📖 CAPÍTULO 1: Dos mundos que nunca debían tocarse
Isabella tenía veinte años y era la única heredera del marquesado de Montebello. Su padre, el marqués, era un hombre poderoso, rico y terriblemente rígido. Para él, todo tenía un precio: las tierras, las alianzas, las personas… incluso su propia hija. Isabella vivía en un palacio de mármol blanco, con jardines que parecían paraisos, salones con techos altísimos pintados de escenas celestiales, y vestidos de seda que costaban más que el sueldo de una familia entera en un año. Pero ella… ella se sentía prisionera. Cada ventana tenía rejas de oro, cada puerta tenía guardias, cada paso suyo era vigilado. No podía salir sin permiso, no podía hablar con quien quisiera, no podía elegir su destino. —Tu matrimonio será una alianza —le decía su padre con voz fría—. Te casarás con el duque de Torres, y uniremos nuestras tierras y riquezas. Eso es lo que te toca. Eso es tu deber. 🏰💎💔
Isabella miraba por la ventana cada tarde, viendo a la gente pasar: niños corriendo, parejas caminando de la mano, vendedores gritando sus ofertas. Todos parecían tener algo que ella no tenía: libertad. Y se preguntaba si algún día alguien la miraría no como una marquesa, sino como una mujer. Como Isabella. 💭🥀
Mateo no tenía nada. Ni casa, ni familia, ni tierras. Desde que era niño, el mundo había sido su hogar y el cielo su techo. Dormía en establos, bajo puentes, a la sombra de árboles antiguos. Comía lo que la bondad de la gente le daba: un trozo de pan, una sopa caliente, una manzana. La gente del pueblo lo llamaba "el vagabundo", y muchos lo miraban con desprecio, con lástima, con miedo. Pero Mateo no se sentía triste ni perdido. Él sentía algo que pocos ricos conocían: paz. Caminaba despacio, observaba todo, hablaba con los animales, escuchaba el viento. Y tallaba flautas de madera. Con un cuchillo viejo y paciencia infinita, hacía instrumentos que no eran perfectos, pero que cantaban con el alma. 🌿🚶🎶
Una tarde de primavera, cuando el sol caía dorado sobre los jardines del palacio, Isabella logró escapar. Se puso un vestido sencillo, se cubrió la cabeza con un pañuelo, y salió por la puerta trasera que siempre dejaban entreabierta. Corrió hasta que sus pulmones ardieron, hasta llegar a un árbol enorme y antiguo que crecía justo en la frontera entre los jardines del palacio y el camino real. Y ahí, sentado con las piernas cruzadas, estaba él. Mateo. Tocaba una flauta de madera, y la música era tan suave, tan triste y tan hermosa, que Isabella se quedó sin aliento. Se acercó despacio, como si temiera asustarlo, y se sentó a unos pasos de él. Cuando terminó de tocar, él la miró a los ojos, y no se inclinó, ni bajó la mirada, ni pidió limosna. Solo sonrió. Una sonrisa limpia, sincera, que iluminó todo a su alrededor. 🌳🎶👀
— Tocas con el corazón —dijo ella con voz suave—. ¿Quién te enseñó?
— Nadie —respondió él con calma—. La música ya está en la madera, señorita. Yo solo la libero. Igual que la belleza ya está en todo lo que nos rodea… solo hay que saber mirar. Y tú… tú tienes una música dentro de ti que nadie ha escuchado todavía. No dejes que nadie la apague. 🎶❤️✨
Isabella sintió que esas palabras le atravesaban el pecho como una flecha de luz. Nadie le hablaba así. Nadie le decía que ella tenía algo valioso por dentro. En ese instante, supo que su vida ya no sería la misma. 💛💫
📖 CAPÍTULO 2: Los encuentros bajo el árbol
Desde ese día, Isabella escapaba cada tarde. Se inventaba excusas, sobornaba a los sirvientes, esperaba a que su padre se encerrara en sus documentos. Y cada tarde, bajo el mismo árbol, Mateo la esperaba. A veces llegaba antes, a veces después, pero siempre estaba ahí. Y hablaban. Hablaban de todo lo que a ella le estaba prohibido: de la vida en las calles, de las familias que apenas tenían para comer pero que se reían juntas, de los atardeceres que se veían desde la colina más alta, del sabor del agua fría del río, de la gente que ayudaba a otros sin pedir nada a cambio. Él le contaba historias de viajes, de pueblos lejanos, de animales que hablaban en sueños. Ella le contaba de su soledad, de su jaula de oro, de cómo todo lo que tenía le parecía polvo comparado con lo que sentía cuando estaba con él. 🌅🏰❤️
— ¿Por qué vienes, Isabella? —le preguntó él una tarde, mientras tallaba una flauta nueva—. Yo no tengo nada que ofrecerte. Ni un techo donde refugiarte, ni un plato de comida digno, ni un futuro seguro. Tú eres de ese mundo… y yo soy de este. No deberíamos estar aquí. No deberíamos ser posibles. 😔💔
— Tú no entiendes —respondió ella, tomándole la mano entre las suyas—. En mi mundo todos tienen mucho, pero nadie tiene corazón. Tú no tienes nada… pero tienes todo lo que a mí me falta. Tienes bondad. Tienes paz. Tienes luz. Y eso… eso es más valioso que todas las riquezas del mundo. Yo no quiero tu dinero, Mateo. Quiero tu tiempo. Quiero tus palabras. Quiero que me enseñes a ver el mundo con tus ojos. ¿Es eso demasiado pedir? 🥺❤️🙏
Él la miró, y en sus ojos claros se reflejó todo el cielo. Apretó su mano con delicadeza, como si ella fuera algo frágil pero infinitamente precioso.
— Nunca será demasiado pedir, mi Isabella. Si necesitas mis ojos, son tuyos. Si necesitas mi tiempo, es tuyo. Si necesitas mi corazón… ya es tuyo, desde la primera vez que te vi sonreír. Solo te pido una cosa: no te enamores de mí, porque no tengo nada que darte. Y eso me duele más que a mí mismo. 💛❤️🥹
Ella se acercó más, hasta que sus frentes casi se tocaban.
— Ya es demasiado tarde para eso, Mateo. Ya me enamoré. De ti. De tu alma. De tu forma de ver la vida. Y no me arrepiento. Aunque tengamos que esperar toda la vida… yo te espero. 🤞❤️⏳
Ese día, él le regaló la flauta que estaba tallando. Era sencilla, de madera de roble, con marcas de sus manos, imperfecta pero perfecta.
— Para que cuando no estés conmigo, toques y recuerdes que la belleza no cuesta nada, y que alguien en el mundo te ama más que a su propia vida. 🎁🎶❤️
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Editado: 22.08.2026