Abrí los ojos antes de que sonara la alarma, con una luz tenue colándose entre las cortinas. Me quedé un instante sin moverme. No sentía haber dormido lo suficiente y, a decir verdad, ya no recordaba desde cuándo despertaba así: un sueño entrecortado, pensamientos que no se aquietaban, horas enteras mirando la oscuridad.
Alargué la mano hacia el teléfono, junto a la cama. Aún era temprano. Encendí la pantalla, eché un vistazo a las notificaciones y entré en el registro de llamadas. Nada nuevo. Lo apagué y me levanté.
Mis pies tocaron el suelo frío y ahí lo confirmé: otra noche a medias, entre despertares breves y los mismos pensamientos girando en el mismo punto.
Fui hasta la ventana y descorrí un poco la cortina. Madrid se veía distinta a esa hora, algunas ventanas todavía apagadas mientras otras se encendían una tras otra. Abajo, en la calle, pasó despacio un coche cuyo sonido se apagó en la esquina; un hombre cruzaba la acera con un vaso de cartón en la mano, y una mujer caminaba deprisa, el abrigo pegado al cuerpo. Apoyé la palma en el cristal —estaba helado— y volví a cerrar la cortina.
No necesité mucho tiempo para arreglarme. Una ducha caliente, la cara lavada, la ropa puesta con calma. Cogí el abrigo y me detuve frente al espejo, donde mi rostro decía lo que llevaba tiempo intentando ignorar: no había dormido bien. Me pasé la mano por el pelo y me aparté.
Antes de salir tomé el teléfono, y justo cuando iba a guardármelo en el bolsillo apareció en la pantalla el nombre de mi madre. Sonreí sin darme cuenta. Dudé un segundo y contesté.
—Buenos días, hijo.
Su voz tenía la calma de siempre.
—Buenos días, mamá.
—¿Ya te has despertado?
Miré la hora.
—Hace un momento.
—¿Has dormido bien?
Me senté en el borde de la cama.
—Más o menos.
Se rió bajito.
—Entonces no has dormido bien.
—Te dije que estoy bien.
—Y yo no dije que no lo estuvieras.
Me quedé callado un instante; ella siempre sabía más de lo que a mí me gustaría.
—¿Y tú? ¿Has comido algo? —preguntó.
—Todavía no.
—No salgas sin desayunar.
—Ya encontraré algo por el camino.
—Siempre dices lo mismo, ¿verdad?
Me reí. Era una conversación cualquiera, de esas que no parecen importantes, pero que bastaban para que la mañana pareciera normal, aunque fuera solo por unos minutos.
—¿Y tú cómo estás? —le pregunté.
—Bien, no te preocupes por mí.
—¿Has dormido bien?
—Mejor que tú, seguro.
Volví a reírme. Luego me preguntó:
—¿Qué vas a hacer hoy?
Miré la maleta junto a la puerta.
—Tengo algunas cosas que resolver.
Se quedó callada un momento.
—¿Cosas de la búsqueda?
Mi mano se detuvo sobre el teléfono.
—Sí.
No preguntó más. Nunca lo hacía cuando notaba que yo no quería hablar de ello. Solo dijo:
—Espero que encuentres lo que buscas.
Bajé la mirada.
—Yo también lo espero.
Hubo un silencio breve entre los dos, pero no incómodo. Luego añadió:
—Mantengámonos en contacto.
—Lo haré.
—Cuídate.
—Lo haré.
La llamada terminó pocos minutos después. Me quedé con el teléfono en la mano unos segundos más, escuchando el silencio que había dejado su voz en la habitación, antes de guardarlo despacio en el bolsillo.
Volví a la mesilla junto a la cama, comprobé que llevaba el teléfono, cogí la cartera y cerré la maleta. Al abrir la puerta del piso me recibió un aire más frío de lo que esperaba. Bajé las escaleras en vez de esperar el ascensor; en el segundo piso oí una puerta abrirse y la voz de una mujer diciéndole algo a su hijo desde dentro de un apartamento. Seguí bajando.
Cuando salí a la calle, el aire de la mañana me golpeó de lleno. Me subí el cuello del abrigo. El frío era ligero pero se notaba. Levanté la vista: el cielo estaba cubierto de nubes finas y el sol aún no terminaba de asomar. Madrid, a esa hora, se movía despacio —los autobuses empezaban a llenarse, las cafeterías abrían sus puertas, los dueños de las tiendas subían las persianas metálicas una tras otra.
Caminé sin prisa. No sabía cuánto tiempo necesitaría en aquel lugar, ni si saldría de allí con algo. Pero sí sabía una cosa: la dirección que llevaba conmigo no era solo una dirección. Por eso, cuanto más me acercaba, más pesado se volvía el silencio en mi cabeza.
Pasé junto a otras cafeterías y luego frente a una panadería de la que salía olor a pan recién hecho, mezclado con el aire frío. Me detuve un momento en un semáforo, esperé a que cambiara y crucé. Minutos después empecé a reconocer las calles alrededor de la dirección. Saqué el teléfono para comprobar el camino por última vez, aunque no hacía falta: ya me lo había memorizado. Lo guardé de nuevo.
Al doblar la siguiente esquina, apareció la cafetería frente a mí.
Me detuve sin moverme, levanté los ojos hacia ella.
Albora.
El nombre se leía con claridad sobre la fachada de cristal. Me quedé en la acera de enfrente, observándola entre el bullicio de la mañana. No era como me la había imaginado: más moderna, más elegante, algo más grande de lo que esperaba. Un amplio escaparate dejaba ver el interior, con una luz cálida reflejándose en las mesas cuidadosamente dispuestas. Nada en aquel lugar tenía aire de modestia; se notaba que era un negocio con éxito, consciente de la imagen que quería proyectar.
Observé el interior desde donde estaba: una empleada moviéndose entre las mesas, un hombre solo frente a su portátil, dos mujeres conversando cerca de la ventana, y la máquina de café detrás del mostrador sin parar un segundo. Volví a mirar el nombre y crucé la calle.
Puse la mano en el picaporte y empujé la puerta. Una campanilla sonó sobre mi cabeza. Entré.
El aire cambió de inmediato: café tostado, leche caliente, un toque de algo parecido a la canela. Me detuve un solo paso después de la puerta, no por sorpresa, sino porque necesitaba que mis ojos abarcaran el lugar antes de elegir dónde sentarme.
Editado: 28.09.2026