La lluvia golpeaba el parabrisas con una fuerza casi hipnótica. Cada gota parecía querer borrar el camino que se extendía frente al viejo autobús de pasajeros. El limpiaparabrisas trabajaba sin descanso, pero apenas lograba abrir un estrecho túnel de visibilidad entre la tormenta.
Dentro del vehículo reinaba un silencio incómodo. Nadie hablaba. Algunos dormían; otros observaban la oscuridad tras las ventanas empañadas, como si esperaran ver algo imposible.
Daniel apretó con fuerza la mochila que llevaba entre las piernas. No podía dejar de mirar la hora en su reloj.
Las 10:43 p. m.
Tenía la extraña sensación de haber visto esa hora antes.
Le dolía la cabeza.
Frente a él, una niña dibujaba figuras con el dedo sobre el vidrio empañado. Sonreía, aunque viajaba sola. Su madre había bajado horas atrás en un pequeño pueblo... o eso recordaba Daniel. Sin embargo, cuanto más intentaba reconstruir ese momento, más borroso se volvía.
El conductor carraspeó.
—No me gusta esta carretera...
Un anciano levantó la vista.
—¿Qué dijo?
El conductor no respondió.
Las luces del autobús parpadearon una vez.
Luego otra.
Y finalmente se apagaron por completo.
El vehículo siguió avanzando varios segundos envuelto en absoluta oscuridad.
Algunos pasajeros gritaron.
Cuando la electricidad volvió, la lluvia había desaparecido.
El cielo estaba despejado.
No había viento.
No había sonido.
Daniel miró por la ventana.
La carretera seguía allí, pero el bosque a ambos lados era diferente. Los árboles eran inmensos, retorcidos y completamente negros, como si hubieran sido quemados hacía siglos.
—¿Dónde estamos? —preguntó una mujer.
Nadie respondió.
El conductor frenó con fuerza.
Las llantas chirriaron.
Frente al autobús había un enorme letrero de madera.
No parecía nuevo.
Tampoco viejo.
Simplemente... estaba ahí.
Con letras blancas, escritas a mano, decía:
**BIENVENIDOS.**
**SI LEEN ESTE MENSAJE, YA ES DEMASIADO TARDE.**
Un silencio absoluto inundó el autobús.
Entonces alguien comenzó a reír.
Era una risa suave.
Lenta.
Desesperada.
No provenía de ningún pasajero.
Venía del exterior.
Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
El conductor cerró las puertas con el seguro.
—Nadie baja.
La niña dejó de sonreír.
Señaló hacia el bosque.
—Hay alguien mirándonos.
Todos voltearon.
No vieron a nadie.
Pero, durante un segundo...
Dos ojos blancos brillaron entre los árboles.
Y desaparecieron.
El motor del autobús se apagó solo.
Las luces volvieron a extinguirse.
Esta vez, no regresaron.