Brianna odiaba oficialmente las mudanzas.
Puso la última caja en el suelo de la habitación y miró el panorama, preguntándose por dónde empezar a organizar lo que sería su lugar seguro durante un largo tiempo. La habitación era espaciosa, con paredes de un tono crema claro y una ventana grande que daba a la calle principal de la ciudad.
—Es linda, no te puedes quejar —dijo por la puerta una rubia alta de cabello largo y ondulado. Era Sam, su prima. Su expresión era tranquila, casi burlona—La mía es igual.
—No me quejo por eso —volteo a verla con los brazos cruzados—Me quejo por esto —señaló el montón de cajas esparcidas por el lugar—No sé por dónde empezar.
Abrió una caja y empezó a sacar algunos libros y revistas, dándose por vencida mentalmente ante la tarea.
—Pues empecemos por el principio —entró Sam, dirigiéndose directamente a la ventana. La abrió con cuidado, dejando entrar una corriente de aire fría debido al panorama nublado que cubría la pequeña ciudad. Eran las 2:00 PM.
Mientras ambas empezaban a organizar, una lista de reproducción sonaba de fondo. Poco a poco, la habitación empezó a tomar forma, dejando satisfechas al dúo.
—Y como último toque, un pequeño regalo de mi parte —dijo Sam, acercándose a la ventana. Colocó cuidadosamente un pequeño atrapasueños de plumas en tonos blanco, rosa y lila, adornado con piedras preciosas y brillantes. Se balanceó suavemente con la corriente de aire que entraba—. Así tus sueños siempre estarán protegidos.
—Sam, está precioso —se acercó Brianna, rozando con sus dedos las suaves plumas que se movían con el viento. El detalle fue simple, pero significativo.
La voz cantarína de su madre resonó desde el primer piso:
—¡Niñas! ¡Bajen a cenar!
—Al fin, pensé que moriría de inanición —bromeó Sam, palmeando su vientre mientras bajaban las escaleras.
—Qué exagerada —rió Brianna, cerrando la ventana y soltando el amarre de las cortinas en tonos lilas.
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En la mesa del comedor, Brianna mordía un pedazo de pollo frito con entusiasmo.
—No sé si es porque tengo hambre, pero este pollo está increíble —gimió Sam, igual de entusiasmada disfrutando cada bocado.
—Con cuidado, Sam, no vayas a atragantarte —la regañó su madre, Renata, una mujer de cabello ondulado igual que su hija pero en tono castaño. Acercó un vaso de Coca Cola para que bebiera.
—Aquí tienes la miel, cariño —añadió Brenda, la hermana de Renata y madre de Brianna, tendiéndole un frasco a la castaña , quien lo tomó con entusiasmo. Lo roció sobre el pollo frito y las papas—. ¿Lograron terminar la habitación?
—Sí, mamá —confirmó Brianna, devorando las papas—Sam fue de mucha ayuda.
—¿Y qué piensan hacer? Aún les queda una semana antes de que entren a la escuela —preguntó Brenda con curiosidad, tomando un sorbo de su bebida.
—Creo que deberíamos salir a explorar la ciudad —propuso Sam—. Aún no me he familiarizado del todo con ella.
—Sí, por favor, no quiero volver a ver otra caja más —rogó Brianna, provocando las risas de ambas mujeres.
—Bueno, en ese caso mantengan encendido sus teléfonos —dijo Brenda mientras comía—Renata y yo tenemos que ir al hospital mañana. Es nuestro primer día en el nuevo trabajo. Lo más probable es que lleguemos en la noche.
—No te preocupes, mamá, estaremos bien —dijo Sam, dirigiéndose a su madre—Solo saldremos un rato, y de todos modos nos toca la cena.
—Exacto —añadió Brianna, completamente despreocupada—Estaremos de vuelta a tiempo.
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El reloj sobre la cómoda marcaba apenas unos minutos antes de la hora acordada. Brianna, frente al espejo, terminó de acomodar el borde del cárdigan rosa sobre su cintura y ajustó por última vez la minifalda de tono malva, ligeramente ajustada. La prenda ya estaba en su sitio.
—¿Ya estás? —escuchó la voz de Sam mientras la puerta se abría.
Brianna sonrió antes de voltear a verla.
El terciopelo verde oliva del cárdigan de Sam contrastaba con la luz cálida de la habitación, mientras la falda de flores oscuras se movía suavemente al caminar. Llevaba el bolso colgado del hombro y una expresión divertida.
—Llegas justo a tiempo.
—Perfecto, entonces ¿nos vamos?
Brianna tomó su bolso y el chaleco corto de pelo sintético en los puños de tono rosa que descansaba sobre la cama.
—Ahora sí.
Las dos intercambiaron una mirada cómplice antes de salir de la habitación una al lado de la otra. El murmullo de la casa quedó atrás mientras bajaban las escaleras, con esa emoción tranquila que acompaña el comienzo de una tarde en la que todavía todo está por suceder.
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A simple vista, Raven Hollow parecía un lugar que simplemente vivía en un verano que no había conocido el sol.
Eran finales de agosto, técnicamente seguía siendo verano. Sin embargo, el cielo permanecía cubierto por un manto de nubes grises que apenas dejaba escapar algunos destellos de luz. Una llovizna fina caía de vez en cuando, tan ligera que nadie parecía molestarse en abrir un paraguas. El aire era fresco, impregnado del aroma de la tierra húmeda, los pinos y el pan recién horneado que escapaba de alguna cafetería cercana.