Volver siempre duele más de lo que una imagina.
No es el lugar lo que pesa, sino todo lo que quedó esperando en él. Las palabras que no se dijeron. Los veranos que no regresaron. Las personas que aprendieron a vivir sin ti.
Luna regresó al pueblo por una razón que no admite excusas: la muerte de su padre.
Ese hombre que no la vio crecer del todo, pero que nunca dejó de esperarla. Ese hombre que fue hogar cuando el mundo aún no dolía.
El viaje no era solo un regreso físico. Era una deuda.
Durante años, Luna creyó que irse había sido la única forma de sobrevivir. Que alejarse del campo, de la casa, de Elías, era una decisión necesaria. Nunca se permitió cuestionarlo demasiado. Nunca quiso mirar atrás con detenimiento.
Hasta ahora.
El pueblo seguía ahí. El silencio también. Y Elías… Elías ya no era el niño que la miraba desde el columpio ni el adolescente que prometió escapar con ella. Era alguien distinto. Más distante. Más firme. Más herido.
Luna no volvió buscando respuestas.
Volvió buscando perdón.
El de su padre, por no haber estado.
El de Elías, por haberse ido.
Y, quizá el más difícil, el suyo propio.
Este no es un regreso fácil.
No es una historia de amor simple.
Es la historia de lo que ocurre cuando el pasado no se queda atrás…
y el último verano aún reclama ser contado
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Editado: 02.02.2026