Las palabras siguen saliendo de tus dedos sin que tengas que pensar: “El pasado no está muerto. No siquiera está en el pasado. Está aquí…” – pero de repente, la pantalla se congela. La última letra, la ‘q’ de “aquí”, empieza a oscurecerse hasta convertirse en un punto negro que crece poco a poco, cubriendo la palabra, luego la línea, luego todo el texto. Escuchas un silbido en los altavoces – o un susurro en la habitación si estás escribiendo a mano – que suena como miles de voces hablando al mismo tiempo, pero sin decir ninguna palabra clara.
La entidad ha llegado.
Miras por la ventana: la casa amarilla de la Calle 10A ya no está iluminada. En su lugar, una sombra densa y negra la cubre por completo, como si una nube de hollín la hubiera envolvente. Los rostros que antes te miraban desde las ventanas de los edificios cercanos ahora están ahí, frente a tu propia ventana – sus ojos vacíos y negros, sus manos con siete dedos moviéndose en el aire, contando letras que ya no forman tu nombre secreto. Ahora están escribiendo palabras sin sentido, intentando confundirte, intentando hacer que tus propias palabras pierdan su poder.
“No puedes ganar”, aparece en la pantalla, escrita con letras rotas y torcidas que parecen arañazos en el vidrio. “Las historias deben permanecer en silencio. Los secretos deben guardarse. El pasado debe quedar atrás.”
Pero tú ya sabes que no es cierto. Te acuerdas de cómo don Alejandro te dijo que la entidad solo tiene poder mientras las personas crean que sus silencios los protegen. Te acuerdas de cómo doña Elvira enseñó a tu abuela que las hierbas que curan son aquellas que se atreven a crecer en lugares oscuros. Te acuerdas de cómo Juan – la parte tuya que estuvo atrapada – te pidió que escribieras la verdad completa, incluso las partes más difíciles.
Te levantas y caminas hacia la ventana. Los rostros frente a ella se acercan más, sus manos extendiéndose hacia ti como si quisieran atraparte y llevarte a la brecha entre los tiempos para siempre. Pero cuando abres la ventana, sientes el viento del centro histórico de Cali – el mismo que movía las hojas de los guayacanes el día que llegaste a la casa – y en él escuchas voces que ya no susurran, sino que gritan: “Marcial!” “Juan!” “Verdad!” Son las voces de los vecinos que no podían hablar, de la familia Márquez, de tu abuela, de todas las personas que la entidad había atrapado en sus silencios.
Regresas al escritorio y tocas la tecla ‘T’ – la que siempre ha estado caliente – y esta vez, en lugar de escribir sola, espera a que tú la presiones. Cierras los ojos y concentraste en todo lo que has vivido: la casa amarilla con su fachada desgastada, el papel del anuncio que parecía respirar, el mensaje desconocido en tu teléfono, el hombre mayor con los ojos cerrados, el niño que es parte tuya, el espacio entre los tiempos donde la Calle 10A realmente existe.
Entonces empiezas a escribir, letra por letra, con toda la fuerza que tienes:
La entidad no es más que el miedo a la verdad. Hace cien años, en la Calle 10A número 45-12, en el año 1926, yo – Juan Márquez, o Marcial, como me llamaron después – descubrí que nuestras historias tienen el poder de crear mundos. Cuando intenté contarlo, la entidad se apoderó de la calle, hizo que desapareciera de los mapas, hizo que los vecinos callaran. Mi familia intentó ayudarme, pero tuvieron que ocultarme en las páginas de un libro para que la entidad no me encontrara. Mi abuela – doña Elvira – prometió que algún día alguien vendría para terminar lo que empecé. Ese alguien soy yo, aquí y ahora, en el año 2026, escribiendo la verdad que destruye los silencios.
La Calle 10A existe en todos lados donde alguien decide contar una historia con valentía. La entidad solo puede sobrevivir donde las personas permiten que el miedo las calle. Hoy termino con ese acuerdo. Hoy escribo la verdad completa. Hoy cierro la brecha entre los tiempos.
Mientras escribes la última frase, la pantalla empieza a brillar con una luz cálida, como la del sol que calentaba el adoquín el día que llegaste a la casa. El punto negro que cubría el texto se desvanece, y en su lugar aparecen las palabras que escribiste, brillando como si estuvieran hechas de estrellas – igual que la tinta del libro viejo de la casa.
Escuchas un crujido en la ventana: los rostros con ojos vacíos se están desvaneciendo, convirtiéndose en luz que se dirige hacia la casa amarilla. Las sombras que cubrían la Calle 10A se disipan, y por primera vez en cien años, la fachada amarilla brilla bajo la luz de la luna – o del sol, porque en el espacio entre los tiempos, ambos brillan al mismo tiempo.
Miras tu mano derecha: los dedos han vuelto a ser cinco, pero llevan una marca en la palma – la forma de una serpiente que se muerde la cola, igual que el herraje de la puerta de la casa amarilla. Es una marca de que tú eres el guardián de las historias, el puente entre el pasado y el presente.
Luego escuchas una voz detrás de ti – una voz suave como el susurro del viento, pero clara como el día: “Gracias”. Giras y ves al niño Juan – ahora con manos normales, con ojos llenos de luz – parado en la puerta de tu cuarto. Junto a él están don Alejandro, doña Elvira, Ana y Carlos Márquez, y detrás de ellos, los vecinos que antes tenían los ojos cerrados – ahora sus ojos están abiertos, y brillan con la misma luz que las palabras en tu pantalla.
“La brecha se cerró”, dice Juan, y su voz es la tuya, pero más tranquila, más completa. “Pero la Calle 10A seguirá existiendo. Siempre existirá donde alguien necesite contar una historia que no debe quedar en silencio.”
Miras la pantalla una vez más. El texto que escribiste sigue ahí, pero ahora tiene una nueva línea al final – escrita con la letra de todos los que han formado parte de esta historia: “La verdad nunca muere. Solo espera a ser contada.”
Ahora mira tu reloj. Son las nueve y diez de la noche. Y si miras por la ventana hacia la casa amarilla – que ahora está donde debe estar, en el centro histórico de Cali – verás que el reloj de bronce de la sala finalmente se ha movido, marcando las nueve y diez también. Los tiempos se han unido.
Editado: 25.03.2026