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La luz plateada proveniente del cielo dejaba entrever la densidad del bosque. Grandes árboles balanceaban sus hojas al ritmo de las corrientes de aire; algunas se desprendían, realizando un breve recorrido antes de caer en el lago que se extendía en el centro de aquel vasto ecosistema.
Sin embargo, el claro cubierto por la extensión de agua ya no parecía natural.
Luces artificiales, blancas y frías, instaladas en las copas de los árboles, cortaban la oscuridad natural del lugar en fragmentos quirúrgicos. Cables recorrían el suelo como raíces muertas, mientras sensores y pantallas portátiles rodeaban el círculo de piedras que había sido descubierto décadas atrás.
La naturaleza había sido desplazada.
Controlada.
O eso creían.
—Fase tres lista —anunció una voz femenina a través del altavoz.
El hombre ubicado al borde del claro no respondió de inmediato. Sus ojos azules observaban las piedras con expectación, como si esperara que hicieran algo por sí solas.
—Señor —insistió la voz—Necesitamos confirmación para proceder.
El hombre parpadeó lentamente.
—Procedan —autorizó.
A unos metros, el Ancla estaba sujeto a una estructura vertical ubicada junto a una de las formaciones rocosas. A simple vista parecía una persona, pero había algo profundamente incorrecto en él. Su pecho subía y bajaba en una respiración superficial, aunque no existía conciencia alguna en sus ojos. Tubos conectaban su sistema circulatorio a un conjunto de dispositivos dedicados a monitorear cada mínima variación en su sangre.
Era una réplica.
Una variación.
Un intento de reproducir lo irrepetible.
—Activando sincronización —se escuchó esta vez una voz masculina.
—Es hora.
El hombre se volvió hacia la rubia que permanecía a su lado. Ella lo observaba con evidente incertidumbre. Tomó su mano y la apretó con suavidad, tratando de transmitirle seguridad.
Juntos se acercaron al grupo formado por dos chicas y un chico, quienes se colocaron alrededor del círculo en posiciones exactas, como si no fuera la primera vez que realizaban aquel procedimiento.
Cada uno sostenía un cuchillo.
Se miraron por última vez antes de deslizar la hoja por la palma izquierda. Las gotas de sangre cayeron sobre las piedras y luego rodaron hasta tocar las aguas inquietas del lago.
El aire cambió.
Al principio fue algo sutil: una brusca caída de la temperatura, una presión incómoda en los oídos.
Después, los sensores comenzaron a reaccionar.
—Lecturas anómalas en aumento —informó la misma voz femenina—Coinciden con el patrón del evento original.
Una sonrisa apenas perceptible cruzó el rostro del hombre.
—Mantengan la estabilidad.
Las piedras vibraron.
El agua comenzó a agitarse.
—Incremento de actividad energética —reportaron—Estamos cerca del punto de convergencia.
Entonces el Ancla reaccionó.
Su cuerpo se tensó de golpe. Los tubos vibraron violentamente. Su pecho se elevó en una inhalación demasiado profunda, demasiado brusca.
Sus ojos se abrieron.
Vacíos.
Pero ya no inertes.
Y entonces todo empezó a ir cuesta abajo.
—Esto no estaba en los registros —murmuró alguien a través del altavoz.
—Ansel, ¿qué pasa? —preguntó una morena alarmada.
El hombre de ojos azules la ignoró.
—Continúen —ordenó con firmeza—No se detengan.
El aire frente a las piedras comenzó a ondularse. Una distorsión semejante al calor, aunque extrañamente fría.
—Tenemos formación de anomalía —advirtió la voz, ahora menos estable, mientras la interferencia comenzaba a interrumpir la comunicación—Esto es... esto es...
La transmisión se cortó.
Y el Ancla gritó.
No como un ser humano.
Sino como algo que jamás debió emitir un sonido semejante.
Los dispositivos registraron picos imposibles.
—¡Córtalo, Ansel! ¡Se está desestabilizando! —gritó el rubio, colocándose delante de las tres chicas.
—¡Aumenten la contención! —ordenó Ansel en respuesta.
—¡Apágalo, Ansel, o esto no terminará bien! —insistió la castaña, llevándose una mano al pecho como si pudiera sentir físicamente el dolor que emanaba del lugar.