El Velo De La Rosa

Capítulo 3: La Piel del otro Yo

El silencio del cuarto era denso, uno de esos silencios que parecen no decir nada y, sin embargo, lo dicen todo. La habitación de Anna era un templo al exceso: espejos dorados cubrían las paredes reflejando la estancia desde todos los ángulos posibles, almohadas bordadas descansaban sobre una cama demasiado grande para una sola persona y vitrinas de cristal exhibían frascos de alquimia cuidadosamente etiquetados. En la pared principal colgaba un retrato de cuerpo completo de la antigua Anna, desnuda y recubierta en delicadas hojas de oro que imitaban una armadura vegetal sobre su piel pálida. El artista había capturado en esa imagen una belleza perfecta… pero también algo profundamente perturbador.

Narcisismo encarnado.

Yo lo odiaba todo.

No porque fuese feo, sino porque cada objeto de ese lugar era un recordatorio de quién había vivido allí antes de mí.

Avancé lentamente hasta una de las vitrinas y tomé entre mis dedos uno de los pequeños frascos de vidrio.

“Lágrima de sílfide”.

La etiqueta estaba escrita con una caligrafía elegante. Sabía perfectamente lo que contenía. Un potente suero paralizante que la antigua Anna utilizaba para castigar a quienes la irritaban. Las memorias que ahora habitaban en mi mente me mostraron una escena fugaz: una criada inmóvil en el suelo, incapaz de mover siquiera los labios mientras Anna la observaba con aquella sonrisa suya.

Tan fría.

Tan hermosa.

Tan rota.

Un leve golpe sonó en la puerta.

Respiré profundamente antes de responder.

—Adelante.

La puerta se abrió con cuidado y Eliana entró en la habitación. Llevaba un camisón largo que cubría su cuerpo y caminaba con una mezcla extraña de firmeza y cautela, como alguien que se había acostumbrado a moverse en un territorio peligroso. Era una joven de no más de veinte años. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas hasta los hombros y su figura era delicada, aunque en su postura había algo que hablaba de resistencia. Sus ojos verdes, profundos y brillantes, reflejaban una mezcla complicada de temor y algo más difícil de identificar.

Esperanza.

Su piel era pálida, casi translúcida, como si pocas veces hubiese sentido la luz del sol. Sus manos finas estaban marcadas por pequeñas cicatrices, huellas silenciosas de años de trabajo duro y castigos que nadie se atrevía a mencionar.

Pero lo que más destacaba no era su belleza natural.

Era la cicatriz.

Una marca pálida, curvada, que cruzaba su piel como la firma cruel de alguien que nunca se había arrepentido de lo que hizo.

La firma de Anna.

—¿Me mandó llamar, mi lady? —preguntó.

Su tono era neutro, cuidadosamente neutro, como si cada palabra hubiera sido medida antes de salir de su boca. Sin embargo, sus ojos no podían ocultar lo que sentía realmente. Había tensión en ellos, una tensión acumulada durante años. No era solo miedo.

Era algo más.

Odio.

Yo lo sabía. Ella también lo sabía.

Y en el fondo ambos sabíamos por qué.

La memoria regresó con claridad.

Las escaleras de mármol.

El eco de los pasos.

El rostro de Anna rojo de rabia.

Eliana frente a ella, temblando pero sin retroceder. Por primera vez había alzado la voz contra su ama.

La antigua Anna respondió con una risa llena de desprecio.

Entonces ocurrió.

El empujón.

Mientras el cuerpo caía por las escaleras, la antigua Anna no gritó de miedo. Al contrario, en su rostro apareció una sonrisa extraña, casi satisfecha. Incluso en ese instante parecía disfrutar del terror que veía reflejado en el rostro de Eliana. Para ella, aquella desesperación era lo único que importaba.

El golpe contra la piedra fue seco.

Un grito.

Y luego silencio.

Fue en ese momento cuando su alma desapareció.

Y la mía ocupó su lugar.

No fue un desmayo. No fue un sueño. La verdadera Anna murió en esas escaleras.

Y yo heredé su cuerpo.

Su voz.

Su rostro.

Su sombra.

Ahora Eliana estaba frente a mí, con esa cicatriz y esa mirada llena de resentimiento.

—Eliana —dije con suavidad—. Puedes sentarte.

Ella no se movió.

—¿Mi lady?

—Sé que fuiste tú quien me empujó.

El color desapareció de su rostro. Sus ojos se abrieron de golpe mientras intentaba procesar mis palabras.

—Pero no serás castigada —añadí después de una breve pausa.

Eliana permaneció inmóvil, como si el mundo hubiese dejado de moverse por un instante.

—¿Por qué…? —preguntó finalmente.

Mis ojos descendieron hacia la cicatriz de su cuello. Ella lo notó inmediatamente y su postura cambió, tensándose como la de un animal atrapado.

—Yo… —murmuró desviando la mirada—. Eso fue un accidente. Yo solo perdí el equilibrio y usted cayó. Yo no…

—No mientas —la interrumpí con calma—. Yo lo sé.

Ella levantó la mirada lentamente.

—¿Cómo…?

—Porque lo recuerdo.

Durante un segundo el miedo, la incredulidad y la rabia cruzaron su rostro, pero aun así no retrocedió.

—Entonces… ¿va a matarme? —preguntó con la voz apenas audible—. ¿Arrancarme la lengua como dijo que haría si alguien volvía a alzarle la voz?

—No.

Me acerqué un paso. Ella retrocedió por instinto, pero no huyó.

—Eliana… Anna merecía esa caída.

Sus ojos se abrieron.

—Lo merecía por cada cicatriz que dejó en este lugar, por cada palabra venenosa y por cada noche en la que ustedes tuvieron que llorar en silencio.

Sus labios temblaron.

Intentó hablar, pero las palabras no salieron.

—Yo no soy ella —dije tocándome el pecho—. No por dentro.

Eliana me observó con atención, como si intentara encontrar alguna señal de mentira en mi rostro.

—No me importa si es una bruja, una impostora o un demonio —respondió finalmente.

—¿Entonces?

—Lo único que quiero —dijo después de un momento— es que no vuelva a hacerme sentir como antes. Como si respirar a su lado fuera un crimen.




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