La lluvia golpeaba los cristales del autobús.
El mismo sonido.
La misma oscuridad.
La misma carretera imposible.
Pero esta vez Daniel no sentía confusión.
Sentía reconocimiento.
Porque recordaba.
Había estado allí antes.
No como pasajero.
No como una víctima.
Sino como quien había llevado a todos hasta ese lugar.
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Sus manos estaban sobre el volante.
El cuerpo de Ernesto estaba sentado a su lado, inmóvil, con la mirada perdida.
No parecía muerto.
Parecía vacío.
Como si alguien hubiera apagado una parte de él.
Daniel apartó las manos del volante.
—No...
Miró el espejo retrovisor.
Ahí estaban todos.
Lucía.
Héctor.
Iván.
Marta.
Los demás pasajeros.
Todos dormidos.
Todos esperando.
Como si la noche todavía no hubiera comenzado.
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Una voz salió del altavoz del autobús.
No era la voz de la criatura.
No era la sombra.
Era la suya.
—Ahora recuerdas tu verdadero papel.
Daniel se levantó del asiento del conductor.
—Yo no hice esto.
La voz respondió:
—No conscientemente.
Las luces del autobús parpadearon.
—Pero fuiste tú quien eligió la ruta.
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Daniel miró por la ventana.
La carretera estaba vacía.
No había bosque.
No había letrero.
Solo una línea interminable de asfalto bajo la lluvia.
—¿Dónde estamos?
La respuesta llegó:
—Antes.
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El autobús comenzó a moverse.
Solo.
Daniel intentó detenerlo.
El volante no respondía.
El freno tampoco.
Entonces apareció algo en el tablero.
Una fecha.
La fecha del accidente de Elena.
Daniel sintió un golpe en el pecho.
—No.
La voz continuó:
—Después de cerrar la puerta, creíste que habías aceptado la pérdida.
Pausa.
—Pero una parte de ti siguió buscando una salida.
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Las ventanas cambiaron.
Ya no mostraban la carretera.
Mostraban recuerdos.
El laboratorio.
Las versiones de Daniel.
Elena desapareciendo.
La puerta cerrándose.
Pero había una escena nueva.
Una que Daniel jamás había visto.
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Después del cierre de la puerta, Daniel no salió del laboratorio.
Se quedó allí.
Solo.
Durante días.
Semanas.
Meses.
Intentando encontrar una forma de regresar.
Hasta que encontró algo.
Un último experimento.
Un autobús.
Una ruta.
Un grupo de personas.
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Daniel retrocedió.
—Yo los elegí.
La voz guardó silencio.
Luego respondió:
—Sí.
Por primera vez no hubo misterio.
Solo verdad.
—Los elegiste porque todos compartían algo contigo.
Daniel miró a los pasajeros.
—La pérdida.
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El autobús avanzó hacia la oscuridad.
Cada pasajero comenzó a despertar.
Primero Lucía.
Luego Héctor.
Después Iván.
Todos miraban alrededor confundidos.
—¿Dónde estamos? —preguntó Lucía.
Daniel no respondió.
Porque no sabía cómo explicarles que todo aquello había sido creado por él.
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Héctor se levantó.
—¿Ernesto?
Miró el asiento del conductor.
—¿Dónde está?
Daniel bajó la mirada.
—Nunca estuvo conduciendo.
Todos lo miraron.
—¿Qué significa eso?
Daniel respiró profundamente.
Sabía que ya no podía seguir ocultándolo.
—Que este autobús nunca nos llevó a un lugar.
Pausa.
—Nos llevó a un recuerdo.
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El miedo apareció de nuevo.
Pero esta vez era diferente.
Ya no tenían miedo de una amenaza desconocida.
Tenían miedo de la persona que tenían delante.