El Último Vuelo Del Cuervo

Curiosidad felina

El Cuervo y Eirein se miraron fijamente. Ambos parecían algo ansiosos tras las palabras de la gata sobre las preguntas que les haría. Como si temiesen responder, parecían más bien comenzar a buscar donde se había escondido aquel ser que hablaba desde varios sitios a la vez.

Pues cada palabra era pronunciada desde una copa diferente, aun si estas se hallaban muy separadas las unas de las otras. La distancia parecía ser más una sugerencia que una realidad para ella, la cual era fácilmente evitable y dejada a un lado.

Y mientras el Cuervo apretaba fuertemente las empuñaduras de sus dagas ennegrecidas y se lo veía listo para desenvainar cuando fuera necesario, la mujer permanecía con sus ojos parecidos a los de un reptil examinando cada centímetro del entorno esperando alguna pista que delatara la exacta posición de aquella gata que no paraba de reír y moverse de un lado a otro.

Incluso Tempestad, ese fiel corcel del mercenario, mostraba aquella mañana nerviosismo e inquietud, bufando y dando golpes a la tierra con sus cascos.

En tal revuelo de emociones y sensaciones, fue el mercenario quien primero pareció perder la paciencia y dar un paso al frente.

—¡Ya basta! ¡Estoy harto de tus juegos, pregunta lo que quieras o vete a la mierda!

Los ojos de Eirein regresaron a la normalidad y se clavaron en la figura del Cuervo, bien abiertos y con la sorpresa indisimulable en su expresión.

Tempestad también dejó de golpear el suelo y su mirada siguió a su jinete.

Pero con ello también la risa que venía de todos lados a la vez se apagó lentamente, de la misma manera que cuando cruzaron el paso bloqueado, y la voz de la gata comenzó a oírse como un eco que venía de más allá de los primeros árboles.

—Veo que estás ansioso, pajarito. Bien, vamos allá. Será solo una pregunta fácil de responder y nos iremos. Eso, claro, siempre y cuando digas la verdad.

—No tengo nada que ocultar —respondió él—, así que adelante.

La gata rio, dejando ver su cola ahora celeste bajando por una de las frondosas copas de los árboles.

—En ese caso, es algo que me intriga desde que batallamos por primera vez.

—¿De la vez que te vencí? —retrucó, alardeando levemente.

—Quizás, digo sí. Aún recuerdo tus ojos cuando tan torpemente me tropecé con aquella rama y caí al suelo y tú me pusiste la espada al cuello como si fuera una bella cadenilla. Desde entonces me he preguntado como esa mirada fue capaz de acabar con tantos inocentes.

El Cuervo chistó frunciendo el ceño, comenzando a caminar hacia donde colgaba la cola y buscando el rostro de la gata entre las ramas y las hojas.

—Jamás he matado a un inocente, ni siquiera le he hecho daño a nadie que no lo mereciera. Lo que se diga en el mundo de mi me tiene sin cuidado, yo se bien lo que soy capaz de hacer y lo que no.

Hubo un segundo de silencio.

—Mmhh… no lo sé, ¿es tan así?

La tierra comenzó a temblar de repente, antes que el mercenario tuviera tiempo de responder, como si un enorme terremoto sacudiera las mismas bases del continente de Sabeiras.

La cola que colgaba desapareció, dejando apenas un leve humo bajando de la copa.

Los árboles parecieron comenzar a cambiar en aquella sacudida infernal que desestabilizó al Cuervo y que lo obligó a colocarse en cuclillas para permanecer firme.

Tempestad y Eirein llegaron hasta él, formando entre los tres un círculo donde podían apoyarse para mantener el equilibrio.

Eternos segundos duró aquel terremoto que parecía estar por partir la tierra en dos.

Cuando terminó y pudieron tranquilizarse, levantaron la vista y observaron como el bosque se había cerrado sobre ellos y los árboles ahora los rodeaban más de cerca, y como más allá de los primeros metros una espesa pared de troncos que se alzaban hasta donde la vista no alcanzaba les impedía cualquier intento de huida.

Hubo una leve risa sarcástica de la gata mientras su cola, ahora blanca y negra a tirones, se dejaba ver colgar de nuevo balanceándose de un lado a otro.

—Error, cuervito. No me mientas, ¿o es que no te enseñaron que eso es de mala educación? Vamos, te doy otra oportunidad.

El mercenario tomó cierta distancia de sus compañeros y caminó hasta debajo de donde colgaba la cola de la gata.

Aunque no pudo divisar su cuerpo si se podía percibir su aroma dulce y enigmático.

Respiró hondo antes de continuar.

—Hubo… hubo una vez, hace un tiempo ya. Un contrato engañoso me llevó a alguien que no merecía la muerte. Un buen hombre según supe después, que trabajaba para la Única Iglesia pero se oponía a ciertas prácticas poco morales. Aún cargo con eso si es lo que intentas descifrar.

La cola felina se movió con fiereza antes de desaparecer y dejar sólo un rastro de humo tras ella.

El Cuervo volteó observando a Eirein directo a los ojos con cierto alivio, casi como si se hubiera sacado un gran peso de encima.

Pero la paz fue breve.

Apenas unos pocos instantes después, la tierra volvió a sacudirse, ahora con más violencia que antes.

El suelo bajo sus pies se agrietó con fiereza y algunas ramas comenzaron a caer en un vendaval que parecía no acabar.

Intentó divisar a los árboles en medio de todo aquel estruendo, entendiendo que eran quienes parecían promover el desastre.

Y pudo verlos acercándose a ellos a gran velocidad, rodeándolos rápidamente y reduciendo el claro donde se hallaban hasta el punto de que los tres compañeros debieron acercarse hasta el tacto para evitar tocarlos.

La tierra se tranquilizó tras algunos segundos, y pudieron observar aquella pared de troncos ahora mucho más cerca, apenas a unos escasos cuatro o cinco metros de ellos, tras la primera línea de árboles, amenazando con reducirlos a un espacio cada vez menor.

La cola de la gata volvió a aparecer frente a ellos colgando de nuevo ahora con un color amarillo fluorescente que hacía doler los ojos de quienes la observaban demasiado tiempo.




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