El primer rayo de sol iluminó mi rostro con una ironía casi cruel. Se sentía como aquella fogata solitaria que te protege del frío nocturno cuando no tienes nada más con qué calentarte, pero que al mismo tiempo te recuerda lo oscuro que está todo a tu alrededor. Al abrir los ojos, el mundo me recibió con un dolor agonizante; una pulsación rítmica detrás de las sienes que parecía castigarme por cada trago de la noche anterior. Esperé, inmóvil, a que la agonía cediera. Tarde o temprano el dolor físico se fue, pero dejó un espacio vacío que dolió mucho más.
A medida que la mañana avanzaba, una idea empezó a dar vueltas en mi cabeza como un animal enjaulado. Una pregunta simple, pero devastadora: ¿Y ahora qué voy a hacer? No sabía cómo auto-responderme, a pesar de ser yo el único arquitecto de mi desastre, el organizador meticuloso de mi propia destrucción nocturna.
Me obligué a ponerme de pie y lo que vi me devolvió el golpe. Mi habitación estaba hecha un desastre, una réplica exacta de lo que ocurría dentro de mi cabeza. Ropa amontonada en las esquinas como sombras y ese olor a encierro que se pega a las paredes cuando dejas de cuidar el lugar donde vives. Era un museo de mi propia desidia. Me quedé allí, de pie, hundido en la incertidumbre de no saber por dónde empezar a limpiar, si por el suelo o por mis pensamientos.
De pronto, una vibración rompió el trance. El teléfono sobre la mesa de luz parecía querer saltar al vacío. Era mi madre. Había estado llamando durante días bajo el pretexto de "saber cómo estaba", pero yo sentía que su único interés real era recuperar el control que había perdido el día que me fui de casa. Ver su llamada era como ver un espejo que me preguntaba qué había hecho con mi libertad: ¿me fui para ser libre o solo para poder destruirme sin que nadie me viera?
El silencio tras la llamada perdida duró poco. Un golpe seco en la puerta principal me hizo saltar el pulso. No era el toque suave de un vecino, era esa insistencia rítmica que yo conocía desde la infancia. Caminé hacia la entrada y miré por la mirilla. No había nadie, solo el pasillo vacío y mal iluminado. Pero al bajar la vista, noté que alguien había deslizado un sobre blanco por debajo de la puerta.
Lo abrí con los dedos temblorosos. No había carta, solo una fotografía vieja de cuando yo era niño, antes de que el vacío empezara a devorarlo todo. Al dorso, la letra firme y elegante de mi madre decía solo una frase:
"Sé que te estás quedando sin tiempo, Mañana iré a buscarte."