El Velo De La Rosa

CAPITULO 2: ECOS DEL INFIERNO

El silencio puede ser un grito.

Y aquella mañana, la mansión D’Valrienne estaba tan callada que parecía un sepulcro. No había pasos apresurados en los pasillos ni susurros temerosos detrás de las puertas. Nadie corría para evitar llegar tarde a sus tareas, nadie murmuraba plegarias esperando no atraer la atención de su señora.

Solo el viento se colaba entre los vitrales, arrastrando un murmullo débil por los largos corredores.

La ausencia de ruido era tan extraña que resultaba inquietante.

Durante años, aquella casa había vivido bajo el eco constante de una sola presencia.

Anna.

Sus pasos, sus órdenes, sus castigos.

Su sombra.

Pero aquella mañana, por primera vez en mucho tiempo, la mansión parecía contener la respiración.

Yo estaba frente al espejo otra vez.

Vestirme resultó ser mucho más difícil de lo que esperaba.

Los recuerdos de Anna estaban en mi mente, sí. Sabía cómo debía colocarse cada prenda, cómo ajustar cada broche, cómo acomodar el vestido para que la tela cayera con la elegancia que se esperaba de una noble.

Pero saber algo… no significaba poder hacerlo.

Mis manos torpes luchaban contra los pequeños broches de metal mientras el corsé me comprimía el pecho con una presión sofocante. Tiré de una cinta con más fuerza de la necesaria y sentí cómo el aire escapaba de mis pulmones.

—¿Cómo demonios respiraban con esto…? —murmuré entre dientes.

El reflejo en el espejo no ayudaba.

La mujer que me devolvía la mirada parecía una figura sacada de una pintura antigua. Cabello negro cayendo sobre los hombros, piel pálida como porcelana, ojos rojos brillando con una intensidad que parecía ajena a todo el caos que ocurría dentro de mi mente.

Una diosa en apariencia.

Un desastre intentando vestirse.

Intenté alcanzar un broche en la parte posterior del vestido, pero la tela se deslizó entre mis dedos.

Maldita sea.

Volví a intentarlo.

Fallé otra vez.

Finalmente solté el aire con frustración.

—Esto es ridículo…

En ese momento escuché un sonido suave detrás de la puerta.

—¿Mi lady…?

La voz era temblorosa.

Reconocí inmediatamente a la misma sirvienta de esa mañana.

—¿Necesita ayuda?

Durante unos segundos no respondí.

Una parte de mí dudaba.

La otra… simplemente estaba cansada de luchar con el vestido.

—Sí… por favor.

El silencio al otro lado de la puerta fue inmediato.

Era una palabra simple.

Pero en labios de Anna… aquella palabra no existía.

Finalmente, la puerta se abrió con un crujido suave.

La muchacha entró con pasos cautelosos, como si temiera que el suelo pudiera abrirse bajo sus pies en cualquier momento. Sus manos temblaban ligeramente mientras se acercaba.

Sus ojos recorrieron la escena.

El vestido mal ajustado.

Las cintas sueltas.

Mi evidente torpeza.

Por un instante pareció confundida.

Luego se acercó lentamente.

—Permítame, mi lady…

Sus dedos comenzaron a trabajar con rapidez, ajustando los broches y acomodando la tela con una habilidad que solo podía venir de años de práctica.

Pero incluso mientras lo hacía, su cuerpo permanecía tenso.

Como si esperara un golpe.

O un insulto.

O algo peor.

La observé en silencio durante unos segundos.

Había algo profundamente incómodo en esa escena.

Anna había vivido rodeada de personas… pero jamás las había visto realmente.

Ni siquiera sabía sus nombres.

Entonces pregunté, algo que la verdadera Anna jamás habría preguntado

—¿Cómo te llamas?

Las manos de la muchacha se detuvieron de inmediato.

El silencio llenó la habitación.

Era un silencio pesado, incómodo.

Como si acabara de pronunciar algo prohibido.

Y entonces ocurrió.

Los recuerdos regresaron.

No como pensamientos.

Como ecos.

Fragmentos de una voz fría y cruel que no era la mía.

Basura.

Plebeya.

No eres nadie.

Las imágenes siguieron a las palabras.

Una niña llorando mientras Anna la obligaba a limpiar el suelo con las manos desnudas.

Una criada temblando mientras intentaba ocultar un plato roto.

Un grupo de sirvientas arrodilladas, con la cabeza baja, esperando el veredicto de su señora.

La misma muchacha que ahora estaba frente a mí.

Más joven.

Con el rostro hinchado.

Una marca roja en la mejilla.

Y Anna… observando todo con una sonrisa fría.

El recuerdo golpeó mi mente con tanta fuerza que tuve que apoyar una mano contra la mesa cercana.

Mi estómago se revolvió.

Aquello no era solo crueldad.

Era desprecio absoluto.

Durante años Anna había reducido a todos los que la rodeaban a simples objetos.

Sirvientes.

Herramientas.

Cosas.

—¿Mi… mi lady?

La voz temblorosa de la muchacha me devolvió al presente.

Respiré hondo.

Luego volví a mirarla.

—Tu nombre —dije con suavidad—. Quiero saberlo.

Sus ojos se abrieron ligeramente, sorprendidos.

Durante unos segundos pareció no saber qué responder.

Finalmente habló.

—Eliana.

El nombre cayó en la habitación con una suavidad inesperada.

Eliana.

Lo repetí en mi mente.

Era un nombre simple.

Pero también era algo que Anna jamás se había molestado en aprender.

—Gracias, Eliana.

Ella dio un pequeño paso atrás.

Confundida.

Desconcertada.

Quizás incluso asustada por razones que ni siquiera entendía.

Y no podía culparla.

Después de todo…

yo tampoco entendía todavía en qué me había convertido.

El silencio volvió a instalarse en la habitación después de que Eliana pronunciara su nombre. Durante unos segundos ninguna de las dos se movió, como si aquel pequeño intercambio hubiera alterado algo invisible en el aire.

Finalmente fue ella quien rompió el silencio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.