El sonido llegó desde debajo del observatorio.
No era un golpe.
No era una alarma.
Era algo más antiguo.
Como si una parte de la tierra hubiera despertado después de décadas de silencio.
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Daniel sostuvo la fotografía con manos temblorosas.
La imagen seguía frente a él.
Elena.
Un laboratorio.
Una puerta.
Y una fecha que no debía existir.
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—Explícame esto.
La persona frente a él no respondió inmediatamente.
Caminó hasta la mesa y observó la fotografía.
—Elena no fue una consecuencia del proyecto.
Daniel levantó la mirada.
—¿Qué significa eso?
La figura respondió:
—Ella fue una de las primeras personas que intentó detenerlo.
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El mundo de Daniel volvió a moverse lentamente.
Toda su historia había girado alrededor de una idea.
Que Elena había entrado en la puerta por su culpa.
Que él había provocado su pérdida.
Pero ahora aparecía una posibilidad diferente.
Una que dolía de otra forma.
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—¿Ella sabía?
La figura asintió.
—Sabía más que todos ustedes.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
Silencio.
—Porque sabía que intentarías seguirla.
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Daniel cerró los ojos.
Otra vez.
Otra vez alguien había tomado una decisión por él para protegerlo.
Samuel.
Elena.
Vega.
Todos habían intentado salvarlo.
Y él había pasado años intentando salvarlos a ellos.
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El suelo volvió a temblar.
Una grieta apareció en el centro de la sala.
Debajo había una escalera.
Una escalera que descendía hacia la oscuridad.
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La figura tomó el cuaderno.
—Vega dejó esto para ti.
Daniel no lo tomó.
—¿Por qué para mí?
La respuesta fue sencilla.
—Porque él sabía que algún día volverías.
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Bajaron.
La escalera parecía no terminar.
Cada paso alejaba más al mundo real.
Hasta que llegaron a una cámara subterránea.
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Daniel se quedó inmóvil.
En el centro había una puerta.
Pero no era como las anteriores.
No tenía metal.
No tenía tecnología.
Era de madera.
Como una puerta de una casa.
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Encima había una frase escrita:
**LA PRIMERA PUERTA NUNCA FUE ABIERTA.**
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Daniel sintió un escalofrío.
—Entonces ¿qué eran todas las demás?
La figura respondió:
—Intentos.
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La puerta comenzó a emitir una luz tenue.
Y una voz salió del otro lado.
Una voz que Daniel reconoció inmediatamente.
—Daniel.
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Su respiración se detuvo.
No era un recuerdo.
No era una grabación.
Era Elena.
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—No abras.
La voz continuó.
Daniel se acercó.
—¿Elena?
Silencio.
Después:
—Por favor.
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La figura observó a Daniel.
—Esa es la prueba final.
Daniel miró la puerta.
—¿Qué prueba?
—Que aprendiste a escuchar.
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Durante toda su vida, Daniel había abierto puertas porque alguien le decía que detrás había una respuesta.
Ahora alguien que amaba le pedía exactamente lo contrario.
No abrir.
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La voz de Elena volvió.
—Si cruzas, podrás verme.
Pausa.
—Podrás tener todas las respuestas.
Daniel cerró los ojos.
La oferta era perfecta.
Demasiado perfecta.
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—¿Y cuál es el precio?
Silencio.
Un silencio largo.
Después Elena respondió:
—Que tendrás que quedarte conmigo.
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Daniel sintió lágrimas en los ojos.
Porque entendió.
La puerta no ofrecía una mentira.
Ofrecía algo peor.
Una verdad tan hermosa que nunca querría abandonarla.