El Último Vuelo Del Cuervo

La sombra de la risa

El Cuervo y Eirein marchaban sin cesar por los campos abiertos que dejaban ya muy atrás el Monte de las Águilas.

Con paso firme y decidido, apenas se habían detenido la suficiente como para que él pudiera descansar pues ella no había dormido en absoluto y apenas si había probado bocado alguno.

Era la primera vez que pasaban tiempo juntos, y aunque parecía haber un claro respeto entre ambos aliados, se notaban también algunas claras diferencias respecto a la ruta o los momentos de detenerse. Mientras que el mercenario proponía priorizar la misión y parar sólo al atardecer para preparar algún alimento y dormir lo esencial, la mujer parecía más concentrada en vigilar por el bienestar de todos los presentes y optaba por dos o tres descanso diarios.

Y aunque ella no parecía necesitar el descanso, si se la veía muy preocupada por el bienestar de Tempestad y sus necesidades, mientras que el Cuervo por momentos daba la sensación de dejar por sentado que su corcel se encontraba en buen estado.

Hablaban poco y lo necesario. Aquellas frases que habían proferido en el claro donde Eirein residía y que rozaban la provocación ahora habían dejado paso al silencio y la economía de palabras.

Y si bien en un primer momento las objeciones por parte de Eirein respecto a buscar a la gata que ríe eran más constantes, con el correr de los días se fueron haciendo cada vez menores hasta que al llegar el cuarto día de marcha ya no buscó convencer al Cuervo de nada.

Otros cuatro días luego de desistir debieron pasar para que la silueta del Bosque de la Risa se asomara por el horizonte, tranquilo y estático.

Con una extensión más alargada y angosta de lo normal, parecía más una línea de tierras en horizontal más que un bosque clásico.

Rápidamente el Cuervo comenzó a notar el detalle de la altura de los árboles, cuyos tamaños no terminaban de ser del todo claros.

Mientras que por momentos algunos troncos y copas resaltaban por sobre los demás por una diferencia considerable, al rato el bosque adquiría una extraña simetría y toda la vegetación allí presente resultaba tener la misma altura.

Se lo comentó a Eirein, quien continuaba marchando a su lado desde hacía ocho días.

—El Bosque de la Risa es un lugar peligroso y nada de lo que hay dentro es digno de confianza, creí que ya lo sabías. ¿No habías entrado dos veces ya?

—Dije que me enfrenté dos veces a ella, no que había ido a su hogar. Ambas luchas fueron bastante más lejos de aquí, cerca de la Costa Rosa.

Me contrataron cuando algunos niños comenzaron a desaparecer y solo quedaban sus ropas ensangrentada en las ventanas. De más está decir que aunque ella se marchó de allí, los pequeños nunca regresaron.

La expresión de la mujer cambió drásticamente. Su serenidad y pulcritud dejaron paso a la sorpresa y a un dejo de repugnancia.

—Ella es así, una asesina. Una cazadora con una mente retorcida, por eso creo que es una pésima idea traerla. Además, ¿Qué ventaja crees que pueda darnos? Yo veo más probable que amanezcas un día con la garganta abierta en dos.

El Cuervo dejó escapar una risa seca desde lo alto de Tempestad.

—No le veo la parte mala —dijo observando a Eirein, quien le devolvió una mirada casi tan asesina como la gata que estaban yendo a buscar—. Hablando en serio, si lo que Valdrick me dijo es verdad, los números son de diez contra uno. Una desventaja así necesita algo más que simples tácticas militares o fuerza bruta. Necesita algo de caos para intentar equipararse.

La mujer no dijo nada, aunque cruzó los brazos y fijó su vista en el bosque que se acercaba paso a paso.

Para cuando la tarde llegó, unos pocos kilómetros los separaban de la primera línea de árboles.

No hubo discusión. La idea de pasar la noche en las afueras del bosque fue unánime aún en silencio.

Y mientras el Cuervo apenas cerró los ojos, Tempestad y Eirein permanecieron en alerta máxima sin siquiera sentarse. Ninguno de los dos quiso quitar la vista de lo que tenían delante, ni siquiera durante los momentos donde el caballo relinchaba tapando lo que parecía ser una extraña risa a la distancia.

Con el amanecer llegó también el cambio de clima. Las altas temperaturas, anormales para esa época del año, dejaron paso a un sistema de nubes que amenazaba con comenzar a llover en cualquier momento.

Cuando el mercenario despertó, el bosque parecía haberse alejado durante la noche.

No le prestó atención y, luego de ensillar al caballo, volvieron a poner rumbo en búsqueda de la gata que ríe.

Pero esta vez era Eirein la que parecía algo más ansiosa de lo normal, como si algún recuerdo del pasado la atormentara.

El Cuervo le preguntó al respecto, pues no era lo normal verla tan incómoda en alguna situación.

—Mi historia con ella no es algo que merezca la pena contar. No hay grandes batallas o situaciones que sean recordadas. Ni siquiera recuerdo la última vez que la vi. Lo que si puedo asegurarte es que jamás nos hemos llevado demasiado bien. Nuestros estilos de vida son muy diferentes. En especial es ella quien vive sumergida en el caos y la confrontación directa. Es un ser desordenado que no entiende como vivir, como el más pequeño de los polluelos que es arrojado del nido por su madre. Solo que, esta vez, ese polluelo sobrevivió a la caída.

El mercenario no respondió nada y solo se dedicó a continuar hacia adelante sin perder de vista a su caballo, quien se veía más tranquilo de lo esperado.

Frente a ellos los aguardaba el bosque, a menos de una hora de viaje.

Esa hora transcurrió rápidamente, tanto que parecieron no haber avanzado en absoluto. Aún había la misma distancia entre ellos y la primera línea de árboles, como si no hubieran dado un paso desde hacía mucho.

Miró extrañado a Eirein, aunque ella se mantenía en completo silencio. Intentó hablarle pero las palabras no salieron de su boca. Por el contrario, resonaron en su cabeza con una voz distinta a la suya pero que reconocía como propia.




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