Sin control de la situación. Casi sin poder mantenerse de pie, completamente obnubilado. En ese estado de absoluta desconexión, a Alejandro se le ocurrió hacer un llamado.
Llamó a Florencia, una amiga en común que tenían con la mujer de blanco. Los tres se conocían lo suficiente como para que el contacto no resultara extraño. Pero esta vez era diferente; el llamado arrastraba un peso distinto. Había un mensaje oculto, un ruego desesperado que él mismo no lograba descifrar. No era una invitación al placer. Era un grito sin voz, un manotazo de ahogado desde el fondo del pozo.
Florencia escucha el timbre. Al abrir, lo ve llegar arrastrando los pies, recorriendo el pasillo tambaleante, al borde del colapso. Ella lo abraza, le da un beso y enseguida se da cuenta de la gravedad de la situación.
—¿Qué estás haciendo? ¿Vos estás loco? —le dice, tomándolo del brazo con fuerza—. ¿Vos viste cómo estás? Apenas podés mantenerte de pie. Dale, vamos para adentro.
En ese instante, Florencia tomó el control que Alejandro ya había perdido por completo. Una vez adentro de la habitación, desorientado y semidesnudo, él le dijo sin pensar, con la voz pastosa:
—Dale, vení… acostate conmigo… sacate la ropa.
Ella lo frenó en seco, con una mezcla de firmeza y dolor:
—No. Pará. Vos no estás bien. Estoy muy preocupada, nunca te vi así.
Él intentó hilar una frase, pero las palabras le salían rotas, inconexas, como si vinieran de otra dimensión:
—Fue ella… Se aprovechó de que estaba indefenso… No sé cómo estoy… ¿Y vos qué estás haciendo acá?
Florencia lo miró fijo, con el miedo instalándose en sus ojos:
—¿Cómo entraste en este estado? Vos estás totalmente intoxicado. No estás bien… ¡Contéstame! ¿Me escuchás?
El silencio se tragó la habitación. Alejandro no respondió; ya no podía hacerlo. Apenas si quedaba un rastro de conciencia antes del desmayo total. Florencia se asustó, pero la adrenalina la mantuvo fría. Intentó ponerlo de costado. Una vez. Dos veces.
—Ayudame… ayudame a ponerte de costado —le gritaba, exigiéndole un esfuerzo a un cuerpo que ya no respondía.
De pronto, el cuerpo de Alejandro se tensó y empezó a convulsionar. Florencia sacó fuerzas de donde no tenía; lo aferró con desesperación, lo giró y logró ponerlo de lado. Justo a tiempo. En ese instante él empezó a vomitar. Si no hubiera estado en esa posición, el desenlace habría sido fatal.
Lo que iba a ser una tarde de diversión se había convertido en un abismo crítico. La intención de Alejandro al llamarla era otra, pero el destino cambió las cartas. Ese llamado de auxilio inconsciente, al final, le salvó la vida. Florencia venía a compartir un momento y terminó siendo el ángel que lo sostuvo cuando él ya se había ido.
Cuando Alejandro volvió en sí, la tormenta había pasado y Florencia ya no estaba. En su lugar, sentado al pie de la cama, estaba su padre. La presencia de su figura recortada en la penumbra trajo un silencio denso, cargado de un amor que no sabía cómo expresarse.
—¿Cómo te sentís? —preguntó el padre con voz ronca.
—Me duele la cabeza… —alcanzó a responder él, sintiendo el cuerpo de plomo—. ¿Cuándo volviste?
—Hoy volví. Me llamaron.
—¿Quién te llamó?
—Florencia. Me contó lo que estaba pasando.
El padre lo miró fijo, con una mirada donde se mezclaban la angustia y el reproche mudo.
—Ahora decime… ¿Qué quisiste hacer?
Silencio. Alejandro hizo una pausa eterna. Lo único que recordaba con certeza era el vacío. Se había ido de este plano. Mientras su cuerpo luchaba en la cama, su mente se había abstraído por completo. Recordaba verse a sí mismo acostado, desde arriba, hasta que de pronto una luz blanca, intensa y enceguecedora, lo había cubierto todo. Y en medio de esa paz brillante, una voz firme, de una autoridad incontestable, le había ordenado:
“¡Vos todavía no! Aún no es tu momento”.
Y entonces había despertado para encontrarse con los ojos de su padre.
—Date una ducha —le dijo el hombre, rompiendo la tensión—. Vamos a salir. Te invito a comer.
—¿A comer?
—Sí. Tengo ganas de ir a Luján.
—¿Ahora?
—Ahora.
Se vistieron y salieron a la ruta en silencio. El viaje fue una transición lenta de la oscuridad del cuarto hacia el aire fresco. Al llegar a la imponente Basílica de Luján, caminaron entre los pasillos de piedra hasta quedar frente al altar, bajo la mirada serena de la Virgen.
El padre la miró de frente y, con una suavidad inédita, comentó:
—Mirá qué linda… Es hermosa, ¿no?
Alejandro lo miró sorprendido. Jamás en su vida lo había escuchado decir algo semejante, ni mostrar esa clase de sensibilidad. Pero después de ver a un hijo tirado en una cama, casi muerto, un padre busca hacer lo imposible. Incluso apelar a lo que nunca hizo: acercarse, intentar ayudar, abrazar desde el silencio. Todavía hoy resulta difícil comprender el porqué de algunas cosas. Alejandro había llegado al límite absoluto, cara a cara con la luz. Pero de algo estaba seguro al salir de esa basílica: no era su momento.