El Último Vuelo Del Cuervo

Pájaro de mal agüero

«El Padre Eterno es luz en las tinieblas. Él alejará las sombras y proyectará Su luz en Sus Siervos.»

La oración murió en el aire viciado de la capilla, ahogada antes de llegar a algún lado.

Veredor, Lanza de la Única Iglesia, rezaba ante el altar de mármol desportillado con las manos contra el pecho y la mirada en el suelo. Desde hacía siete meses, cuando una falso monarca había derrocado al rey Valdrick de Valhor, que intentaba ser ancla espiritual para setecientos desplazados hacinados en un reducto de piedra construido para resistir asedios, no para albergar vidas. Ser la conciencia de tanta gente era una tarea titánica; con veintidós años, la llevaba con la elegancia de quien sabe que un error lo convertirá en cadáver moral.

Un haz de luz polvorienta entró por las fisuras del techo. Bajo él, oyó que la puerta de la capilla se abría con un chirrido seco.

—Gran Veredor. Traigo noticias del exterior.

El soldado entró sin permiso. Traía la coraza abollada, la espada roma y el cansancio incrustado en las ojeras. Olía a cuero mojado y sudor.

—Un momento —respondió Veredor.

Se levantó sin prisa, sin dejar de mirar el altar. A la distancia, la efigie del Padre Eterno pareció seguirlo. Caminó hasta el soldado con las manos sobre el vientre y el cabello rubio cayéndole sobre los hombros. Su rostro bonachón irradiaba una paz que no era tranquilidad, sino disciplina.

—¿Qué sucede?

—Los exploradores han regresado. La bestia del bosque oriental ha sido eliminada. Ya no representa peligro.

—Me alegro —dijo Veredor, sin sonreír—. Tocará orar por las almas de quienes triunfaron, y por las de quienes no regresaron.

—Hay otra noticia, Gran Sacerdote.

El ceño de Veredor se tensó apenas. Sus dedos apretaron la sotana. El soldado no lo notó.

—Han traído un prisionero. Estaba junto a la bestia. Lo llevan ante Valdrick, quien solicita su presencia de inmediato.

—¿Por qué un rey necesitaría un sacerdote para un prisionero? ¿Es hereje?

El soldado tragó saliva. Sus nudillos blanquearon sobre la empuñadura. Apartó la vista. La mano de Veredor se posó en su hombro, firme, casi paterna.

—Dicen que lleva un manto de plumas. Dos dagas negras a la espalda. Los rumores ya vuelan.

Un manto de plumas. Dos dagas negras. El Cuervo.

La mano del sacerdote cayó pesadamente del hombro del soldado. Dio un paso atrás. Miró hacia la ventana que daba al patio: un rectángulo de cielo gris. Luego volvió a la efigie del Padre Eterno. Quedó de espaldas al soldado. Sus labios se movieron en silencio.

—Ya veo —dijo al fin, sin volverse—. Ahora comprendo por qué Valdrick me necesita. Iré enseguida.

El soldado asintió, recibió la bendición —un gesto mecánico— y se marchó.

Veredor regresó al altar, se arrodilló unos segundos y salió. La capilla quedó vacía, salvo por el polvo que danzaba en el haz de luz.

Los pasillos de la fortaleza eran un hervidero. Gente amontonada sin dirección, cuerpos que se arrastraban, soldados que empujaban, niños que lloraban entre las piedras. Dar tres pasos sin chocar con alguien era un milagro. El aire olía a orina, paja podrida y miedo concentrado. Los rumores se arrastraban de boca en boca y cada conversación giraba en torno al prisionero. Muchos parecían sorprendidos, como si aquella figura no hubiera sido más que un cuento para asustar mercaderes.

Veredor no pudo detenerse. Cada mano que lo frenó buscando consuelo fue una cadena. Debía llegar ante el rey. Ser para él la razón, el freno, la voz que evitara que el juicio se convirtiera en carnicería.

Llegó a la sala de audiencias. Entre el tumulto de soldados y curiosos, una ráfaga helada le atravesó las costillas. La temperatura había caído antes incluso de verla.

A la derecha de la entrada, recostada contra la pared, estaba Alicia, la hija menor de Valdrick.

La Princesa de Hielo.

Amigos de la infancia, ella siempre lo había buscado en los momentos difíciles, como si sus palabras fueran el único antídoto contra una inteligencia que temía a sus propias conclusiones.

Los ojos grises de Alicia se clavaron, distantes, en las pupilas celestes del sacerdote.

—Sabía que vendrías. Imagino que padre mandó a llamarte.

—Así es. Si es verdad que capturaron al Cuervo, este día podría ser de los más importantes desde que estamos aquí.

—Espero que mi padre no le tenga piedad. Que pague por todo el mal que sembró. Al menos haríamos el mundo un poco más justo.

—Concuerdo, princesa. Confiemos en que el rey hará lo correcto. Y que sea la voluntad del Padre la que se cumpla.

Alicia lo observó fríamente. Sin mediar más, Veredor le cedió el paso y ambos entraron.

En el centro de la sala, custodiado por guardias con las manos en las armas, un hombre yacía arrodillado y encadenado. Una capa de plumas negras caía sobre sus hombros, ocultando parcialmente una melena castaña. No era alto ni musculoso. No coincidía con ninguna leyenda. Parecía, más bien, un ladrón de pan apresado en la calle, un cuerpo insignificante que la fortuna había vestido con mitos.

A su derecha, sobre una mesa de madera agrietada, cuatro dagas descansaban bajo la vigilancia de un soldado con la espada desenvainada. Las dos mayores, negras como la noche, confirmaban los relatos.

Veredor y Alicia avanzaron hasta situarse frente al prisionero. La princesa se detuvo a escasos palmos, mirándolo directo a los ojos. Su mano derecha se cerró sobre la empuñadura de su espada. Su ceño se frunció. Estuvo a punto de hablar cuando el silencio se volvió sepulcral.

Valdrick había entrado.

Alicia se apartó y ocupó el asiento a la derecha de su padre, acomodándose la coleta de cabellos rubios —casi blancos— sin despegar los ojos del acusado. Veredor se situó a la izquierda del trono. El rey tomó asiento. El juicio comenzó.

—Mercenario —dijo Valdrick—. Mis hombres te han traído con una grave acusación. Dicen que eres el Cuervo. ¿Qué tienes para decir?




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