La puerta de acero se abrió lentamente.
Daniel no podía moverse.
No porque estuviera paralizado por el miedo.
Sino porque una parte de él sabía que había esperado siete años para volver a estar frente a ella.
El laboratorio estaba igual.
Las luces rojas.
El olor a metal quemado.
El sonido de las alarmas.
Todo permanecía congelado en el momento exacto en que su vida terminó.
O en el momento en que comenzó algo peor.
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—Daniel...
La voz detrás de la puerta volvió a llamarlo.
Era la voz de Elena.
La misma voz.
El mismo tono.
La misma tristeza.
Él dio un paso adelante.
—No eres ella.
Silencio.
Después una respuesta.
—Eso fue lo primero que dijiste cuando me viste morir.
Daniel cerró los ojos.
Un recuerdo apareció.
No una imagen.
Un sentimiento.
Culpa.
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Siete años atrás.
El laboratorio estaba en caos.
Los científicos corrían por los pasillos.
Las alarmas gritaban.
Daniel estaba frente a la puerta de contención.
Elena estaba herida.
Una parte del techo había caído sobre ella.
—Déjame aquí —le dijo.
Pero Daniel se negó.
—No.
Intentaba levantar los escombros.
Sus manos estaban llenas de sangre.
—Voy a sacarte.
Elena sonrió débilmente.
—No hay tiempo.
Detrás de ellos, algo golpeó la puerta de acero.
Una vez.
Luego otra.
El sonido hizo temblar todo el edificio.
—Daniel...
Ella lo miró.
—Prométeme que no dejarás que muera.
Él tomó su mano.
—Te lo prometo.
Y esa promesa fue lo que destruyó todo.
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El recuerdo desapareció.
Daniel volvió al laboratorio.
Frente a él, la puerta estaba completamente abierta.
No había nada al otro lado.
Nada visible.
Solo oscuridad.
—¿Dónde estás? —preguntó.
La voz respondió:
—Aquí.
Daniel miró hacia el suelo.
Una sombra se movió.
Después otra.
Y finalmente apareció una figura.
No era Elena.
No era una criatura.
Era algo intermedio.
Una forma que intentaba parecer humana.
Como si hubiera aprendido a copiarla observando sus recuerdos.
—Yo cumplí tu deseo.
Daniel sintió repulsión.
—Tú no la trajiste de vuelta.
La figura inclinó la cabeza.
—No.
Pausa.
—La reconstruí.
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Daniel retrocedió.
Ahora entendía.
La amenaza no creaba vida.
Creaba versiones.
Copias hechas con recuerdos.
Personas hechas con culpa.
—¿Cuántas veces lo has hecho? —preguntó.
La figura no respondió.
No hacía falta.
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La puerta del laboratorio volvió a cerrarse detrás de Daniel.
La figura desapareció.
Y una pantalla se encendió frente a él.
Mostraba imágenes del autobús.
Los demás seguían en la sala.
Pero algo estaba ocurriendo.
Uno por uno, los pasajeros comenzaban a olvidar cosas.
Lucía miraba sus manos sin reconocerlas.
Héctor no recordaba su propio nombre.
Iván repetía una frase:
"Yo no morí."
La amenaza no los estaba atacando.
Los estaba borrando.
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—¿Qué quieres de ellos? —gritó Daniel.
La pantalla cambió.
Apareció una frase:
**UN RECUERDO POR UNA VIDA.**
Daniel sintió un escalofrío.
La regla era clara.
Para que alguien sobreviviera, alguien tendría que perder algo.
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La puerta volvió a abrirse.
Esta vez Elena estaba del otro lado.
La verdadera o una copia.
Daniel ya no sabía.
Ella tenía lágrimas en los ojos.
—No puedes seguir luchando contra esto.
—¿Quién eres?
Ella bajó la mirada.
—La razón por la que empezó todo.
Daniel apretó los puños.