Nadie se movió.
La mujer permanecía sentada con la espalda recta, las manos apoyadas sobre sus piernas y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado.
La sangre cubría parte de su rostro.
Bajaba desde la frente hasta la mandíbula.
Pero ella no parecía herida.
Parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
—¿Quién eres? —preguntó Héctor, manteniendo el arma apuntando hacia ella.
La mujer levantó lentamente la mirada.
Sus ojos se detuvieron en Daniel.
No en el policía.
No en Ernesto.
En Daniel.
—Él sabe quién soy.
Todos voltearon hacia él.
Daniel sintió que el estómago se le cerraba.
—No.
La mujer sonrió apenas.
—Eso es lo que te dices desde hace mucho tiempo.
El autobús quedó en silencio.
---
Daniel retrocedió.
—Nunca te he visto.
La mujer ladeó la cabeza.
—¿Seguro?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Daniel intentó recordar.
Su mente buscó una imagen.
Un rostro.
Un momento.
Algo.
Pero solo encontró oscuridad.
Dolor.
Y una sensación extraña de pérdida.
—¿Quién eres? —repitió.
La mujer pasó un dedo por la sangre de su mejilla.
—Me llamo Elena.
Nadie reaccionó.
Pero Daniel sí.
Ese nombre le provocó un golpe en la memoria.
Una habitación blanca.
Una voz llorando.
Una puerta cerrándose.
Y luego nada.
---
—¿La conoces? —preguntó Lucía.
Daniel negó lentamente.
—No lo sé.
Esa respuesta asustó más a todos que si hubiera dicho que sí.
Porque ya no podían confiar ni siquiera en sus propios recuerdos.
---
Héctor bajó un poco el arma.
—Vamos a calmarnos.
Iván soltó una carcajada nerviosa.
—¿Calmarnos? Una persona aparece de la nada y todos actuamos como si fuera normal.
Señaló a Elena.
—¿Cómo subiste?
La mujer no respondió.
—Te estoy hablando.
Elena miró hacia la puerta del autobús.
—Yo no subí.
Nadie entendió.
—Entonces, ¿cómo llegaste aquí? —preguntó Marta.
La mujer respondió con una voz casi apagada:
—Porque este lugar me dejó entrar.
---
Las palabras provocaron un silencio diferente.
No era miedo.
Era comprensión.
Todos habían llegado a la misma conclusión.
El autobús no estaba averiado.
No estaban perdidos.
Estaban siendo retenidos.
---
Ernesto se levantó del asiento del conductor.
—Voy a abrir la puerta.
Varias personas gritaron al mismo tiempo.
—¡No!
Pero él parecía agotado.
—Si algo quiere entrar, ya entró.
Miró a Elena.
—Y si algo quiere salir...
Sus ojos se dirigieron hacia el bosque.
—Quizá nunca tuvimos oportunidad.
Héctor se interpuso.
—Nadie abre esa puerta.
Ernesto lo miró.
—¿Y cuánto tiempo vamos a esperar? ¿Hasta que esa cosa decida entrar por nosotros?
Nadie respondió.
Porque todos sabían que tenía razón.
---
De pronto, el teléfono de Daniel vibró.
La misma imagen apareció en la pantalla.
El autobús visto desde arriba.
Las figuras alrededor.
Pero esta vez había algo diferente.
Una de las figuras estaba dentro del vehículo.
Daniel levantó lentamente la mirada.
Contó a los pasajeros.
Uno.
Dos.
Tres.
No podía distinguir quién era.
La figura aparecía borrosa.
Como si la cámara no pudiera captarla.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
Daniel mostró la pantalla.
El miedo volvió a apoderarse del grupo.
—Hay alguien más aquí.
Iván negó con la cabeza.
—Eso es imposible.
—No.
Daniel miró a cada persona.
—Lo imposible ya pasó.
---
La pantalla del tablero volvió a encenderse.
Esta vez todos la vieron.
No apareció una regla.