La risa desapareció.
Pero nadie dentro del autobús pudo olvidar que la había escuchado.
Durante varios minutos permanecieron inmóviles, mirando la puerta cerrada como si esperaran que algo atravesara el metal en cualquier momento.
Daniel seguía sosteniendo la hoja entre sus dedos.
La tinta parecía fresca.
Demasiado fresca.
—¿Quién escribió esto? —preguntó Marta con la voz quebrada.
Nadie respondió.
Porque todos tenían la misma pregunta en la cabeza.
Y una respuesta que ninguno quería aceptar.
Alguien los estaba observando.
Alguien sabía lo que ocurría dentro del autobús.
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Héctor tomó el papel de las manos de Daniel.
Lo examinó con cuidado.
—Esto no demuestra nada.
Iván soltó una risa nerviosa.
—¿No demuestra nada? Un hombre aparece de la nada, desaparece cuando se abre una puerta que nadie tocó y aparece un mensaje diciendo que hay un impostor.
El policía lo miró con dureza.
—Dije que no demuestra nada.
—¿Entonces qué propones?
Héctor no contestó.
Porque no tenía ninguna propuesta.
Nadie la tenía.
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Lucía se acercó a los asientos.
—Tenemos que revisar que todos estemos aquí.
—Ya hicimos eso —dijo Daniel.
—No.
La enfermera negó con la cabeza.
—Hicimos un conteo. Pero nadie está seguro de lo que vio.
Tenía razón.
La extraña sensación de confusión seguía presente.
Los recuerdos parecían cambiar.
Daniel intentó recordar el momento exacto en que había subido al autobús.
No pudo.
Sabía que había comprado un boleto.
Sabía que tenía un destino.
Pero no recordaba cuál era.
Ni por qué viajaba.
Ni de dónde venía.
Era como si alguien hubiera borrado partes de su vida dejando solo pequeños fragmentos.
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Samuel tiró de la manga de su madre.
—Mamá...
Marta se agachó.
—¿Qué pasa?
El niño miraba hacia la parte trasera del autobús.
—El señor que desapareció...
Todos voltearon.
—¿Qué pasa con él? —preguntó Daniel.
Samuel bajó la voz.
—No desapareció.
El silencio regresó.
—Lo vi salir.
Marta palideció.
—¿Cuándo?
—Antes de que ustedes se dieran cuenta.
El niño señaló la última fila.
—Me dijo que no tuviera miedo.
Héctor se acercó.
—¿Cómo era?
Samuel frunció el ceño intentando recordar.
—No tenía cara.
Nadie se movió.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Lucía.
El niño empezó a llorar.
—Tenía una cara... pero no podía verla.
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Esa frase cambió algo dentro del grupo.
Hasta ese momento habían pensado que estaban atrapados en un lugar extraño.
Ahora comprendían algo peor.
La amenaza podía acercarse.
Podía hablar.
Podía mezclarse con ellos.
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Ernesto volvió a intentar encender el autobús.
Giró la llave.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Una tercera vez.
El motor respondió.
Todos levantaron la cabeza sorprendidos.
—¡Funciona! —dijo Iván.
Pero la alegría duró poco.
El tablero se iluminó.
La pantalla del vehículo mostró un mensaje que nadie había visto antes.
No era una falla mecánica.
No era una alerta.
Era una frase.
**PRIMERA REGLA: NO DEJEN QUE ENTRE.**
Todos miraron hacia la puerta.
Después hacia las ventanas.
El miedo cambió de forma.
Ya no estaban preocupados por salir.
Ahora estaban preocupados por dejar algo entrar.
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Un golpe sonó debajo del autobús.
Todos se quedaron quietos.
Luego otro.
Y otro.
Algo estaba arrastrándose por debajo.
Ernesto apagó el motor.
—Nadie se mueve.
El sonido recorrió todo el vehículo.
Desde la parte delantera.
Hasta la trasera.
Como si aquello estuviera pasando lentamente debajo de ellos.
Entonces se detuvo justo debajo del asiento de Daniel.
Él dejó de respirar.