La puerta no tenía nombre.
No tenía fecha.
No tenía ninguna señal que indicara qué había detrás.
Solo una frase grabada en el metal:
**LA ÚLTIMA PUERTA NO GUARDA LO QUE PERDISTE. GUARDA LO QUE ERES.**
Daniel la observó durante varios segundos.
Después de enfrentar sus recuerdos más dolorosos, pensó que ya no quedaba nada que pudiera sorprenderlo.
Pero esa puerta era diferente.
Las anteriores le habían mostrado su pasado.
Esta parecía esperar su futuro.
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—¿Qué hay detrás? —preguntó Lucía.
La sombra permaneció en silencio.
Por primera vez, parecía no tener una respuesta preparada.
—No lo sé.
Todos se quedaron sorprendidos.
Héctor frunció el ceño.
—¿No lo sabes?
La sombra negó.
—Porque esta puerta no fue creada por mí.
Miró a Daniel.
—Fue creada por él.
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Daniel sintió un escalofrío.
—¿Yo?
—Sí.
La sombra se acercó lentamente.
—Cada puerta anterior fue una parte de tu historia.
Señaló la puerta.
—Esta es una elección.
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Daniel puso la mano sobre el metal.
No se abrió.
Nada ocurrió.
La puerta simplemente esperaba.
Entonces comprendió.
No estaba bloqueada.
No necesitaba una llave.
Necesitaba una respuesta.
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—¿Qué tengo que hacer?
La sombra respondió:
—Decir la verdad.
Daniel miró la puerta.
—¿Sobre qué?
La respuesta fue inmediata.
—Sobre ti.
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Durante años Daniel había buscado culpables.
La puerta.
El experimento.
La entidad.
Sus versiones.
Incluso el destino.
Pero la última puerta no le preguntaba quién había provocado todo.
Le preguntaba quién era él después de todo.
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Daniel cerró los ojos.
Y habló.
—Soy alguien que tuvo miedo.
El metal vibró.
Una pequeña grieta apareció.
—Alguien que perdió personas que amaba.
Otra grieta.
—Alguien que intentó arreglar lo imposible porque no soportaba aceptar la realidad.
La puerta comenzó a abrirse.
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Del otro lado no había un recuerdo.
Había un espejo.
Un espejo enorme.
Daniel se acercó.
Su reflejo estaba ahí.
Pero no era exactamente él.
No tenía cicatrices.
No parecía cansado.
Parecía una versión de Daniel que nunca había sufrido.
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—¿Quién eres?
El reflejo respondió:
—La persona que habrías sido si nunca hubieras perdido nada.
Daniel lo miró.
—Entonces eres una mentira.
El reflejo sonrió.
—No.
Pausa.
—Soy una posibilidad.
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El espejo mostró una vida diferente.
Samuel estaba vivo.
Elena estaba viva.
El laboratorio nunca existió.
No hubo autobús.
No hubo puertas.
No hubo dolor.
Era perfecta.
Demasiado perfecta.
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—Puedes quedarte —dijo el reflejo.
Daniel lo observó.
—¿A cambio de qué?
El reflejo respondió:
—Nada.
Daniel recordó la primera puerta.
Recordó la ciudad.
Recordó todas las promesas.
—Siempre hay un precio.
El reflejo sonrió.
—El precio es pequeño.
Pausa.
—Solo tienes que olvidar quién eres ahora.
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Daniel miró la vida perfecta.
Vio a Samuel corriendo.
Vio a Elena sonriendo.
Sintió la tentación.
La misma que lo había perseguido durante años.
Pero esta vez era diferente.
Porque ahora sabía algo.
Una vida sin dolor no era necesariamente una vida real.
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—No.
El reflejo dejó de sonreír.
—¿Estás seguro?
Daniel asintió.
—Sí.
—¿Aunque puedas tenerlos otra vez?