El Umbral Del Olvido

Nadie Desaparece Sin Dejar Huella

El primer sonido que rompió el silencio fue un golpe seco.

**Tac.**

Después otro.

**Tac... tac... tac.**

No provenía del motor ni del techo del autobús. Era algo que caminaba alrededor del vehículo.

Los pasajeros permanecieron inmóviles.

El conductor sujetó con fuerza el volante. El sudor le corría por la frente, aunque el interior del autobús se había vuelto extrañamente frío.

—Que nadie haga ruido... —susurró.

Los golpes cesaron.

Durante unos segundos solo existió el silencio.

Entonces las ventanas comenzaron a empañarse desde el exterior.

No era el vapor de la lluvia.

Eran decenas de marcas, como si manos humanas estuvieran apoyándose al mismo tiempo sobre el cristal.

Daniel tragó saliva.

—¿Lo están viendo?

Nadie respondió.

Una mujer comenzó a llorar.

Un hombre corpulento, de barba descuidada y voz áspera, se levantó de su asiento.

—¡Esto es una broma! ¡Voy a salir!

—¡No! —gritó el conductor.

Pero el hombre ya había accionado la palanca de emergencia.

Las puertas no se abrieron.

Lo intentó otra vez.

Nada.

Golpeó el cristal con el puño.

El vidrio ni siquiera vibró.

Parecía una pared de acero.

—¡Estamos encerrados!

El pánico se propagó de inmediato.

Algunos empujaban las ventanas.

Otros intentaban llamar con sus teléfonos.

Ninguno tenía señal.

Las pantallas marcaban la misma hora.

**10:43 p. m.**

Daniel miró su reloj.

También seguía detenido.

Sintió un nudo en el estómago.

Algo estaba mal.

Muy mal.

---

Pasó casi una hora.

O al menos eso creían.

El reloj no se movía.

Nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí.

El conductor se presentó.

—Mi nombre es Ernesto. Llevo treinta años manejando esta ruta. Jamás había visto este camino.

Poco a poco los demás hicieron lo mismo.

Daniel era arquitecto.

Lucía trabajaba como enfermera.

Héctor era policía.

Marta viajaba con su hijo de nueve años, Samuel.

El hombre corpulento se llamaba Iván.

Y la pequeña que viajaba sola dijo llamarse Sofía.

Nadie supo explicar por qué una niña viajaba sin compañía.

Cuando intentaban recordarlo, sus recuerdos parecían incompletos.

Como páginas arrancadas de un libro.

---

El hambre comenzó a sentirse.

Lucía repartió algunas botellas de agua y galletas encontradas entre el equipaje.

Nadie discutió.

Todos parecían demasiado cansados.

Sin embargo, Daniel no podía dejar de mirar por la ventana.

Tenía la sensación de que el bosque estaba más cerca.

Los árboles parecían avanzar unos centímetros cada vez que apartaba la vista.

Se convenció de que era una ilusión.

Hasta que Sofía habló.

—Los árboles se están moviendo.

Nadie quiso responderle.

---

Un grito atravesó el autobús.

Samuel.

El niño señalaba hacia la última fila.

—¡Había alguien sentado ahí!

Todos voltearon.

El asiento estaba vacío.

—¿Quién? —preguntó Marta.

—Un señor...

Nadie recordaba haber visto a ese hombre.

Daniel recorrió el autobús con la mirada.

Contó los pasajeros.

Luego volvió a contar.

Algo no cuadraba.

—Éramos doce...

Héctor frunció el ceño.

—No.

Éramos once.

—No...

respondió Daniel.

—Estoy seguro.

Había otro hombre.

Silencio.

Nadie podía describir su rostro.

Ni su ropa.

Ni siquiera su voz.

Solo recordaban, con una certeza imposible de explicar, que había estado allí.

Y ahora ya no.

---

El conductor decidió romper una de las ventanas con el martillo de emergencia.

Golpeó una vez.

Dos.

Cinco.

Diez.

El cristal permaneció intacto.

Como si el autobús hubiera dejado de pertenecer al mundo real.

Entonces ocurrió algo peor.

Desde el exterior llegó un sonido.

Un murmullo.

Primero era apenas un suspiro.

Después cientos de voces comenzaron a hablar al mismo tiempo.



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En el texto hay: misterio, suspense, ciencia-ficción

Editado: 28.07.2026

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