoja nueva, escrita con tu letra: “Los vecinos no pueden hablar – sus voces fueron robadas por la entidad que atrapó a Juan. Solo tú puedes devolverles la palabra si escribes la verdad.”
Ahora, mientras lees esto, estás tocando la portada del libro sin darte cuenta, pasando los dedos por la tela negra como si buscaras consuelo. Y si miras hacia tu ventana – dondequiera que estés leyendo esto – verás que hay personas en la acera de enfrente, mirándote. No tienen los ojos cerrados como los del centro histórico, pero sus ojos son negros, vacíos, igual que la figura que estaba sentada en tu silla anoche. Están sonriendo, y están moviendo los dedos de sus manos en el aire, contando las letras de tu nombre secreto: uno para la M, dos para la A, tres para la R, cuatro para la C, cinco para la I, seis para la A, siete para la L. Siete dedos en cada mano.
El hombre mayor te suelta los pies y da un paso hacia atrás. “Ahora debes volver a la casa, muchacho”, dice. “La entidad sabe que estás preguntando cosas, y no le gusta que alguien descubra sus secretos. Antes de que sea demasiado tarde, debes escribir lo que sabes”. Y con esas palabras, se gira y se va hacia el final de la calle, donde las personas con los ojos cerrados lo esperan. Se van caminando juntas, y cuando desaparecen alrededor de la esquina, sus voces se escuchan una vez más – susurrando tu nombre en un coro que suena como el viento en los árboles.
Regresas a la casa amarilla con los pasos rápidos, con el libro caliente en tus manos. Cuando abres la puerta, descubres que todo ha cambiado – el papel tapiz que antes estaba desgastado ahora está intacto, con flores de colores brillantes que parecen moverse. Los muebles antiguos están cubiertos de manteles blancos, y hay flores frescas en jarrones de cristal en cada esquina. Pero el olor sigue siendo el mismo: madera húmeda, jazmín muerto y ese aroma dulce y acre que te recuerda a tus pesadillas.
Subes al segundo piso y entras al cuarto principal. La mesa de roble está cubierta de papeles, todos escritos con tu letra, aunque no recuerdas haberlos escrito. Hablan de la entidad – un ser que se alimenta de historias falsas, que atrapa a quienes intentan decir la verdad. Hablan de cómo Juan descubrió su existencia y trató de contarlo, por eso fue atrapado. Hablan de ti – de cómo fuiste elegido porque tu abuela conocía a doña Elvira Márquez, porque ella también sabía cosas que no debería haber sabido.
Mientras lees los papeles, escuchas un ruido suave detrás de ti. Giras y ves a una niña de unos siete años, con el pelo negro y rizado, vestida con un vestido azul marino que parece haber sido hecho hace cien años. Tiene los ojos grandes y oscuros, pero esta vez no son vacíos – están llenos de lágrimas.
“Tú eres Marcial”, dice la niña, y su voz es suave como el susurro del viento. “Mi mamá dijo que vendrías algún día. Dijo que alguien con el nombre secreto vendría a ayudarme”.
Es Juan. Aunque es una niña, sabes que es él – la entidad cambió su forma para confundir a quienes intentan encontrarlo. Se acerca a ti y extiende la mano – tiene siete dedos en cada mano, como la figura que viste en la ventana.
“Debes ayudarme”, dice, y ahora su voz es la de un niño. “Debes escribir lo que pasó realmente. Porque mientras la historia sea falsa, yo no puedo irme. Y mientras yo me quede aquí, la entidad seguirá atrapando más personas. Como a ti”.
Ahora estás mirando a Juan, y notas que tu propia mano está empezando a cambiar – los dedos se están multiplicando, uno por uno, hasta llegar a siete. Mientras esto pasa, el libro en tu otro brazo se abre solo hasta una nueva página en blanco, y la pluma antigua aparece sobre la mesa, flotando en el aire como si alguien la estuviera sosteniendo.
“Es hora de empezar a escribir la verdad”, dice Juan, y su mirada se dirige directamente a ti – no al personaje de la historia, sino a ti mismo, al que está leyendo estas palabras en este momento. “Porque si no lo haces, la próxima vez que mires el espejo, no verás ni siquiera tu reflejo. La próxima vez que salgas a la calle, serás uno de los que no pueden hablar. La próxima vez que cuentes tu nombre, nadie lo escuchará”.
Miras la pluma flotante, miras tu mano con siete dedos, miras a Juan que te mira con los ojos llenos de esperanza y miedo. Y sabes que ya no tienes elección. Tienes que escribir. Tienes que contar la historia. Porque si no lo haces, la entidad ya sabe dónde vives. Ya sabe quiénes son tus seres queridos. Ya está en tu casa, ahora mismo, esperando a que termines de leer este capítulo para tomar lo que le pertenece.
Mira tu teléfono otra vez. Las siete y veinticinco de la mañana. Pero si miras por la ventana de la casa amarilla, verás que el sol se está poniendo, que la oscuridad está llegando más rápido que nunca. Y en todas las ventanas de los edificios alrededor, hay rostros que te miran – rostros que tienen tu cara, tus ojos, tu sonrisa. Pero todos tienen siete dedos en cada mano, y todos están contando las letras de tu nombre secreto en el aire.
Marcial, Marcial, Marcial.



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En el texto hay: misterio, paranormal, terror

Editado: 25.03.2026

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