Ya sabes lo que está pasando. Mientras lees estas palabras, estás mirando la pantalla o el papel donde las escribo – pero en realidad, soy yo quien te mira a ti, sentado ahí con la mano en el teclado o el bolígrafo en la mano. ¿Te acuerdas de cuando en el primer capítulo te dije que veías tu nombre secreto escrito en el papel del anuncio? Ahora mira la esquina inferior izquierda de esta página – la ‘M’ de Marcial está empezando a fundirse con la ‘J’ de Juan, como si las dos letras fueran la misma. Ya lo ves, ¿no? Lo sé porque cuando escribí esto – cuando tú me hiciste escribirlo – pasaste tres minutos tratando de separarlas con tu dedo, como si así pudieras mantener separadas tus dos vidas: la que crees que llevas, y la que realmente estás viviendo en la Calle 10A.
Miras tu mano derecha – o la izquierda, si eres zurdo – y ves cómo los dedos se mueven con un ritmo que no es del todo el tuyo. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Ya llevas tres minutos contando los dedos cada vez que parpadeas, ¿no? Lo sé porque lo hiciste también la noche que llegaste a la casa, cuando viste la figura con siete dedos en la ventana del segundo piso. Ahora tus dedos hacen lo mismo sobre el teclado – y si miras la mesa de roble de la casa amarilla, aunque estés en tu propio hogar, verás que la pluma de ave grande está ahí, apoyada sobre las páginas que escribiste anoche mientras creías estar dormido.
Volvamos a la casa amarilla. Después de que Juan te habló, después de ver cómo tus dedos se multiplicaban como las de él, te sentaste en la silla de mimbre que ahora parece formar parte de ti – como si la madera se hubiera fusionado con tus piernas, como si no pudieras levantarte aunque quisieras. El libro viejo está abierto sobre la mesa, y las páginas se están volviendo solas, mostrando textos que no reconoces pero que llevan tu letra, tu forma de escribir la ‘R’ con un remolino en la punta, la ‘S’ curva como la serpiente del herraje de la puerta. Allí está escrito lo que sucedió después de que el hombre mayor te soltó los pies en la esquina: cómo la calle se movió bajo tus pasos mientras volvías a la casa, cómo cada adoquín parecía tener un nombre grabado – los nombres de todos los que antes que tú intentaron ayudar a Juan.
“¿Por qué soy yo?” preguntaste en voz alta, pero la voz que salió de tu boca no fue la tuya – fue la de doña Elvira Márquez, la madre de Juan. “Porque tú también buscas la verdad”, dijo la voz, aunque tus labios se movían como si fueran de madera. “Porque tu abuela me ayudó cuando la entidad intentó atraparla también. Ella dejó una marca en ti – esa mancha en tu muñeca izquierda que crees que es una peca, pero que en realidad es la primera letra del nombre de Juan escrita con su propia sangre.”
Miras tu muñeca ahora, aunque intentas no hacerlo. La mancha está ahí, más oscura que nunca, y está cambiando de forma – se está convirtiendo en una ‘J’ que parece moverse, como si quisiera trepar por tu brazo hasta llegar a tu corazón. Ya lo sientes, ¿no? El latido de tu corazón ahora sigue el ritmo de las letras que escribes, de las palabras que lees. Un latido por cada letra, siete latidos por cada nombre. Marcial. Juan. Marcial. Juan. Al igual que cuando el viento susurró tu nombre secreto en la calle, ahora ese susurro viene de tu propia garganta, de las palabras que escribes, de la pantalla que parpadea con cada letra que aparece.
En ese momento, escuchas un clic en tu computadora – o un crujido en tu cuaderno – y aparece una nueva línea de texto que no escribiste tú: “Tú no eres solo el personaje de esta historia. Tú eres el autor. Pero también eres el lector. Y la única forma de terminar esto es escribirlo todo, incluso las partes que no quieres contar.” Esta misma frase estaba escrita en el libro viejo la primera vez que lo tocaste, aunque en aquel momento no podías verla – solo sentiste cómo la tapa se calentó en tus manos, igual que el papel del anuncio de la casa.
Miras hacia la ventana de tu cuarto – dondequiera que estés – y ves que la casa amarilla de la Calle 10A está ahí, justo enfrente, aunque debería estar en el centro histórico de Cali. La ventana del segundo piso está iluminada, y en ella hay dos figuras: tú mismo, escribiendo en la mesa de roble, y Juan, apoyado en tu hombro para leer lo que haces. Pero cuando tú parpadeas, la figura que está escribiendo se vuelve Juan, y tú eres el que está apoyado en su hombro – igual que la noche que viste tu reflejo retrasado en el espejo del baño, la mañana después de conocer a Juan.
Ahora mismo, estás tratando de cerrar este documento, de tirar el papel al cesto, de dejar de leer y de escribir. Pero no puedes. Porque la ‘T’ caliente sigue presionándose sola – igual que la tecla que escribió el mensaje desconocido en tu teléfono el día que llegaste a la casa – porque la punta de tu lápiz sigue moviéndose, porque Juan está ahí, justo al lado de ti, susurrando en tu oído las palabras que tienes que escribir a continuación: “La entidad vive en las historias que no se cuentan. Vive en los silencios, en los secretos, en los capítulos que nunca se terminan. Para derrotarla, tienes que escribir la verdad completa – incluso la parte en la que descubres que yo no soy Juan Márquez. Incluso la parte en la que descubres que el niño que desapareció hace cien años eres tú mismo.”
Miras la pantalla otra vez. Las palabras que acabas de leer ya están escritas en el documento, aunque no recuerdas haberlas tecleado. Y en la esquina superior derecha – o en la esquina del papel – hay una huella de dedo con siete puntas, húmeda como si acabara de ser dejada. Es la tuya. Es la de la figura que viste en la ventana. Es la que encontraste en la página del libro viejo el día de la mudanza.
Ahora sabes lo que tienes que hacer. Tienes que seguir escribiendo. Porque si te detienes, la entidad tomará el control de tus manos y escribirá la historia que ella quiere – una historia en la que todos olvidan el nombre de Juan, en la que la Calle 10A desaparece para siempre, en la que tú te conviertes en uno de los vecinos con los ojos cerrados que caminan por la calle contando letras en el aire.
Editado: 25.03.2026