El vacío

El principio

​Hay momentos en los que uno deja de reconocerse frente al espejo. Momentos en los que te conviertes en un extraño que habita tu propio cuerpo. ¿El mío? Sucedió un sábado por la noche, bajo la neblina del alcohol y el peso de una lluvia que no lograba lavarme nada.

​Todo estaba empapado. El cielo se deshacía sobre la ciudad, pero yo solo podía mirar el fondo de mi vaso de vino. Fue entonces cuando me golpeó una verdad que nadie más en ese lugar parecía notar: estaba muriendo por dentro con un entusiasmo aterrador. ¿Cuál era la razón para buscar este estado cada vez que tenía oportunidad? ¿Por qué me esforzaba tanto en desaparecer?

​Sentí un dolor en el pecho que no era físico; era el peso de los años acumulados sin un solo logro que defender. Relaciones que solo me dejaron huecos, amistades que yo mismo me encargué de incendiar, peleas por orgullo y adicciones absurdas que me devoraban un poco más cada día. Salí del lugar buscando aire, o quizás buscando escapar de mí mismo.

​Hundido en ese lodo mental, sentí que alguien se acercaba. Era una mujer pequeña, de lentes, que empezó a decir cosas que para mí no tenían pies ni cabeza. Yo no la escuchaba; solo buscaba un cigarro con los dedos torpes, tratando de calmar el sinsentido de la noche. No tenía idea de que esa interrupción, esa mujer hablando incoherencias bajo la lluvia, se convertiría en la marca más profunda de mi historia.




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