El Umbral Del Olvido

Lo Que Daniel Olvido

La oscuridad duró exactamente treinta segundos.

Daniel lo supo porque contó cada uno.

No porque quisiera.

Porque necesitaba aferrarse a algo que todavía pudiera controlar.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuando llegó al número treinta, las luces regresaron.

Pero el autobús ya no era el mismo.

Todos seguían sentados.

Todos seguían vivos.

Sin embargo, algo había cambiado.

El miedo había dejado de ser una reacción.

Ahora era parte del lugar.

Como el aire.

Como el frío.

Como esa sensación de que algo invisible respiraba junto a ellos.

---

—¿Qué significa que uno de nosotros ya está muerto? —preguntó Marta.

Nadie respondió.

La frase seguía flotando en la mente de todos.

Once deben sobrevivir.

No había sido una amenaza.

Había sido una regla.

Y las reglas siempre implicaban que alguien estaba jugando.

Héctor miró a cada pasajero.

—Nadie se separa.

Iván soltó una risa amarga.

—¿Ahora eres nuestro líder?

—Ahora intento mantenernos vivos.

—¿Y si el muerto ya está aquí?

El silencio que siguió fue inmediato.

Porque todos pensaron lo mismo.

Elena.

El hombre sin nombre.

La figura del teléfono.

Cualquiera podía ser.

---

Daniel seguía mirando la pantalla del tablero.

Su nombre ya había desaparecido.

Pero la frase seguía clavada en su cabeza.

**RECUERDA LO QUE HICISTE.**

Intentó convencerse de que era una manipulación.

Un truco.

Una ilusión.

Pero entonces escuchó una voz.

Una voz que no pertenecía al autobús.

Una voz que venía de su memoria.

—No puedes salvarlos a todos, Daniel.

Cerró los ojos.

La imagen apareció de golpe.

Un edificio.

Humo.

Gritos.

Una puerta de metal.

Y una mano golpeando desde el otro lado.

Abrió los ojos rápidamente.

Respiraba con dificultad.

Lucía se acercó.

—¿Estás bien?

Daniel tardó en responder.

—No lo sé.

Ella lo observó.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

---

Ernesto salió del asiento del conductor.

Se acercó a la puerta.

Esta vez no intentó abrirla.

Solo colocó la mano sobre el metal.

—Está caliente.

Héctor frunció el ceño.

—¿Caliente?

El conductor asintió.

—Como si hubiera algo del otro lado.

Entonces todos escucharon un sonido.

Un golpe.

Pero no venía del exterior.

Venía del compartimento de equipaje.

Todos se giraron.

La puerta pequeña ubicada sobre los asientos traseros comenzó a moverse.

Una vez.

Dos veces.

Como si alguien estuviera encerrado dentro.

Marta abrazó a Samuel.

—No puede haber nadie ahí.

Ernesto tragó saliva.

—Yo revisé el autobús antes de salir.

El golpe volvió a sonar.

Más fuerte.

**¡BAM!**

---

Héctor tomó una herramienta metálica del suelo.

—Aléjense.

Abrió lentamente la compuerta.

Nada.

Solo oscuridad.

—¿Ves algo? —preguntó Lucía.

Héctor levantó la linterna.

Dentro había una mochila.

Vieja.

Cubierta de barro.

Daniel sintió un escalofrío.

Conocía esa mochila.

No sabía cómo.

Pero la conocía.

—No la abras —dijo Elena.

Todos la miraron.

—¿Por qué?

La mujer no apartó los ojos de la mochila.

—Porque no pertenece a este momento.

---

Héctor ignoró la advertencia.

Sacó la mochila.

La abrió.

Dentro había fotografías.

Papeles.

Y un reloj roto.

Daniel se acercó lentamente.

Hasta que vio la primera fotografía.

Era él.

Más joven.

Mucho más joven.

Estaba frente a un edificio destruido.



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En el texto hay: misterio, suspense, ciencia-ficción

Editado: 28.07.2026

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