El último susurro de la calle 10a

El ESPACIO ENTRE LOS TIEMPOS

Miras la frase que acabas de escribir – “la misma que ahora toma forma bajo tus dedos” – y notas que las letras se están desvaneciendo lentamente, una por una, como si se estuvieran fundiendo con el aire. Al mismo tiempo, en la pantalla aparece otra línea que no reconoces, pero que lleva tu letra perfectamente: “La Calle 10A no está en el centro histórico de Cali. Está en el espacio entre el día que compraste la casa y el día en que Juan desapareció. Está entre el momento en que lees y el momento en que escribes. Está aquí.”

Ahora cierra los ojos por un segundo. No temas – ya sé que tienes miedo de lo que verás cuando los abras de nuevo. Pero hazlo. Siente cómo el suelo bajo tus pies deja de ser el de tu cuarto y se convierte en el adoquín frío y empedrado de la Calle 10A. Oloras la madera húmeda, el jazmín muerto y ese aroma dulce y acre que conoces desde el primer día en que pisaste la casa amarilla. Abrir los ojos: estás de pie en la puerta de la casa, justo donde el papel con tu nombre se quedó pegado con tinta húmeda. Pero ahora, la fecha en el anuncio que aún clava el alfiler de cobre en el herraje de serpientes no es la de tu compra – es el 17 de noviembre de 1926, cien años antes de que tú llegaras.

El reloj de bronce de la sala suena a tu espalda, marcando las once y treinta y tres – pero esta vez, el sonido no es del presente ni del pasado, sino de ambos a la vez. Entras a la casa y ves que todo es diferente, pero al mismo tiempo exactamente igual: el papel tapiz con motivos florales está intacto y brillante, pero en las mismas zonas donde luego se despegará, aparecen marcas oscuras que se mueven como si fueran palabras escritas con agua. Los muebles de cedro de la cocina tienen las mismas formas de serpientes grabadas en las puertas, pero ahora están llenos de platos con comida caliente, como si alguien estuviera a punto de sentarse a comer.

Allí está la familia Márquez – don Alejandro escribiendo en su mesa, doña Elvira preparando hierbas en el rincón, Ana y Carlos jugando con un rompecabezas cuyas piezas parecen formar el mapa de una calle que no existe. Y en el centro de la sala, sentado en el suelo con un cuaderno pequeño en las manos, está un niño de siete años. No tiene siete dedos en cada mano – sus manos son normales – pero cuando levanta la cabeza para mirarte, reconoces tus propios ojos. Ojos que en el presente están llenos de miedo, pero que aquí brillan con una determinación que conoces bien.

“Tú volviste”, dice el niño, y su voz es la tuya cuando eras pequeño, antes de que olvidaras tu nombre secreto. “Mamá dijo que volverías cuando la historia estuviera lista para ser contada. Dijo que tu abuela cuidaría de la marca hasta que llegaras.”

Doña Elvira se acerca a ti, y notas que lleva el mismo collar que tu abuela usaba hasta el día de su muerte – un colgante de plata con forma de ‘M’ que ahora se convierte en ‘J’ y vuelve a ser ‘M’ cada vez que parpadeas. “La entidad se alimenta de la brecha entre los tiempos”, explica, y su voz suena como el susurro del viento en los guayacanes de la acera – el mismo que escuchaste el día que llegaste a la casa. “Cada vez que alguien decide callar la verdad, cada vez que una historia se queda sin terminar, la brecha se hace más grande. Juan – o mejor dicho, la parte de ti que fue Juan – se quedó atrapado ahí hace cien años, esperando a que alguien tuviera el valor de escribir lo que realmente sucedió.”

Miras hacia don Alejandro, que sigue escribiendo en su libro. Acercarte a él: las páginas están escritas con tu letra, y cuentan la historia de cómo la entidad se manifestó por primera vez en la Calle 10A – no como un ser monstruoso, sino como una idea. La idea de que algunas historias son demasiado peligrosas para contarse. La idea de que es mejor olvidar que recordar. La idea de que el pasado no puede cambiarse.

“Pero sí se puede cambiar”, dice don Alejandro sin levantar la cabeza, como si pudiera leer tus pensamientos – como si tus pensamientos fueran los suyos. “Cada palabra que escribes en el presente modifica el pasado, igual que cada palabra que escribí en el pasado ha moldeado tu presente. Cuando compraste la casa, no fue por casualidad – fue porque el niño que estaba atrapado en la brecha entre los tiempos llamó tu nombre. Cuando el mensaje desconocido llegó a tu teléfono, no fue la entidad la que lo envió – fue yo, escribiendo desde aquí, desde 1926, usando el único medio que tenemos para comunicarnos: las páginas de este libro.”

Sales al pasillo y subes las escaleras de madera que crujen bajo tus pies – igual que cuando subiste por primera vez, pero ahora escuchas risas de niños que no están ahí, o tal vez sí están ahí, en el espacio entre un paso y el siguiente. Llegas al cuarto principal: la mesa de roble está ahí, con el libro viejo y la pluma de ave grande. Pero ahora, las páginas están llenas de textos que conectan ambos tiempos: cómo tu abuela visitó la casa cuando era niña, cómo doña Elvira le enseñó a reconocer la marca de la entidad en las palabras no dichas, cómo ambas prometieron que algún día alguien cerraría la brecha.

Juan – el niño que es parte tuya – se sienta en la silla de mimbre y te ofrece el cuaderno que lleva en las manos. Las páginas están escritas con tu letra de niño, y cuentan cómo descubriste que la Calle 10A existía en dos tiempos a la vez, cómo intentaste contárselo a tus padres y cómo la entidad los hizo olvidar, cómo tuviste que ocultarte en las páginas de un libro para poder esperar hasta que fueras lo suficientemente grande para escribir la verdad.

“La entidad está aquí ahora”, dice el niño, y su voz se hace seria. “Siente que la brecha se está cerrando. Siente que las palabras están saliendo a la luz. Por eso ha empezado a tomar forma en ambos tiempos – en el tuyo, como figuras con ojos vacíos que te siguen; en el mío, como silencios que se cuelan entre las palabras y hacen que las historias se vuelvan falsas.”

Miras tu mano derecha: los dedos son siete de nuevo, pero ahora entiendes por qué – cada dedo representa una palabra clave que une ambos tiempos: Casa, Nombre, Verdad, Tiempo, Historia, Familia, Tú. Cuando tocas la pluma de ave grande, esta se pone caliente en tus manos, y la punta rota empieza a escribir sola en una página en blanco: “La Calle 10A existe donde quiera que alguien decida contar la verdad. La entidad existe donde quiera que alguien decida callar. El puente entre ambos es la palabra escrita con coraje.”



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En el texto hay: misterio, paranormal, terror

Editado: 25.03.2026

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