En la forma más simple de una ecuación, la incógnita es solo una variable a la que asignamos un símbolo, casi siempre la X, y luego buscamos el valor que hace que ambos lados de la ecuación sean iguales. El problema parece sencillo cuando se escribe sobre el papel: datos, una incógnita y una relación que los une; basta con reordenar los elementos hasta llegar, al final, a ese valor. Pero las matemáticas no siempre te dicen de dónde salió la incógnita, ni por qué apareció en la ecuación, ni qué era antes de convertirse en un número que buscamos. Solo les importa su valor, el lugar que ocupa y el resultado que cambia con su presencia; su historia no entra en el cálculo. Y quizá por eso me gustaban las matemáticas: me daban respuestas precisas sobre muchas cosas, incluso sobre aquellas que al principio parecían complejas. Todo en ellas podía descomponerse, ordenarse y devolverse a su lugar. Cada incógnita tenía un valor al que se podía llegar si se contaba con los datos suficientes. Sin embargo, hay cosas para las que las ecuaciones no bastan.
Pensaba en eso mientras conducía hacia el aeropuerto a primera hora de la mañana. La ciudad despertaba despacio al otro lado del parabrisas y las farolas se apagaban una a una. Las calles que solían estar colapsadas se veían despejadas, casi irreales; apenas había coches y el camino por delante estaba claro, pero aun así sentía que no avanzaba a la velocidad adecuada. Mantenía las manos en el volante y la vista en el asfalto mientras mi mente estaba en otra parte: en mi habitación, en la maleta que había cerrado hacía un par de horas y en mi madre, de pie junto a la puerta, mirándome con esa expresión que conocía de sobra, como si quisiera decir algo y, en el último momento, decidiera que el silencio era mejor.
Todo estaba organizado según lo previsto: el billete, la reserva, los papeles, el alojamiento y hasta los días que pasaría allí. Nunca me gustó dejar las cosas al azar, y quizá por eso lo que más me inquietaba de este viaje era que estaba construido sobre algo de lo que no tenía información suficiente. Iba a Madrid en busca de una incógnita. Esbocé una leve sonrisa al notar la ironía y volví a concentrarme en la carretera; ya no quedaba mucho para llegar al aeropuerto. Sin buscarlo, volví a la imagen de la casa unas horas atrás: el dormitorio, la maleta abierta y el suave golpe en la puerta.
Estaba de pie frente a la maleta, intentando cerrarla por última vez. No estaba llena, pero había colocado la ropa de tal manera que sacar una sola prenda arruinaría todo el orden. Presioné el borde, cerré la cremallera y volví a abrirla para asegurarme de que no olvidaba nada. En ese momento, mi madre llamó a la puerta dos veces:
—¿Adrián?
Alcé la cabeza:
—Pasa.
Entró con una camisa blanca doblada con esmero. Echó un vistazo a la maleta antes de mirarme, se acercó y dejó la camisa sobre la ropa:
—Te olvidabas de esto.
Miré la camisa y luego a ella:
—Iba a meterla.
Sonrió con tibieza:
—Lo sé.
Se quedó de pie un momento, mirando la habitación como si buscara algo que no estaba allí. La conocía lo suficiente para saber que la camisa no era la verdadera razón de su visita:
—¿Qué pasa?
Sacudió la cabeza:
—Nada.
La miré, esperando una respuesta. Suspiró y se sentó al borde de la cama:
—Solo intento acostumbrarme a la idea de que te vas.
Cerré la maleta, esta vez sin prisa:
—No estaré fuera mucho tiempo.
—Lo sé.
Hubo un silencio breve. Me miraba y yo sabía que quería preguntar más, pero intentaba respetar la distancia que solía poner a mi alrededor cuando tomaba una decisión. Se acercó y me acomodó el cuello de la camisa con un gesto automático; el mismo que hacía desde que era niño, incluso cuando la prenda no lo necesitaba. Luego encadenó varias preguntas:
—¿Llevas todo lo que necesitas? ¿Los papeles? ¿El pasaporte? ¿Y el teléfono?
—Sí, lo llevo todo. El pasaporte está en el bolso pequeño.
Asintió satisfecha y guardó silencio antes de añadir:
—Si necesitas algo, llámame.
—Lo haré.
Miró el reloj y volvió a fijar la mirada en mí:
—¿Comerás algo antes de subir al avión?
—Buscaré algo en el aeropuerto.
—No te confíes.
—No lo haré.
Sonrió, pero no hizo ademán de levantarse. Se quedó allí, observándome con una mirada más serena:
—Te quiero mucho, Adrián.
La miré y sentí ese calor familiar que siempre acompañaba a sus palabras, por simples que fueran:
—Y yo a ti, mamá.
Se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se giró hacia mí:
—No olvides que no tienes por qué convertirte en otra persona.
Me quedé mirándola unos segundos y me limité a asentir. Cerró la puerta tras de sí y me quedé solo en el cuarto. Miré la maleta, luego el reloj, y entendí que había llegado la hora de partir.
Bajé al piso de abajo y encontré a mi padre en la cocina, frente al fregadero. El grifo había elegido, con una inoportuna precisión, averiarse la mañana en que su hijo viajaba. Estaba inclinado, intentando arreglarlo; al oír mis pasos, alzó la cabeza y me miró:
—¿Terminaste? ¿Llevas todo? Que no se te olviden los papeles.
—Casi listo. Lo llevo todo.
Cerró la llave del agua y se secó las manos con un trapo antes de acercarse. Miró la maleta que llevaba en la mano como si necesitara comprobar por sí mismo que me iba en serio. Asintió sin decir más y abrió los brazos. Me acerqué y lo abracé. Fue un abrazo firme y cálido que duró unos segundos más de lo esperado:
—Cuídate —dijo con voz baja.
—Lo haré.
Se apartó un poco, me puso una mano en el hombro y me dio unas palmaditas:
—Y esta es tu casa, no lo olvides. Quiero que lo recuerdes: vas a volver y aquí estaremos.
Le sonreí, asintiendo con la cabeza:
—Lo sé, volveré.
Mi madre apareció en el marco de la cocina en ese instante y avisó de que mi hermana había llamado y me estaría esperando en el aeropuerto. Miré el reloj, cogí la maleta y dije que debía marcharme. Mi madre me acompañó hasta la puerta y mi padre caminó tras ella un momento después. Dejé la maleta en el coche y volví hacia ellos. Abracé a mi madre durante un largo rato; al soltarla, le tomé la mano y se la besé:
Editado: 23.08.2026