Daniel cruzó la puerta.
Y el mundo desapareció.
No hubo caída.
No hubo oscuridad.
No hubo dolor.
Solo una sensación extraña.
Como despertar dentro de un recuerdo que siempre había estado esperando.
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Abrió los ojos.
Estaba en una casa.
Una casa que conocía.
Pero que al mismo tiempo sentía completamente ajena.
Había juguetes en el suelo.
Dibujos pegados en las paredes.
Fotografías familiares.
Una vida que había olvidado.
Una vida que había entregado.
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—Papá.
Daniel se quedó inmóvil.
La voz venía detrás de él.
Se giró lentamente.
El niño estaba ahí.
Samuel.
No el recuerdo del autobús.
No una ilusión.
Una versión completa del niño que había perdido.
Daniel sintió que el aire desaparecía.
—Samuel...
El niño sonrió.
—Pensé que nunca volverías.
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Daniel quiso abrazarlo.
Pero se detuvo.
Porque algo no estaba bien.
El niño no parecía feliz de verlo.
Parecía triste.
Como alguien que había esperado demasiado tiempo.
—¿Por qué me olvidaste?
La pregunta dolió más que cualquier golpe.
Daniel bajó la mirada.
—No quería hacerlo.
Samuel negó.
—Pero lo hiciste.
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La casa comenzó a cambiar.
Las paredes desaparecieron.
La sala se convirtió en un hospital.
Daniel recordó.
La noche.
La última noche de Samuel.
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El niño estaba en una cama.
Los médicos hablaban en voz baja.
Daniel estaba desesperado.
Pero no por la enfermedad.
Por una decisión.
Sobre la mesa había un documento.
Un consentimiento.
Un experimento.
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El doctor Vega apareció.
Más joven.
Más humano.
—Daniel, todavía puedes decir que no.
Daniel miraba a su hijo.
—¿Y si funciona?
Vega guardó silencio.
—No sabemos qué puede pasar.
—Pero puede salvarlo.
El doctor negó.
—Puede crear algo que se parezca a él.
Pausa.
—No sabemos si seguirá siendo él.
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Daniel del presente observaba la escena.
Ahora entendía.
El laboratorio no había empezado con Elena.
Había empezado con Samuel.
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El Daniel del pasado firmó.