El grito terminó.
Pero nadie se movió.
No porque estuvieran tranquilos.
Porque todos tenían miedo de descubrir quién había gritado.
El silencio después de aquel sonido era peor que el propio grito.
Daniel miró a su alrededor.
Todos seguían ahí.
O eso parecía.
Doce rostros.
Doce personas.
Pero una de ellas podía no ser real.
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—¿Quién fue? —preguntó Héctor.
Nadie respondió.
—¡Pregunté quién gritó!
La desesperación en su voz hizo que varios retrocedieran.
Elena observaba al grupo con atención.
No buscaba heridas.
No buscaba sangre.
Buscaba algo más.
Una reacción.
—No vamos a encontrar la respuesta mirando quién tiene miedo —dijo.
Iván la miró con desconfianza.
—¿Entonces qué hacemos?
Elena señaló la pared.
La frase seguía allí.
**DESCUBRAN QUIÉN ES REAL.**
—La prueba no es encontrar al monstruo.
Miró a Daniel.
—Es demostrar que nosotros no somos parte de él.
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Una puerta apareció al final del pasillo.
Nadie la había visto antes.
Era de metal oscuro.
En el centro tenía doce marcas.
Una por cada pasajero.
Héctor se acercó.
—Esto es una locura.
Intentó abrirla.
No se movió.
Entonces una voz salió de los altavoces del techo.
La misma voz que había hablado desde el autobús.
Fría.
Sin emoción.
—La memoria puede ser falsa.
Pausa.
—El cuerpo puede ser imitado.
Otra pausa.
—Pero el dolor siempre revela la verdad.
Todos quedaron inmóviles.
Daniel sintió un vacío en el estómago.
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Las doce marcas de la puerta comenzaron a iluminarse.
Una por una.
Hasta que apareció una palabra:
**RECUERDEN.**
La pared frente a ellos cambió.
Como una pantalla.
Y comenzaron a aparecer imágenes.
Recuerdos.
Pero no eran recuerdos de Daniel.
Eran de todos.
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La primera imagen mostró a Héctor.
Estaba en una calle oscura.
Tenía un uniforme de policía.
Frente a él había una persona herida.
—No...
Héctor retrocedió.
La imagen continuó.
Se veía a sí mismo tomando una decisión.
Una decisión que alguien había pagado con su vida.
—Apáguenlo —dijo.
Pero nadie podía detenerlo.
La pared mostró otro recuerdo.
Después otro.
Cada pasajero comenzó a ver su propio pasado.
Secretos.
Errores.
Culpas.
Cosas que nunca habían contado.
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Marta cayó de rodillas.
La pantalla mostraba un accidente.
Un automóvil.
Una noche lluviosa.
Su hijo Samuel aparecía llorando.
—No fue mi culpa...
repitió.
Pero su voz no sonaba segura.
Samuel la abrazó.
—Mamá.
Ella lo apartó lentamente.
No por miedo.
Por tristeza.
—¿Desde cuándo recuerdas eso?
El niño no respondió.
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Todos quedaron mirando a Samuel.
El niño bajó la cabeza.
—Yo siempre lo recordé.
Marta se quedó congelada.
—¿Qué?
Samuel levantó la mirada.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—El accidente.
Pausa.
—El día que morí.
El aire desapareció del pasillo.
Marta dejó escapar un sollozo.
—No.
Samuel sonrió con tristeza.
—Tú tampoco lo recordabas.
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Daniel sintió que todo comenzaba a encajar.
No era solo él.
No era solo Elena.
Todos ellos tenían algo oculto.
Todos cargaban con una historia incompleta.
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La copia de Daniel apareció al otro lado del cristal.
Observándolos.
—Ahora entienden.
Golpeó suavemente la pared.
—No los elegimos por lo que hicieron.