Daniel se quedó inmóvil frente al edificio.
El nombre de Adrián Vega seguía resonando en su cabeza.
El doctor había muerto.
Lo había visto.
Había visto el informe.
Había visto el cuerpo.
Había visto cómo el laboratorio se quedaba sin él.
Y aun así...
Estaba ahí.
Esperándolo.
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Los pasajeros permanecían detrás de Daniel.
Nadie se atrevía a acercarse.
Porque todos habían aprendido la misma lección:
En aquel lugar, lo imposible era lo más probable.
El doctor Vega sonrió.
—Sigues mirándome como si fuera un fantasma.
Daniel dio un paso adelante.
—Porque lo eres.
Vega inclinó la cabeza.
—¿Estás seguro?
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Las puertas del edificio se abrieron.
El interior era una copia exacta del antiguo laboratorio.
Las mismas paredes.
Las mismas luces.
La misma puerta de acero al fondo.
Pero algo era diferente.
En las paredes había nombres.
Miles de nombres.
Personas que habían existido.
Personas que habían sido creadas.
Personas que habían desaparecido.
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—¿Qué es este lugar? —preguntó Elena.
Todos se quedaron en silencio.
Daniel giró.
Elena estaba ahí.
No la primera.
No la reconstrucción.
La versión que había elegido dejar ir.
O eso creía.
Su presencia no tenía sentido.
—Tú...
Ella lo miró con tristeza.
—No soy real.
Daniel sintió un golpe.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Elena miró al doctor Vega.
—Porque él nunca terminó el experimento.
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Vega caminó hasta una mesa llena de documentos.
—Durante años creímos que la puerta era una herramienta.
Tomó un archivo.
—Una forma de recuperar lo perdido.
Lo dejó sobre la mesa.
—Nos equivocamos.
Daniel miró el documento.
En la portada decía:
**PROYECTO UMBRAL.**
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—La puerta no devuelve personas —continuó Vega.
—Entonces ¿qué hace?
El doctor lo miró.
—Divide decisiones.
Silencio.
—Cada vez que alguien toma una decisión imposible, crea un camino diferente.
Daniel recordó todas sus versiones.
Todas sus vidas.
Todos sus errores.
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—La ciudad...
dijo Daniel.
Vega asintió.
—Es el lugar donde terminan los caminos que nadie acepta abandonar.
Miró las calles llenas de Daniels.
—Un cementerio de posibilidades.
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Héctor apretó los dientes.
—Entonces nosotros somos otra posibilidad.
Vega lo observó.
—No.
Todos quedaron atentos.
—Ustedes son algo más peligroso.
—¿Qué?
El doctor señaló a Daniel.
—Una elección.
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Daniel sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Vega respondió:
—Tú no fuiste creado por la puerta.
Pausa.
—Tú fuiste creado por una decisión.
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Las luces del edificio comenzaron a apagarse.
Una alarma empezó a sonar.
La ciudad entera tembló.
Las figuras con el rostro de Daniel comenzaron a mirar hacia el edificio.
Todas al mismo tiempo.
Como si hubieran recibido una orden.
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La niña que había tomado la mano de Daniel apareció en la entrada.
Ahora parecía asustada.
—Ya viene.
Daniel se agachó.
—¿Quién?
La niña miró detrás de él.
—El Daniel que no quería perder.
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El suelo comenzó a romperse.
De las grietas salió una oscuridad espesa.
No era una sombra.
Era un vacío.
Algo que no pertenecía a ninguna realidad.
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El doctor Vega retrocedió.
Por primera vez parecía tener miedo.
—No pensé que llegaría tan lejos.
Daniel lo miró.
—¿Qué hiciste?
Vega tardó en responder.
—Intenté detenerte.